crossorigin="anonymous">
top of page

Las instituciones también tienen alma

hace 9 minutos
3 min de lectura

Por: Nerio Luis Mejía



El baño de sangre que inició en enero de 2025 en la región del Catatumbo no se detiene; por el contrario, con el pasar de los días parece recrudecerse la confrontación. Esta dinámica ya no se limita al territorio, sino que trasciende a las redes sociales, arrastrando consigo a las instituciones en un proceso sistemático que erosiona la confianza ciudadana. La pérdida de credibilidad en la institucionalidad es un hecho sumamente grave, más aún en una subregión tan lastimada por la violencia como el Catatumbo.



Diversas reacciones ha causado la difusión de las pruebas de supervivencia presentadas por el ELN, en las que aparecen tres policías adscritos a la DIJIN secuestrados el pasado 17 de agosto. Los uniformados se movilizaban en un vehículo particular por la vía que comunica a Ocaña con Cúcuta, a la altura del paraje conocido como La Curva. Junto a ellos se desplazaba una mujer civil, a quien la organización guerrillera señala en un comunicado de pertenecer a las disidencias de las FARC y de ser la compañera sentimental del cabecilla político del Frente 33.


En su pronunciamiento, el ELN acusa a los miembros de la Policía de coordinar acciones con las disidencias para planear y asesinar a personas en estado de indefensión señaladas de pertenecer a sus filas, lo cual califican como crímenes de guerra.


Resulta extremadamente preocupante este tipo de imputaciones contra instituciones del Estado obligadas a combatir la criminalidad. Dichos señalamientos deterioran la confianza pública y degradan la armonía social. A estas acusaciones surgidas en el marco del conflicto armado se suman las estigmatizaciones que circulan en redes sociales —plataformas convertidas en herramientas predilectas para la propaganda de guerra—, las cuales han salpicado a otras entidades como la Defensoría del Pueblo, las personerías, líderes religiosos e incluso a integrantes de organismos internacionales.


Las guerras no aportan nada a la construcción de los valores que sustentan a una sociedad civilizada; por el contrario, dejan al descubierto el lado más atroz de la naturaleza humana. Por eso, cada vez que se enfilan los fusiles o los ataques digitales contra la institucionalidad, convendría recordar que las instituciones tienen alma: están compuestas por personas de carne y hueso, con sentimientos y familias. Cuando se les señala de manera irresponsable, se genera un estigma que pone en riesgo sus vidas y detona crisis emocionales, miedo o episodios de depresión en quienes las integran, por el solo hecho de ejercer su labor. Es urgente actuar con moderación y hacer un llamado a la mesura, tanto a los actores armados como a quienes usan las redes sociales sin responsabilidad.


A medida que la confrontación escala y deja a su paso una dolorosa estela de muertes —especialmente de jóvenes—, las comunidades quedan atrapadas en la incertidumbre. En el pasado se contaba con el acompañamiento permanente de la Iglesia, la Defensoría y la cooperación internacional. Si se rompe el vínculo entre la sociedad y sus instituciones, caminaremos inevitablemente hacia la fractura del tejido social en la región.



Por ello, hago un llamado firme a la institucionalidad para que mantenga su misión de acompañar al territorio en medio de este lúgubre panorama, y a las comunidades, a que no pierdan la confianza. Las instituciones no son meros nombres en un papel: son seres humanos con alma.

Comentarios


bottom of page