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La violencia me quitó hasta el derecho de soñar

Por: Nerio Luis Mejía



Antes de conocer los rifles en manos de soldados y policías, la vida me condenó a verlos en manos de hombres y mujeres que no representaban a ninguna institucionalidad. En esa época yo era solo un niño cargado de sueños, ilusiones que anhelaba alcanzar en medio de la inocencia propia de la edad.


Vivía junto a mis padres y hermanos en un paraje hermoso de la Sierra Nevada de Santa Marta, en medio del río Ariguaní y abrazado por quebradas de aguas cristalinas. Allí disfrutábamos de la naturaleza: pescábamos y nos bañábamos sin límites en un deleite puro, dentro de esa porción de tierra donde la palabra violencia era tan solo un murmullo lejano que se escuchaba en la radio.



Recordar ese pasado me sumerge en una amarga disyuntiva: no sé si rememorar con alegría la dicha que fui, o liberar las tristes emociones contenidas al saber que todo aquello quedó envuelto en una niebla de dolor jamás borrada. Esas heridas marcaron para siempre mi existencia. El dolor pesa; no es únicamente un viaje por la memoria: quita las fuerzas y, en ocasiones, hasta la voluntad misma de existir. Es entonces cuando aparece algo más allá de la razón y la voluntad humana: una fuerza invisible que entra por los sentidos como una brisa suave, refrescando el cuerpo y el alma, e infundiendo el deseo de continuar viviendo.


Hoy, cuando veo y escucho a las víctimas que huyen del despojo, no solo entiendo su quebranto: lo siento en la propia carne. Tener que correr para salvar la vida, abandonar nuestras humildes viviendas, dejar atrás los animales, las cosechas y, con ello, las ilusiones de una vida entera... La mente humana jamás estará preparada para asimilar semejante desgarro ni para darle sepultura en el cementerio del pasado.


Colombia ha experimentado a lo largo de su historia incontables conflictos, documentados casi siempre como fría literatura histórica que desconoce el drama humano de quienes murieron y de los sobrevivientes de ese monstruo que aún nos aterra. Los libros, las noticias y los analistas narran cada episodio en un pulcro orden cronológico —la violencia de los cuarenta, los ochenta, los noventa, el nuevo milenio— como si formaran parte de una biblioteca gigantesca dedicada a registrar nuestro triste pasado.


Mientras tanto, yo soy un testigo vivo, pero por fortuna no mudo, a quien la universidad de la vida le dio la fuerza necesaria para escribir. Comprendí que el rumbo de mi existencia no lo construí por mí mismo: lo trazó esa violencia impía que se llevó a mi hermano, a mis primos y a mis amigos. Todavía retumba en mi pecho el ruido de los corazones agitados de aquellos que corrieron para salvar la vida.


Nadie merece morir a manos de nadie, pero la realidad de nuestro país es otra. Es desgarrador ver cómo gobiernos, organizaciones nacionales e internacionales lucran con el sufrimiento: sin el conflicto no podrían conservar privilegios, mover fondos ni alimentar presupuestos a costa de la tragedia ajena. Mientras tanto, millones de colombianos aún sentimos la metralla, el olor acre de la sangre mezclada con pólvora y el retumbo ensordecedor de las bombas y los disparos que abrieron heridas imposibles de cicatrizar.


Ese dolor solo lo comprende quien lo padece. Es la tristeza del niño que camina por las calles de una ciudad extraña y se detiene a mirar a un perro porque se parece al suyo, a aquel que tuvo que dejar abandonado mientras sus padres lo sacaban en brazos huyendo de la muerte. Es la impotencia del campesino hacinado en la gradería de un estadio convertido en albergue, mirando a su esposa y a sus hijos sin saber cómo alimentarlos ni protegerlos.



Esa es la verdadera crónica de la violencia: la que se escribe en lo más profundo de nuestras almas, la que queda grabada en las cicatrices del cuerpo y en la memoria inconsolable de los familiares que aún guardan el recuerdo de quienes no sobrevivieron.


El conflicto armado colombiano no es una lista de hechos distantes; son almas vivas que sufren por todo lo perdido y navegan a la deriva en un océano de incertidumbre donde nadie responde por el daño causado. Por eso, cada vez que tomo la pluma para escribir sobre este flagelo, lo hago honrando a quienes ya no están y a quienes sufren en este instante, deseando con la fuerza de su imaginación que todo vuelva a ser como antes. Pero es imposible retroceder el tiempo para sanar heridas que aún no dejan de sangrar, o para borrar las noches oscuras y las pesadillas intensas que nos robaron, en un grito de memoria y dignidad, hasta el sagrado derecho de soñar.

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