Entre la histeria de "La Celosa", la salsa y el extravío de Cantinflas
- Nerio Luis Mejía
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Por: Nerio Luis Mejía

Colombia parece condenada a no encontrar jamás el punto medio en la oratoria ni en la puesta en escena presidencial. Durante cuatro años estuvimos adormecidos por los discursos de Gustavo Petro, cargados de una retórica mística y trayectos intergalácticos que orbitaban muy por encima de los problemas terrenales de la gente de a pie. Sin embargo, el aterrizaje con Abelardo De la Espriella no trajo la sobriedad republicana que algunos esperaban, sino un cambio abrupto de género cinematográfico: pasamos sin escalas de la ciencia ficción al sainete de utilería.
El aviso de que las cosas se harían en clave de espectáculo lo dio desde el primer minuto. Rompiendo con la vieja tradición constitucional de jurar el cargo en la fría y sombría Plaza de Bolívar en la capital colombiana, prefirió trasladar el solio de Bolívar al calor de la alegre capital de la salsa. Cambió el solemnísimo protocolo bogotano por el ritmo tropical y la orquesta, demostrando que para este nuevo mandato la política entra mejor con clave de timbal y paso fino que con rigor institucional.
Pero fue en su reciente intervención pública donde el libreto alcanzó su clímax melodramático. El tono discursivo evocó de inmediato a "La Celosa", aquel inolvidable personaje del folclor televisivo costeño. De la Espriella desplegó una oratoria dominada por el aspaviento, la sospecha febril y un movimiento desenfrenado de brazos que batían el aire con la misma desesperación con la que un ahogado busca la orilla o un bailador intenta no quedarse fuera de compás. Mirándolo bien, el mandatario parece empeñado en armar un dúo ideológico con el "león" de la Argentina, aquel referente del espectáculo político del sur que hoy tiene a miles de trabajadores en las calles reclamando la pérdida de sus empleos. Habría que recordarle que en nuestra tierra los tigres de papel terminan acorralados cuando la economía real desborda la tarima, y que copiar libretos importados solo garantiza encender la pradera social.
Y si el discurso tuvo tinte de telenovela, la escenografía de la era del tigre trae sus propios matices. Con tono feroz y gesticulación de depredador, el presidente promete dar "mordidas implacables" a las estructuras criminales y a la corrupción enquistada. La ironía fue ver las caras de su propio séquito mientras soltaba semejantes advertencias: más de un político de la primera fila apretó los dientes y acomodó el cuello de la camisa con sudor frío. En un país donde la picardía presupuestal y el serrucho se han vuelto parte del paisaje cotidiano, que el jefe hable de dentelladas éticas deja a sus allegados preguntándose si el tigre saldrá a cazar extraños o si la mordida terminará cobrando víctimas en el propio patio.
Para rematar el cuadro, su aparición en la marcha rozó el absurdo físico. Su desplazamiento, errático y desorientado entre la multitud, pareció calcado de una escena de película de Cantinflas: perdido en su propio encuadre, improvisando ademanes y dando vueltas sin saber muy bien hacia dónde caminaba ni qué papel representaba en la comparsa.
Mientras tanto, en el campo colombiano, donde el sol no perdona y la tierra no sabe de discursos, la gente del territorio rural observa la comedia con cansancio. Los campesinos seguimos esperando la tan anunciada "patria milagro" y la reactivación real del agro con la misma intensidad desmedida con la que el presidente bate los brazos desde el atril. Resta ver si tanta agitación de extremidades sirve para sembrar respuestas en el surco o si, como suele ocurrir en los espectáculos de carpa, todo se quedará en puro viento.