El Templo en Ruinas de Don Luis
- Nerio Luis Mejía

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Por: Nerio Luis Mejìa

Mientras caminaba por la comarca, observé de lejos cómo una figura levitante se acercaba con lentitud. Era Don Luis, un hombre del que muchos aseguraban que se convertiría en leyenda en este cálido rincón del Caribe. Al notar sus ojos, profundos como el abismo mismo, me empujó la curiosidad y decidí preguntarle qué le había ocurrido en la vida.
El abatido hombre tomó un respiro en medio del sofocante calor, ese que hacía de la carretera una amalgama de imágenes vivas; ese "fogaje" o "cucuyeo" que causa el sol cuando rutila sobre el asfalto. Entonces, decidió responder:
—No solo he sobrevivido a la sequía, también me repongo de la más tétrica soledad en la que se ha envuelto mi vida. Quizás este verano del alma sea más fuerte que el que aparece con las estaciones del tiempo; aquel nos visita cada año, pero la soledad ha decidido permanecer conmigo para siempre.
Don Luis bajó la mirada y continuó su lamento, como quien confiesa un secreto al viento:
—Con el pasar de los días, mis pasos se vuelven más lentos y mis proyectos han quedado reducidos a una sombra que cruza por mis pensamientos, dibujando los recuerdos de un alma triste que deambula sin consuelo. Me miro al espejo y contemplo cómo crecen mi cabello y una barba en desorden; es la señal de que el tiempo no se detiene, avanza a toda prisa sentenciando mi final. Tengo un cuerpo fatigado, con fuerzas diezmadas al que ni la ilusión visita. Es por ello que puedo asegurar que no existe verano más fuerte que el de la soledad, ese que jamás permite que germine la flor de la esperanza ni que broten nuevos pétalos en las rosas de un nuevo amor.
Para él, la palabra amor se había reducido a un simple término de cuatro letras que lo abandonó en una oscura cabaña, dejándolo atrapado en un laberinto de recuerdos. La cruel sequía de los años había evaporado las fuentes que una vez irrigaron a quien, en su juventud, fue el conquistador de indestronables imperios gobernados por las diosas del amor. A ellas les entregó sin medida toda su felicidad, bajo el deseo indomable de aquel esbelto hombre caribeño de ojos color café y piel bronceada por el sol. En sus tiempos de gloria, Don Luis hacía alarde de una fuerza que lo inspiraba a conquistar las cumbres imposibles de aquellas mujeres que no solo embellecían la mirada del pretendiente, sino que obligaban a inclinar los ojos de cualquiera que se atravesara a su paso.
Hoy, el pobre Don Luis parece un templo en ruinas. Su vida es semejante a paredes agrietadas donde alguna vez habitó la dicha, y su imaginación no deja de ser un salón vacío donde cuelgan las más bellas obras del arte de la creación: las mujeres que amó.
Se fue la juventud de aquella alma que siempre permanecía florecida en la primavera del romance, y que se vestía de esplendor en el otoño, cuando dormía sin preocupaciones en el pecho de cualquier doncella. En esos años de fortuna, Don Luis le negaba a su tranquila vida la posibilidad de que algún día pudiera llegar el frío invierno de la vejez, o que lo castigara sin piedad este verano de la soledad mientras transitaba por el desierto del olvido.
Aquel desierto transformó al conquistador en un esclavo de sus propios recuerdos. Ahora permanece tendido en un viejo chinchorro, añorando en sus pensamientos los tiempos cuando la tierra florecía en la abundancia de la lluvia y se recogían los deliciosos frutos polinizados por los labios de las hermosas mujeres que lo hacían sentir el ser más afortunado parido por esta tierra; este rincón del mundo donde hoy, de todo aquello, solo quedan lamentaciones tormentosas.



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