crossorigin="anonymous">
top of page

Un respiro a mitad del camino

Por: Nerio Luis Mejía



Asemejo mi vida como quien transita un largo camino lleno de accidentes geográficos, donde predominan las subidas. Cargo cuesta arriba con un costal de recuerdos oscuros que fatigan mi alma, pero al mirar hacia atrás descubro miles de personas como yo, quienes no escogimos la senda, sino que caminamos la que la vida y el destino nos trazaron.


La realidad más dolorosa es despertar del hermoso sueño que cobija la mente humana, intentando huir de los episodios oscuros que nos obligaron a vivir por no haber nacido en el privilegio de barrios amplios y mansiones protegidas, donde los amos del país celebraban cada metro de tierra adquirido no por necesidad, sino por ambición.



Al campesino no le dejaron más opción que treparse a lo alto de las cordilleras, luchando contra la naturaleza agreste. Allí, la furia de los ríos y los animales peligrosos eran obstáculos que se enfrentaban con el coraje de sobrevivir.


Con la llegada de gobiernos progresistas, la lucha por existir era apenas un respiro a mitad del empinado camino que significa vivir en Colombia, un país bañado en riquezas que parecen ser la causa de sus propios males. Soy parte de la generación dorada: la que vio nacer la tecnología y las comunicaciones, pero que guarda en su memoria el llanto de quienes perdimos familiares a manos de la violencia. Ese conflicto, parecido al garabato de la muerte, sigue esperando abrir nuestras puertas para arrebatarnos la vida.


Los carros sin placas, los perseguidores pagados con nuestros impuestos, no desaparecen de la historia de la Colombia oscura. Y en medio de este corto respiro, llegan vientos frescos a través de medios alternativos que se atreven a publicar las experiencias de ese universo de víctimas que lloran la perpetuidad de la tragedia.


El temor revive el miedo de que el verdugo dormido despierte y espante el deseo de ver volar las golondrinas o disfrutar las mariposas de colores. La sombra oscura amenaza con apartarnos de la tierra y de los animales que se han convertido en nuevas familias para quienes lo perdimos todo.


Quizás sea paranoia, pero es mejor prevenir que lamentar. Por eso escribo: como resistencia apegada a la tierra heredada, como rebeldía hecha prosa, como poesía cantada en medio del sepelio que se confunde con el llanto de mujer rezandera. Soy la voz de quienes callan por miedo, pero que quizás despierten al leer estas letras.



Soy un grito imposible de silenciar. Mi memoria quedará grabada en cada azadón, machete y arado que construyeron los cimientos de una Colombia que resiste. El miedo no es opción: es el arma de los violentos para matar la expresión de quienes reclaman. La historia ha sido escrita con la sangre de mujeres y hombres valientes que se resistieron a la dominación.


Hoy la memoria es el mejor recuerdo para que los victimarios no repitan su aventura de dolor. Nuestra sociedad despertó y continúa cuesta arriba, recorriendo los caminos donde la violencia dejó su huella.

Comentarios


bottom of page