El miedo que regresa con la memoria
- Nerio Luis Mejía

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Por: Nerio Luis Mejía

Dicen que el tiempo cura las heridas, pero la verdad es que depende de su profundidad. Algunas cicatrices se cubren con capas de recuerdos, hasta que alguien decide removerlas y reaparece el dolor: ese miedo que se siente al recordar el pasado.
A comienzos de los años 90, éramos una generación de niños que corría alegre por los polvorientos caminos de las veredas. Jugábamos sin descanso hasta que, en medio de la noche oscura, una voz rompía el silencio y nos ordenaba buscar la cama. La felicidad reinaba en nuestros ranchos de barro y techos de palma, iluminados por linternas de batería o mechones de querosén. Allí no faltaba el almanaque Bristol ni la radio que los adultos encendían al amanecer para escuchar noticias de una violencia que, al principio, parecía lejana.
Pero a finales de los 90 y comienzos del 2000, ese monstruo desbocado llegó a nuestras regiones. Castigó con odio visceral a todo aquel que consideraba enemigo. No había distinción: éramos cuerpos obligados a correr bajo el sol ardiente o en las noches más oscuras. Algunos no lograron escapar; otros sobrevivimos para contar lo que pasó.
Los enfrentamientos eran constantes. Resultaba imposible distinguir si los disparos venían del Estado o de los cañones criminales: al final, todos segaban vidas. Pájaros de acero escupían fuego desde el cielo, como dragones de leyenda, pero aquí no había sillones cómodos ni espectadores: éramos protagonistas indefensos de una guerra absurda que aún no logro entender.
La calma nunca reinó. Tras los disparos quedaba suspendido en el aire un olor a pólvora y sangre. El llanto quebraba el silencio y esas escenas, aunque parezcan superadas, siguen ahí: dormidas, no enterradas. Por eso es comprensible el miedo que regresa cuando se recuerda aquel pasado trágico.
Quienes sobrevivimos somos hoy testigos de una atmósfera densa, fría y con olor a muerte que surcó los campos y pueblos de Colombia. Las víctimas lo recordamos como si fuera ayer, porque mientras exista la memoria, habrá un lienzo donde se dibujen esos oscuros recuerdos que se niegan a ser borrados. Tal vez los victimarios aún existan, guardando el más repudiable silencio, sin el mínimo remordimiento por lo que hicieron.
Nada volvió a ser como antes. La naturaleza reclamó su parte: árboles y hierbas borraron las casas, las escuelas y la cancha de fútbol que aún conserva, en lo más profundo, los pasos de quienes corríamos detrás de un balón. El silencio reina en esos lugares, pero el verdadero infierno se vive al recordar aquellos tiempos que marcaron a toda una nación que se resiste a olvidar.
Y sin embargo, entre tanta sombra, la memoria sigue latiendo como un río subterráneo. Cada árbol que creció sobre las ruinas guarda en sus raíces el murmullo de quienes ya no están; cada brizna de hierba es un testigo silencioso de la infancia arrebatada. El viento que recorre las veredas trae consigo el rumor de los disparos, pero también la esperanza de que algún día el canto de los pájaros sea más fuerte que el estruendo de la pólvora.
Recordar es un acto de resistencia: es negarse a que el olvido borre los nombres, los juegos, las casas y las voces. Porque aunque la naturaleza cubra con su manto los rastros del horror, en el corazón de este escritor campesino, persiste la certeza de que la vida, como la tierra, siempre busca renacer en medio de aquel profundo dolor al recordar a aquellos que ya no están con nosotros



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