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Una leyenda viva

hace 4 horas
2 min de lectura

Por: Nerio Luis Mejía



Cuando lo vi por primera vez y estreché su mano, sentí la fuerza sobrenatural de alguien que ha cargado el mundo sobre sus hombros; un verdadero titán de aquellas tierras de música y trinitarias. Era un sobreviviente de los periodos más oscuros que había vivido el país a finales de los noventa y mediados de los dos mil. Una verdadera leyenda viva que contaba cada suceso con los detalles más precisos. Fue tal la impresión que me empujó la curiosidad y decidí preguntarle:


—¿Cómo ha podido sobrevivir a tantas cosas?


Sin titubear me respondió:



—Quizás la tierra aún no estaba preparada para comerse en sus entrañas a este cuerpo curtido por el sol y la brisa. Quizás sea el único testigo vivo de los que corrimos a pies descalzos y sin camisa, cuando todo aquello parecía una cacería de seres humanos. Por eso tal vez la vida me premió con seguir viviendo y narrar con la precisión de un relojero al que no le tiembla el pulso; por eso mi memoria se convirtió en un inmenso calendario que marca los minutos, las horas, los días, las semanas y los años de aquellos tiempos en los que convivíamos entre el miedo y la agonía.


Las tardes se convertían en el peor tormento: nos despedíamos de nuestros dormitorios y los reemplazábamos por los cafetales y platanales donde recostábamos el cuerpo buscando el anhelado descanso. Allí, la lluvia y el frío acariciaban la piel y se escurrían lentamente hasta lo más profundo de los huesos, en esas noches de miedo y de horror donde con certeza se esperaba la muerte.


Al siguiente día, muy sigiloso, me acercaba a mi rancho. Daba varias vueltas antes de lanzar un silbido al que respondía mi mujer:


—Todo está bien.


Así transcurrió el tiempo. Los peces por fin tomaron descanso y escaparon de las redes en aquellas faenas de pesca. En ese tiempo la Navidad no se iluminó con bombillos de colores y las cosechas desaparecieron, dando paso a la maleza que reclamó lo que antes le pertenecía. El abrazo de la familia, cada vez que yo reaparecía, era como un triunfo que se celebraba en silencio por haber sobrevivido un día más.



A pesar de su templanza, aquella leyenda viva dejó brotar una lágrima de sus ojos cansados, los cuales no solo soportaban el paso del tiempo, sino que ahora debían cargar con el peso de los años y de un alma convertida en una caja de recuerdos dolorosos; una herida abierta que se niega a sanar a pesar del tiempo transcurrido.


—Insisto en que nada de aquello cambiará hasta que no haya justicia —concluyó—. Mientras tanto, continuaré narrando cada suceso hasta cuando la dignidad no sea solo un término, sino que se convierta en una costumbre en estas tierras que vieron florecer la alegría, pero que la violencia vistió de un luto eterno. Todavía se siente el peso de la tragedia en estos lugares de silencio y olvido, donde hasta las aves se marcharon para no perturbar con sus cantos lo que hoy parece un espacio sepulcral.

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