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La hoja de ruta de Colombia para impulsar el comercio con Venezuela



El intercambio comercial entre Colombia y Venezuela se encuentra frente al viraje más ambicioso de su historia reciente. Tras casi dos décadas de marcada inestabilidad, fluctuaciones dramáticas y una desarticulación casi total de las cadenas productivas compartidas, el Gobierno colombiano ha puesto sobre la mesa una hoja de ruta formal orientada a transformar radicalmente la dinámica en la frontera de 2.219 kilómetros.


El plan que pretende ejecutar la Embajada de Colombia en Caracas bajo la conducción de Jorge Jaller, tiene un objetivo cuantitativo y cualitativo preciso: dejar atrás el papel de simple proveedor coyuntural de insumos básicos para convertirse en un socio económico estructural, con la mirada puesta en incrementar el flujo comercial.



La estrategia, bautizada bajo el lema "Venezuela y Colombia: hermanos de frontera", resulta indispensable revisar la trayectoria del intercambio comercial. El punto más alto de la relación económica binacional se registró en el año 2008, cuando las exportaciones e importaciones conjuntas superaron los US$ 7.000 millones, consolidando a Venezuela como el segundo socio comercial más relevante para la industria nacional. Sin embargo, el deterioro institucional, las restricciones cambiarias y el posterior cierre fronterizo durante el gobierno Duque arrastraron la cifra a un piso crítico en el año 2020, cuando el comercio apenas alcanzó los US$ 222 millones, representando una contracción estrepitosa del 97%.


A partir de allí, la recuperación que promovió el gobierno Petro, ha perrmitido avanzar de forma paulatina pero constante. Los registros oficiales marcan un repunte a US$ 741 millones en 2022, escalando a US$ 1.124 millones en 2024 y cerrando el año 2025 en US$ 1.170 millones, lo que significó un crecimiento interanual del 4,1%. Para el año 2026, las proyecciones elaboradas por los gremios binacionales apuntan a consolidar un piso de US$ 1.600 millones. La tesis central que defiende la representación diplomática es que no se trata de improvisar un mercado nuevo, sino de reabrir y sistematizar una plataforma logística y productiva madura, respaldada por infraestructuras geográficas estratégicas con acceso simultáneo a las costas del Caribe y del Océano Pacífico.


Las ocho decisiones regulatorias que destrabaron el escenario


El fundamento técnico de la propuesta gubernamental sostiene que la viabilidad del plan no descansa en meras expectativas políticas, sino en un paquete verificado de decisiones normativas e internacionales adoptadas entre enero y agosto de 2026. Estas decisiones han cambiado las reglas del juego para la inversión privada y las operaciones transfronterizas en ambos lados de la frontera.


En primer lugar, el entorno legal venezolano sufrió un ajuste significativo el 29 de enero con la aprobación de la Ley de Reforma de Hidrocarburos, normativa que eliminó la obligatoriedad del control mayoritario estatal en las empresas mixtas petroleras, aunque la estatal Pdvsa mantenga participaciones no inferiores al 50 %. A esta medida le siguió, el 20 de abril, la expedición de la Ley Orgánica de Minas, la cual habilitó la concesión de derechos temporales al capital privado extranjero y creó la Superintendencia Nacional de la Actividad Minera para fiscalizar el sector.


En el plano financiero e internacional, los cuellos de botella más severos comenzaron a aliviarse en el mes de abril, cuando la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos (OFAC) emitió la Licencia General 57. Este instrumento legal permitió, por primera vez desde 2019, el restablecimiento de mecanismos de banca corresponsal directa con entidades financieras venezolanas. Apenas semanas después, entre junio y julio, el Fondo Monetario Internacional liberó US$ 346 millones provenientes de las reservas y Derechos Especiales de Giro de Venezuela para ser aplicados en tareas de reconstrucción.


El marco operativo privado se profundizó el 7 de julio mediante el Decreto 5381, que estableció los términos contractuales precisos para que operadores particulares asuman la gestión integral de campos maduros y activos energéticos mediante esquemas de cesión de derechos. A esto se sumó la evaluación técnica realizada por el Banco Mundial el 23 de julio y, de forma decisiva, el comunicado emitido el 27 de julio por la Red de Control de Delitos Financieros de Estados Unidos (FinCEN). Esta última entidad estableció un periodo de "puerto seguro" (safe harbor) para las instituciones bancarias internacionales que operen bajo cumplimiento estricto, con vigencia garantizada hasta el 29 de enero de 2027. Finalmente, el 3 de agosto, la OFAC expidió la Licencia General 5Y, blindando los activos de Citgo frente a los tenedores del bono Pdvsa 2020 y otorgando estabilidad institucional al activo petrolero más relevante del país en el exterior.



La arquitectura bancaria y el dilema del cobro


Uno de los factores que históricamente desincentivó el comercio fue la incertidumbre en los pagos y la falta de garantías para la repatriación de utilidades. Aunque el documento gubernamental reconoce con prudencia que ningún mecanismo puede erradicar el riesgo comercial por completo, enfatiza que hoy existen herramientas formales de liquidación que eran impensables hace apenas un año y medio.


La corresponsalía directa se ha venido articulando mediante una red de bancos venezolanos que incluye a Banesco, Banco Nacional de Crédito (BNC), BBVA Provincial, Banco Caribe y Banco Mercantil, todos operando con el respaldo del Banco Central de Venezuela. En el frente colombiano, el Banco de Desarrollo Empresarial (Bancóldex) dio un paso decisivo el 27 de abril al habilitar una línea especial de crédito por US$ 100 millones. Este cupo de financiación se encuentra actualmente en proceso de implementación para respaldar la apertura de cartas de crédito, la emisión de pagos diferidos y la instrumentación de esquemas de aceptación bancaria.


El respaldo a estas medidas se refleja en el propio comportamiento del sistema bancario venezolano, el cual registró un crecimiento del 14,2 % al cierre del segundo trimestre del año, impulsado fundamentalmente por una reducción drástica en los costos transaccionales de corresponsalía internacional. Este avance permite a la industria manufacturera colombiana estructurar contratos de venta a mediano plazo con certezas bancarias mínimas.


La reconstrucción tras la tragedia: pragmatismo y diplomacia


El diseño de este plan económico se enmarca en una coyuntura social compleja y dolorosa. El documento del Gobierno colombiano antepone la dimensión humana generada por el devastador doble sismo que sacudió la región el pasado 24 de junio de 2026. Los informes consolidados en el expediente registran un saldo trágico de 5.398 personas fallecidas —cifra que las autoridades del país vecino continúan actualizando— y más de un millón de ciudadanos que requieren asistencia humanitaria prioritaria. La gravedad de la crisis es tal que el plan de respuesta formulado por la Organización de las Naciones Unidas para 2026 solicita US$ 931 millones, del cual solo se ha logrado financiar el 39%.


En términos puramente materiales, las evaluaciones preliminares del Banco Mundial calculan que el daño físico directo asciende a US$ 19.600 millones, cifra equivalente al 18% del Producto Interno Bruto venezolano registrado en 2023. De ese monto, el 47% se concentra exclusivamente en la destrucción de infraestructura habitacional. A este panorama se le añaden pérdidas por US$ 2.842 millones en exportaciones no realizadas abarcando 99 subpartidas arancelarias, junto con un costo indirecto derivado de fricciones logísticas, financieras y de desconfianza que supera los US$ 20.000 millones.


Frente a esta catástrofe, la diplomacia colombiana ha sido enfática en fijar lo que denomina una "advertencia de método". La reconstrucción física y comercial no se plantea como una intervención unilateral ni como un desembarco de capitales sin control, sino como un trabajo coordinado codo a codo con los empresarios locales y respetando estrictamente la soberanía venezolana. Esta aclaración responde de forma directa al comunicado emitido en julio por la Cancillería de la nación vecina, en el que se recordó de manera tajante que la dirección, planificación y ejecución de la recuperación nacional corresponde de forma exclusiva a las instituciones del Estado venezolano.



Los cuatro motores de demanda inmediata


Con el propósito de canalizar el aparato exportador colombiano hacia sectores con necesidades reales comprobadas, el plan estratégico identifica cuatro grandes bloques de demanda:


En primer lugar se sitúa el sector de la reconstrucción, los materiales e insumos de edificación. Este renglón proyecta un fondo de inversión inicial estimado entre US$ 800 millones y US$ 1.200 millones, destinado a intervenir y reparar una superficie construida de entre 1,5 y 2,0 millones de metros cuadrados. Para cumplir dicha meta, se requiere de manera inmediata el despacho de al menos 300.000 toneladas de cemento y la provisión de 120 kilómetros de redes de servicios públicos e infraestructura básica.


El segundo pilar reside en la agroindustria y la seguridad alimentaria. Venezuela cuenta con aproximadamente 35 millones de hectáreas con vocación agrícola, pero en la actualidad solo mantiene cultivadas 1,14 millones. Esta desconexión se explica en parte por un severo déficit en el parque de maquinaria e implementos agrícolas que oscila entre el 70% y el 80%, abriendo una oportunidad inmediata para la industria metalmecánica y de insumos químicos colombianos.


Un tercer frente abarca el consumo masivo, las cadenas de retail, la salud y la industria farmacéutica. Las mediciones sectoriales muestran un crecimiento continuado de la actividad minorista de entre el 10% y el 12% proyectado entre 2025 y 2026, con niveles de abastecimiento en anaqueles que han vuelto a situarse entre el 80% y el 85%. La cercanía geográfica de Colombia la posiciona como la opción más eficiente para garantizar el flujo constante de medicamentos, alimentos procesados y bienes de primera necesidad.


Por último, en el renglón de energía, petróleo e infraestructura pesada, se estima que la recuperación integral de la industria hidrocarburífera venezolana requerirá inversiones de capital superiores a los US$ 100.000 millones a largo plazo. El análisis del Gobierno nacional reconoce que Colombia no tiene la escala para competir por la operación de los grandes yacimientos, pero sí posee una ventaja competitiva insuperable para proveer bienes de capital, servicios técnicos especializados, química industrial y mantenimiento de plantas.



Geografía favorable frente a realidades macroeconómicas compleja


El potencial del plan radica en la logística terrestre. La distancia entre Cúcuta y Caracas es de aproximadamente 800 kilómetros por carretera, un trayecto que los transportadores de carga pueden completar en cerca de 12 horas de viaje. Este factor otorga una competitividad en costos de flete que ningún competidor de ultramar puede equiparar. Los estudios de impacto territorial contenidos en el informe señalan que la absorción de demanda identificada en el país vecino equivale al 45,5% de la oferta exportable total del departamento del Valle del Cauca y al 22,6% de la del departamento de Risaralda.


Sin embargo, el documento gubernamental no oculta la severidad de los frenos estructurales que persisten en la economía venezolana. La inflación interanual se ubica en un abrumador 544,13%, acompañada por una persistente brecha entre el tipo de cambio oficial y el mercado paralelo, un ingreso per cápita promedio estimado en apenas US$ 231,49 mensuales y racionamientos eléctricos que superan rutinariamente las 40 horas semanales. Asimismo, las proyecciones sobre el comportamiento del PIB para el presente año muestran un nivel extremo de dispersión entre analistas, con estimaciones que van desde un decrecimiento del -3% hasta una expansión del +7,4%. Como contraparte, la capacidad instalada de la industria manufacturera local opera a tan solo el 48,4%, dejando un 51,6% de capacidad ociosa, aunque el 68% de los empresarios venezolanos manifiesta su intención firme de efectuar nuevas inversiones.


Para administrar estas variables, el plan colombiano fija un rango de absorción sostenible: ingresar entre US$ 2.000 millones y US$ 3.000 millones anuales en mercancías, una cifra que reactiva el flujo comercial sin saturar la capacidad de pago local, bajo la máxima rectora de privilegiar primero la producción e integración local y posteriormente el intercambio final.



La ruta operativa: de 2026 a 2028


La implementación concreta de la estrategia se sustenta en tres mecanismos inmediatos. El primero es la creación de la red "Renacer", una plataforma de asistencia técnica y de reconstrucción coordinada de la mano de organismos multilaterales. El segundo es la conformación de una alianza gremial transfronteriza enfocada en la creación de un banco de materiales de construcción con esquema de exención tributaria para los insumos destinados a la atención de la emergencia. El tercero es el establecimiento de una mesa binacional permanente de trabajo integrada por la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI), Confederación Venezolana de Industriales (Conindustria) y la Cámara Venezolana de la Construcción, acompañadas institucionalmente por la Embajada de Colombia y ProColombia.


El cronograma estipulado por la misión diplomática organiza el proceso en tres fases sucesivas: el año 2026 como la etapa de entrada y choque; el año 2027 centrado en el escalamiento de las operaciones; y el año 2028 como la fase de consolidación definitiva del modelo. A lo largo de todo este trayecto, la embajada ha dejado clara su posición institucional: el Estado colombiano acompaña, verifica los marcos de seguridad jurídica y abre puertas institucionales, pero bajo ninguna circunstancia actúa como intermediario de negocios o contratos particulares.

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