Los despidos por IA puden dejar a las empresas sin clientes
- Acta Diurna

- 16 ago
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Imagine la siguiente escena. El dueño de una gran fábrica de zapatos descubre que un programa de inteligencia artificial y un par de robots pueden hacer el trabajo de cien empleados por una fracción mínima del costo. Contento con la oportunidad de reducir gastos y multiplicar sus ganancias, decide despedir a sus trabajadores. La jugada parece redonda. Sin embargo, en la misma calle, el dueño de la fábrica de camisas, el del supermercado y el de la constructora tienen exactamente la misma idea y todos despiden masivamente a sus empleados.
Al cabo de unos meses, el fabricante de zapatos nota algo alarmante: las ventas de sus calzados han caído en picada. Sorprendido, se pregunta qué ocurrió. La respuesta es tan simple como devastadora: los exempleados de su fábrica y los exempleados de las empresas vecinas ya no tienen un sueldo a fin de mes. Al intentar ahorrar dinero de forma individual, los empresarios destruyeron colectivamente a los únicos clientes que mantenían vivos sus negocios.
Esta paradoja, que parece un cuento con moraleja, es el centro de un revelador estudio económico presentado por los investigadores Hemenway Falk de la Universidad de Pensilvania y Tsoukalas de la Universidad de Boston, bajo el título "La trampa del despido por IA". El informe advierte sobre un peligro real que ya comenzó a notarse en los primeros meses de 2026: la carrera desbocada de las grandes corporaciones por reemplazar humanos con algoritmos está secando el bolsillo de los consumidores, amenazando con paralizar la economía global.
El dilema del barco que todos intentan vaciar
Para entender por qué las empresas caen en esta trampa aun sabiendo el riesgo que corren, hay que mirar cómo funciona la competencia en el mercado. Si una compañía decide reemplazar a sus trabajadores por inteligencia artificial, captura el cien por cien del ahorro en su cuenta bancaria. Si recortar personal le ahorra millones, ese dinero va directo a sus utilidades.
Por el contrario, el daño que esa decisión causa a la economía general —la pérdida de personas con capacidad para comprar cosas— no lo paga únicamente esa empresa, sino que se reparte entre todos los comercios del país. Como cada negocio solo siente una diminuta fracción del perjuicio global que genera su propio despido, los ejecutivos actúan como si ese daño no existiera.
Lo más grave es que incluso los empresarios más conscientes se ven obligados a actuar de la misma manera. Supongamos que el dueño de una compañía decide ser responsable, mantener a sus empleados humanos y seguir pegándoles un sueldo digno para proteger el poder adquisitivo de la sociedad. Si sus competidores directos deciden sí automatizar y despedir personal, ellos podrán ofrecer sus productos mucho más baratos. La empresa responsable socialmente perderá sus clientes, no podrá competir con los precios bajos de sus rivales y terminará quebrando.
Por lo tanto, despedir gente para reemplazarla por máquinas se convierte en una cuestión de supervivencia individual. Las empresas se ven atrapadas en una carrera hacia el precipicio: tienen que automatizar para no ser destruidas por la competencia, aunque sepan que el resultado final de esa carrera es un mercado sin compradores.
El espejismo de la tecnología súper eficiente
Existe la creencia popular de que cuanto más avanzada y productiva sea la inteligencia artificial, más próspera será la sociedad, porque los bienes se volverán más abundantes y baratos. El estudio de Hemenway Falk y Tsoukalas demuestra que ocurre exactamente lo contrario.
Cuando la inteligencia artificial se vuelve excesivamente eficiente, la tentación de usarla para quitarle clientes a la competencia se vuelve irresistible. Cada corporación acelera el uso de tecnología para producir más y más rápido, buscando aplastar a sus rivales. Sin embargo, cuando todas las empresas hacen lo mismo al mismo tiempo, ninguna logra quedarse con una porción más grande del mercado. Lo único que consiguen es aumentar la cantidad de productos en las estanterías mientras reducen drásticamente la cantidad de familias que pueden pagarlos.
Los datos recientes confirman que esta grieta ya se está abriendo en la realidad. En febrero de 2026, la reconocida firma de servicios financieros Block despidió a casi la mitad de su personal bajo el argumento de que las nuevas herramientas de inteligencia artificial hacían innecesarios esos puestos. Al mismo tiempo, las estadísticas económicas oficiales muestran un dato preocupante: en lo que va del año, la inversión de las empresas en tecnología ha crecido a un ritmo vertiginoso, mientras que el ahorro de las familias ha caído a niveles mínimos. La gente está usando sus últimos ahorros para llegar a fin de mes, mientras los sueldos se destruyen.
Por qué las soluciones tradicionales no funcionan
Frente a esta crisis silenciosa, muchos expertos y gobiernos sugieren recetas que han funcionado en el pasado, pero los autores del estudio advierten que la mayoría de ellas son parches inútiles para este problema específico.
Reentrenar a los trabajadores para que aprendan nuevos oficios suena bien en teoría, pero no resuelve el fondo del asunto mientras los nuevos empleos paguen menos que los anteriores o sean escasos. Si los ingresos de las familias caen, el consumo sigue bajando.
La idea de una Renta Básica Universal, donde el Estado regala una suma de dinero mensual a cada ciudadano, ayuda a evitar la pobreza extrema, pero no cambia el cálculo de las empresas. Para un empresario, un cheque del Estado a los ciudadanos no hace que despedir a un empleado sea más caro o menos atractivo. La empresa seguirá reemplazando trabajadores por máquinas al mismo ritmo.
Tampoco funcionan los impuestos generales a las ganancias de las corporaciones. Si se le cobran más impuestos a una empresa sobre sus beneficios finales, la compañía simplemente buscará recortar más gastos para mantener sus márgenes, lo que terminará acelerando los despidos.
Un peaje a la automatización para salvar el mercado
Si dejar que el mercado se autorregule lleva al colapso del consumo, ¿cuál es la salida? Los investigadores proponen una solución directa: cobrar un impuesto específico a la sustitución de trabajadores humanos.
La idea no es prohibir la tecnología ni frenar el progreso, sino aplicar un peaje o cobro correctivo cada vez que una empresa elimine un puesto de trabajo para poner en su lugar un programa informático. El monto de este cobro se calcula en función del dinero que ese trabajador dejará de gastar en la economía local.
Si despedir a un empleado implica cobrar un impuesto que equipare el costo social del despido, la empresa ya no tendrá un incentivo desmedido para automatizar sin control. Solo sustituirá al trabajador cuando la tecnología aporte un valor real y extraordinario, y no simplemente para rascar unos dólares de ahorro a costa de arruinar el mercado de consumo.
Además, el dinero recaudado con este impuesto puede ser utilizado directamente para financiar la reconversión de los trabajadores despedidos y complementar sus ingresos mientras encuentran una nueva ocupación. Conforme esos trabajadores vuelvan a tener capacidad económica y gasten dinero de nuevo, el daño a la economía disminuirá y el impuesto podrá ir bajando progresivamente.
Un ajuste necesario para evitar el desierto económico
Los defensores del libre mercado absoluto suelen argumentar que la economía siempre termina acomodándose sola, asegurando que el dinero que ahorran las empresas irá a parar a nuevos negocios o que los más ricos gastarán ese excedente en bienes de lujo.
Sin embargo, los investigadores desmontan esta ilusión. Las familias de grandes recursos no consumen la misma cantidad de alimentos, ropa, servicios o electrodomésticos que millones de familias de clase media. El dinero concentrado en unas pocas manos suele terminar guardado en cuentas bancarias o invertido en mercados financieros, en lugar de circular por la economía real. Y si la gente común no tiene dinero para comprar, las empresas tampoco tendrán motivos para invertir en abrir nuevas fábricas o tiendas.
Poner un freno fiscal a la automatización salvaje no es un ataque a la innovación ni una medida destructiva. Es, por el contrario, una regla de juego indispensable para evitar que el entusiasmo ciego por reducir costos termine por destruir la base misma sobre la que descansa el sistema: personas de carne y hueso con un sueldo en el bolsillo y la capacidad de consumir.



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