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Campesinos somos, hasta que la historia lo decida

hace 6 horas
2 min de lectura

Por: Nerio Luis Mejía



Somos los mismos que por siglos levantamos a pulso los cimientos de la república, mucho antes de que llegaran los hombres envueltos en trajes a la medida, las damas de sombreros finos y los distinguidos palmicultores. No somos un fragmento olvidado del pasado: somos la historia misma, una historia viva que alimenta al mundo con el sudor de la frente.



Nos podrán negar la identidad con decretos y fríos papeles, pero jamás podrán borrarnos de la memoria, porque nosotros somos la mismísima tierra. No esperábamos nada distinto de esa clase política que por décadas nos ha despojado, de los que siempre han apañado a nuestros verdugos y que hoy pretenden, con la levedad de una firma, sepultar nuestro nombre. Somos campesinos porque la tierra es nuestra querencia, la llevamos metida bajo las uñas y sembrada en el centro del alma.


Hemos resistido a la violencia, a la desigualdad y al señalamiento; hemos visto de todo, hasta el rostro mismo con que se viste la muerte. Pero hoy la vida nos da el privilegio de desnudarlos: nos cambian la palabra campesino por la de productor, pretendiendo que con esa argucia desaparecerán los males que históricamente nos aquejan. Quizás sea por vergüenza, o por miedo, que nos niegan. Pero somos como la mala hierba o la siempreviva: nos cortan al atardecer y a la mañana siguiente brotamos con más fuerza, porque así somos los que domamos cordilleras, desafiamos crecientes y convertimos este suelo en un pedazo de cielo compartido con todas las criaturas.


Los gobiernos pasan y con ellos se marchita su populismo, ese mismo al que hemos visto dictar leyes para después terminar compareciendo ante ellas. Quienes se atreven a negar nuestra existencia son los mismos que han justificado el despojo y la violencia en nuestra contra. Ahora, no contentos con el daño causado, pretenden borrar nuestra memoria a punta de normas, pisoteando el bloque de constitucionalidad y los compromisos que la nación pactó con el mundo.


Recuerden que el tiempo es el gran juez y que la razón no se pare desde los escritorios reprimiendo con fuego las necesidades vueltas clamor en el territorio. Recuerden, además, que hasta la morada final de los hombres se viste de campo y tierra, no del harapo con el que han pretendido someternos.



Desde las cordilleras y los llanos, desde las breñas y las sabanas, con el orgullo erguido exclamo: ¡Soy campesino hasta que la historia lo decida! Y no por imposición del perfume y la corbata. Sigo vistiendo mi sombrero de paja y alpargata, insignias de la casta y la pureza de mi pueblo. Vengo de ancestros que a pico, pala y azadón abrieron caminos, que a fuerza de hacha labraron los suelos que hoy pretenden devorar las palmeras africanas y las praderas que nos quieren arrebatar para la ganadería extensiva.


Para nosotros, la resistencia no es una opción: es el único surco que nos queda para defender con dignidad la historia de nuestra patria rural, esa misma que alimenta a las grandes ciudades y que cultiva los banquetes que disfrutan quienes insisten en borrar nuestro nombre.

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