Esto tienen en común los municipios de Antioquia donde ganó Cepeda
- Acta Diurna

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Carlos Eduardo Vásquez Araujo

Al observar el mapa político de los recientes resultados electorales en Antioquia, departamento que otorgó una amplia ventaja al hoy presidente electo, Abelardo de la Espriella, llama la atención que una de las regiones donde el respaldo a Cepeda fue particularmente significativo haya sido Urabá. Este hecho invita a reflexionar sobre las razones que llevaron a determinados municipios a respaldar una opción política distinta a la predominante en el departamento. Aunque muchos análisis se centran en factores económicos, ideológicos o partidistas, existe una realidad que a menudo pasa desapercibida: la experiencia histórica de la violencia.
En varias de las regiones más apartadas de Antioquia, como Urabá, especialmente aquellas que durante décadas sufrieron la presencia de grupos armados ilegales, el comportamiento electoral parece estar relacionado con las huellas profundas que dejó el conflicto. Son territorios donde la guerra no fue una noticia distante, sino una experiencia cotidiana que afectó familias, comunidades y proyectos de vida.
Durante años, miles de habitantes convivieron con la violencia ejercida por distintos actores armados. En muchos municipios se vivieron desplazamientos, amenazas, asesinatos y restricciones a la libertad. Quienes crecieron en esos lugares conocen de primera mano el costo humano de la guerra y comprenden mejor que nadie el valor de la tranquilidad y la estabilidad.
El paso de estos grupos armados dejó cicatrices profundas en el tejido social del Urabá:
Desplazamiento forzado masivo: El Urabá fue una de las regiones con mayor cantidad de desplazados en Colombia. Campesinos enteros tuvieron que abandonar sus parcelas para huir de las masacres y los combates, refugiándose en zonas urbanas de Apartadó, Turbo o huyendo hacia Medellín.
Despojo de tierras: La violencia fue utilizada como un mecanismo económico. Miles de hectáreas fueron arrebatadas a campesinos mediante amenazas o asesinatos, para luego ser legalizadas a favor de testaferros, paramilitares o grandes proyectos agroindustriales y ganaderos. (Este es el origen de las actuales políticas de restitución de tierras).
Estigmatización y destrucción del tejido social: Pertenecer a un sindicato, ser trabajador bananero o militar en un partido político se convirtió en una sentencia de muerte. La desconfianza fracturó a las comunidades.
Violencia basada en género: Las mujeres en Urabá sufrieron violencias específicas, incluyendo violencia sexual como arma de guerra, y miles se convirtieron en viudas y cabezas de hogar tras el asesinato de sus esposos.
Reclutamiento de menores: Generaciones de jóvenes, tanto en zonas rurales como en barrios periféricos, fueron reclutados forzadamente por guerrillas, paramilitares y bandas criminales.
A pesar de esta dolorosa historia, el Urabá antioqueño es hoy un ejemplo de resistencia. Las organizaciones de víctimas, los colectivos de mujeres (como las Mujeres Narrando su Historia) y los sindicatos han trabajado incansablemente para exigir verdad, justicia y reparación, mientras la región sigue destacándose por su empuje económico y por ser la cuna de algunos de los deportistas más grandes de Colombia.
Por eso, cuando llega el momento de votar, muchos ciudadanos no solo evalúan propuestas económicas o discursos políticos. También piensan en la posibilidad de consolidar la paz y evitar que la violencia vuelva a marcar el destino de sus comunidades. Su decisión electoral puede interpretarse como una expresión de esperanza y de defensa de la vida.
Tuve la oportunidad de vivir por razones de trabajo en esta región y escuchar historias de amigos, estudiantes, compañeros de trabajo y habitantes que vivieron los años más difíciles del conflicto. Sus testimonios revelan un deseo común: que las nuevas generaciones no tengan que enfrentar las mismas experiencias que ellos padecieron.
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En ese contexto, la explicación de ciertos resultados electorales podría encontrarse menos en la ideología y más en la memoria colectiva. No se trata necesariamente de una adhesión incondicional a un líder o partido, sino de una apuesta por mantener y fortalecer los caminos que conduzcan a una paz duradera.
Comprender esta realidad exige escuchar a las comunidades y reconocer que el voto también es una forma de expresar las experiencias, los dolores y las esperanzas de un pueblo. En muchas zonas que conocieron de cerca la guerra, la paz sigue siendo una de las aspiraciones más importantes y, para muchos ciudadanos, una razón fundamental para decidir su voto.
Además, la región ha recibido especial atención de distintos gobiernos en temas de infraestructura, (el nuevo puerto marítimo en Turbo: Puerto Antioquia, vías 4G) restitución de tierras, inversión social y construcción de paz, asuntos que también influyen en la percepción política de muchos habitantes.
Por supuesto, los resultados electorales nunca obedecen a una sola causa. Factores económicos, culturales, religiosos, generacionales y partidistas también influyen en las decisiones de los votantes. Sin embargo, en una región marcada por décadas de violencia, la memoria del conflicto merece ser considerada como una variable relevante.
Quizás la principal lección que deja Urabá es que los territorios recuerdan. Las comunidades que han vivido la guerra desarrollan una sensibilidad especial frente a cualquier discurso relacionado con la paz y la seguridad. Entender sus decisiones electorales exige escuchar sus historias antes que juzgar sus votos. Solo así podremos comprender que detrás de cada resultado electoral existen seres humanos, memorias colectivas y esperanzas de futuro.



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