crossorigin="anonymous"> Escultores del aire: el prodigio innato del canto y la palabra en Colombia
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Escultores del aire: el prodigio innato del canto y la palabra en Colombia

Por: Nerio Luis Mejía



Son incontables las canciones que nos conectan de manera entrañable con las emociones más profundas del ser humano. Son piezas únicas que nos han permitido conquistar amores esquivos, bailar sin tregua hasta el amanecer o, a veces, contemplar en sus letras un espejo fiel que parece relatar, paso a paso, los apartes de nuestras propias vidas.


Ante la magia de estas obras, cabe preguntarse: ¿qué habitaba en la mente de aquellos compositores y escritores al momento de moldear el arte puro de pensar? Este es un prodigio que rara vez germina en un salón frío, poblado de sillas, pizarras y proyectores. Por el contrario, su cuna suele ser una madrugada fresca y tranquila sobre una hamaca, o acaso el lomo de un burro en medio de un camino rural, donde el campo perfuma el ambiente con el polen natural de la inspiración y los olores que avivan el alma.



Es asombroso cómo estos creadores logran entrelazar cada letra y cada estrofa para que no solo se conviertan en sonido, sino en un vehículo capaz de provocar el llanto, la risa o la nostalgia. Logran que el receptor sienta, con la misma intensidad, lo que esos maestros del don del pensamiento experimentaron al dar forma a las obras que hoy nos deleitan.


¿Acaso bastan Cien años de soledad, o que El viejo Miguel (de Adolfo Pacheco) se haya marchado de su pueblo sumido en la decepción, para que estas mentes prodigiosas de la tierra y la escritura concibieran las joyas que hoy flotan en el aire y se esculpen como marcas indelebles en la identidad de Colombia ante el mundo?


¿Cuántas mariposas amarillas se necesitan observar en un solo día, o cuántas cartas estériles debe aguardar un coronel en su miseria (El coronel no tiene quien le escriba)? ¿O será que debemos esperar a que Dios haga amigos en la tierra, abandone su trono en las alturas y cure el dolor de no haberse llevado nunca a la entrañable Alicia adorada (de Juancho Polo Valencia)? Solo bajo esos instantes mágicos y dolorosos, nuestro Nobel y los grandes juglares encuentran el pretexto perfecto para dar vida a sus composiciones más bellas.


Paradójicamente, cuántos de estos genios de la palabra y la melodía no se ven obligados a sudar La gota fría (de Emiliano Zuleta) cuando, al buscar un sustento, el sistema les exige un título profesional como único validador de su conocimiento. Por esta razón, propongo hoy una reflexión más poética que académica: el esfuerzo de quienes estudian en las aulas es tan respetable como el misterio de quienes nacen con el don divino de componer y escribir. Los títulos colgados en una pared no deberían usarse como barreras para desconocer lo que se logra legítimamente fuera de la academia. El talento no se demuestra con cartones que, si carecen de humildad y aceptación, no son más que papel inerte.


Antes que el encierro, prevalece el poder de dejar volar la imaginación para producir versos y cantos que han convertido a nuestro país en una tierra de creadores con reconocimiento internacional. Ellos crean sin las angustias de un examen parcial o de un cálculo numérico; esculpen en el fondo de su ser, bajo la claridad del día o en el silencio de las noches de luna, utilizando los martillazos de la vida y el cincel del destino.



La cotidianidad del creador campesino es, por sí sola, poesía pura: se respira desde el amanecer hasta el anochecer, en los días soleados y en las noches de lluvia que afinan el oído y el alma de quienes transforman el pensamiento en arte. Ante esto, ¿cómo puede un hombre considerarse plenamente libre al sentarse entre cuatro paredes climatizadas, sobre una silla reclinable, en un cubículo estrecho llamado oficina? La libertad absoluta es la que se concibe escuchando los cantos de la naturaleza y sintiendo en la piel cada gota de sereno que las plantas recogen en la noche, compartiendo su frescura con aquellos que, más tarde, transmutarán ese rocío en letras, música y memoria eterna.

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