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El último vuelo de las golondrinas

Por: Nerio Luis Mejía



Gerardo fue un hombre nacido en las tierras cálidas del Caribe colombiano. Creció entre pastizales y jabueyes, viendo cómo el ganado se deleitaba con las hierbas frescas, mientras el relincho de los caballos y el rebuznar de los burros afianzaban su amor por la tierra. En ese mismo lugar, las aves de mil colores embrujaban el paisaje con sus cantos, convirtiéndolo en un paraíso traído del cielo. Por las tardes, la brisa se confundía con el aleteo de miles de golondrinas que saludaban la puesta del sol.



Aquella pequeña porción de mundo, heredada de su familia y destinada a ser el cimiento de la suya, le fue arrebatada por la violencia. Una violencia que llegó persiguiendo a quienes habían escapado de la barbarie de los años cuarenta. Gerardo, hombre alegre y soñador, carpintero de ilusiones imposibles, esculpía en las tablas de su alma el anhelo de ver a su comunidad disfrutar del progreso que la radio anunciaba, pero que nunca llegaba a ese rincón virginal, aún intacto de la ambición de hombres sedientos de poder.


Una mañana silenciosa, interrumpida solo por el canto de los gallos y el concierto de los pájaros, Gerardo escuchó el paso firme de botas acercándose a su casa de bareque. Golpearon la puerta con violencia, como quien pretende arrancar de raíz la tranquilidad del alma. Con rapidez, se vistió y abrió. Frente a él, un hombre barbado, con mirada áspera y uniforme de guerra, le devolvió un silencio armado.


—Salga, necesitamos hablar con usted —ordenó el intruso.


Gerardo, sereno pero tembloroso, obedeció. Lo condujeron hasta un viejo palo de mamón, árbol que por décadas había sido morada de pájaros y testigo de las golondrinas que anunciaban la lluvia. Allí lo sentaron sobre sus raíces abruptas y comenzó el interrogatorio: si era liberal o conservador, qué pensaba de ellos.



El hombre robusto, reducido por los fusiles a la indefensión absoluta, apenas pudo balbucear. Su tartamudeo fue interpretado como enemistad. Y en ese instante, los gatillos se apretaron contra la humanidad de aquel arquitecto de sueños, que la tarde anterior había contemplado el último vuelo de las golondrinas.


Su cuerpo ensangrentado quedó tendido bajo el frondoso árbol, donde nunca más volvieron a posarse las aves. Su alma solitaria habita aún esa tierra, recordada cada 13 de diciembre por familiares y vecinos, quienes evocan al hombre que por soñar fue arrancado de la vida en su paraíso campesino. Allí, donde las golondrinas ya no vuelan, la memoria insiste en que la violencia no podrá sepultar la dignidad.

 

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