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Mil días detrás de la sombra de la esperanza

Por: Nerio Luis Mejía



"La vida campesina está marcada por reflexiones y trabajo duro, en contraste con quienes creen que en el campo no hay espacio para los sentimientos que brotan del alma, como el amor."


Tres navidades y tres años nuevos, tres calendarios con cada día señalado. El escritor contaba cada hora, cada semana, cada mes, abrigado en la sombra de la esperanza de que alguna razón, alguna carta, llegara.



Se refugiaba en su pequeña finca, donde dedicaba el tiempo a cuidar sus árboles frutales, tratándolos como niños recién nacidos. Caminaba con botas pantaneras hasta la quebrada, y de allí al viejo rancho de techos de paja, donde recogía su mochila con los anteojos y un viejo celular. Subía entonces a la colina más alta de su terreno, buscando la débil y esquiva señal en la que colgaba sus ilusiones: hallar en su correo la carta que durante tres largos años aguardaba.


Eran las letras soñadas de aquella mujer de cabellera dorada como el sol, de ojos semejantes a esmeraldas y labios rosados como la flor más bella. Su hermosura atormentaba la pasión de un hombre obsesionado con traerla a sus brazos. Pero esas letras jamás llegarían. La poseedora de aquella belleza, capaz de despertar el deseo de los colibríes que anhelaban libar el polen de su aliento, se había convertido en una pesadilla sin fin para un enamorado que aún dormía en viejos recuerdos.


Los años pasaban, y el cuerpo del hombre se cubría de arrugas semejantes a pergaminos que luchan contra el tiempo y las ráfagas del viento. Esperaba, en vano, el aroma de aquel cuerpo que una vez acarició y que hoy, al menos, le escribiera para alimentar las esperanzas de un soñador triste. Pero nada llegaba, y el desespero se instalaba en su alma, transformando al conquistador en esclavo de sus propios pensamientos.


Del hombre caribeño, de piel morena y cuerpo robusto, ya no quedaba nada. Solo una silueta que deambulaba entre la maleza, vestida con ropa vieja que colgaba de un cuerpo escuálido, sostenido apenas por huesos y tendones. Llegó a su cocina de bareque, donde las ollas tiznadas y los utensilios desgastados reflejaban su propio deterioro. Encendió el fogón de barro, atizó la leña con la esperanza de ver arder el fuego, pero solo salió humo. La madera seca le negó el deseo de cocinar, y la frustración lo llevó a descargar su ira contra la olla tiznada, lanzándola al piso de tierra. Sus botas quedaron salpicadas por el agua salada en la que pretendía hervir su comida.


Sin rumbo, dejó que la intuición lo guiara hasta la vieja hamaca colgada bajo un árbol frondoso. Allí, durante mil días, recostó su cuerpo esperando la carta, o al menos una razón de aquella mujer que tanto había amado con locura. Ahora debía enfrentar dos tormentos: los recuerdos de la cabellera rubia que se habían convertido en cruel martirio, y el hambre que lo acosaba tras el fogón apagado, envuelto en cenizas frías.



Entonces se levantó de la hamaca y fijó su rostro al sol, como queriendo incinerar los recuerdos de un amor que jamás le escribió. Durante mil días de espera comprendió, al fin, que el amor no aparece cuando no es correspondido. Sus esperanzas quedaron sepultadas en el olvido, dando paso a una nueva aventura en la vida de quien hacía de las letras su mejor destino.

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