Los riesgos del espectáculo político de Abelardo De la Espriella
- Acta Diurna
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Por: Dany Oviedo Marino

El 7 de agosto de 2026 no solo marcó el relevo en la Casa de Nariño; ratificó la consolidación de un nuevo modelo de comunicación y ejercicio del poder en Colombia. La juramentación de Abelardo De la Espriella —desplazada por primera vez en más de un siglo de la histórica Plaza de Bolívar hacia la Arena USC de Cali— no respondió a una descentralización genuina del Estado, sino a un cálculo de provocación y al afán de construir un relato heroico a la medida de su narrativa política. Consumó una cuidada escenografía mediática y política que antepuso el espectáculo caudillista al republicanismo y sintetizó las tensiones de un mandato que inicia bajo el signo de la polarización, la recomposición de alianzas internacionales y la incertidumbre sobre la viabilidad fiscal de sus promesas.
El intento inicial de realizar la ceremonia dentro de una unidad militar y su posterior traslado a la capital del Valle del Cauca expusieron, antes que una simple pugna logística entre el gobierno entrante y el saliente, una divergencia de fondo sobre la simbología republicana. El fetiche punitivo, la incapacidad para distinguir entre la majestad del Estado y el narcisismo político del nuevo gobierno quedó al descubierto.
Al llevar el Congreso a un recinto privado en Cali, la administración entrante logró dos objetivos estratégicos: esquivar el ambiente adverso que le significaba la Plaza de Bolívar y enviar un mensaje de control en una región históricamente convulsionada por la protesta social y la violencia armada. No obstante, al condicionar el protocolo de Estado a la búsqueda de un marco escénico a favor, la jornada inaugural sentó un precedente de flexibilización normativa de las tradiciones institucionales.
El discurso inaugural dejó en claro que la política de defensa experimentará un giro de 180 grados. De la Espriella priorizó el restablecimiento de la autoridad vertical, la suspensión de los diálogos de paz y el fortalecimiento presupuestal de las Fuerzas Militares. La presencia activa de mandatarios del bloque conservador regional —Javier Milei, Daniel Noboa y José Antonio Kast—, sumada a la ausencia de puentes con los gobiernos progresistas de la región, señala un repliegue de la diplomacia colombiana hacia una trinchera ideológica definida más enfocada en la confrontación doctrinaria que en la integración pragmática. El evento terminó en una convención dogmática de derecha que, al marginar a los expresidentes de centro e izquierda atestigua la renuncia provisional a la construcción de un gran acuerdo nacional ratificando la desconexión total entre el nuevo ejecutivo y más de la mitad del electorado que votó por alternativas distintas.
En el frente económico, el discurso despejó cualquier duda sobre las prioridades del nuevo gobierno. La promesa estelar de eliminar el impuesto al patrimonio, enmarcada en una supuesta política de "apretarse el cinturón" mediante un decreto de austeridad, constituye una fórmula conocida de regresividad fiscal. Reducir la contribución de los patrimonios más altos del país mientras se apela a la austeridad del gasto público pone en riesgo la sostenibilidad del gasto social en un país marcado por profundas brechas de desigualdad.
El riesgo de este enfoque radica en erosionar el gasto social en las regiones más vulnerables mientras se otorgan alivios tributarios a los patrimonios más altos del país, una ecuación que podría aumentar la grave desigualdad del país y reencender el malestar social en el mediano plazo.
Con una victoria ajustada por menos de un punto porcentual frente a Iván Cepeda, De la Espriella carece de un cheque en blanco. La viabilidad de sus reformas no dependerá del tono de sus discursos, sino de su capacidad para estructurar una coalición funcional en un Congreso donde las bancadas de centro y de oposición suman números determinantes. Gobernando con el país fragmentado, el recurso recurrente a la confrontación mediática corre el riesgo de transformar la gobernabilidad en una crisis política permanente.
El tono desafiante y triunfalista desplegado en Cali sugiere un mandato plagado de confrontación antes que de consenso que, si bien puede resultar efectivo para mantener la cohesión en la base radical que lo llevó al poder, puede llevar al choque institucional y a la inestabilidad social como lo ha demostrados la historia política reciente en una nación partida en dos.