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La fábrica de pensamientos

Por: Nerio Luis Mejía



De un momento a otro aparecieron escritos en diferentes medios. Todos tenían en común las mismas líneas y el mismo nombre: alguien que había escogido no escribir desde el anonimato, pero que indiscutiblemente representaba la voz del campo, sus dolores y la esperanza de que algún día aparecieran las soluciones.



En sus letras evocaba el canto de las aves, el suave murmullo de la quebrada y el olor a humo de maderas ardientes que alimentan la hornilla de barro —símbolo vivo de la Colombia rural—. El cantar de los gallos y la dedicación paciente al cuidado de sus animales eran presencia habitual en sus páginas. Él no escribía desde el privilegio ni desde la comodidad; sus letras nacían de las entrañas mismas de aquella montaña que dibujaba con el óleo del campo y los lienzos del tiempo, acumulados en lo profundo de su existencia. Había llegado la hora de que el mundo conociera esa fábrica donde se producían los pensamientos más puros, atizados en el fragor del sufrimiento de quien escribe con pasión y humildad, sin buscar fama, aprobación, reconocimiento ni dinero. Su única pretensión era nombrar las necesidades más íntimas de esa gran masa de seres humanos ignorados por el resto de la sociedad.


Eran letras impregnadas de amor, poesía de quien protesta a través del buen arte de la palabra, soñando con que alguien diera respuesta a tanta indolencia. En su fábrica de pensamientos cada fenómeno tenía su lugar: las sequías, el abandono estatal y hasta las amarguras de los amores esquivos se pulían con cepillo y cincel, moldeándose con maestría en la imaginación del poeta de la resistencia escrita, un habitante de aquel mundo gobernado por el silencio.


Las luciérnagas iluminaban sus noches más oscuras y las aves nocturnas aportaban insumos al artífice de los sentimientos, quien con oído agudo convertía los sonidos de la naturaleza en un canto suave para hallar respuesta en medio de la turbulencia.


Esa máquina de recuerdos se transformó en una leyenda viva de quien conoce y padece la violencia; el campesino que con sudor y barro abre la trocha de la verdad en un mundo que silencia la razón. Gracias a los medios alternativos, lograba mostrar el producto de una imaginación acumulada tras años de guardar inconformidad en lo más profundo de una Colombia en penuria. Este país de canto, de poesía, de mares de colores y de la diversidad más grande del planeta, ha desconocido la existencia de quienes sostienen los valores de la nación con sacrificio y trabajo.



Sin embargo, en ese universo de sentimientos germinaban letras nacidas en la dificultad, buscando poner fin al silencio de los que transitan sobre los lomos de la esperanza. Quizás jamás hallen la razón y, en su lugar, la sociedad encuentre pretextos para señalar a quien pretende romper el cerco de la indiferencia; pero las letras que se fabrican en aquella construcción vieja de zinc y madera finalmente han encontrado un escape, para que el mundo conozca, al fin, la causa de su existencia.

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