crossorigin="anonymous">
top of page

El mundo y yo

Por: Nerio Luis Mejía



Después de la tragedia vivida luego de aquel terremoto del 10 de agosto de 2026, empecé a ver la vida de otra manera. La fragilidad humana ante la furia de la naturaleza se lleva de paso los proyectos futuros, sembrando en muchos la desilusión y la desesperanza que despiertan tiempo después del desastre.



Me fui a mi pequeña propiedad rural con el machete amarrado a la cintura y en compañía de mis dos perros. Íbamos quebrada arriba para echar el agua que baja por una manguera, luego de abrirse paso por la maleza por más de tres kilómetros. Por un momento, mientras esperaba que la tubería liberara el aire, miré hacia la copa de los árboles. Aún llevaba en la cabeza aquellas imágenes de la tragedia —casas destruidas, familias destrozadas— y observé una gran pintura viva que se movía al compás del suave viento, refrescada en sus pies por la pequeña quebrada que resistía al verano.


Las hojas de aquellos árboles enormes lucían tonalidades que iban del verde oscuro al verde suave; otras eran de color naranja y las flores lucían de un amarillo pálido, mientras que otras, rosadas, se veían envueltas por enjambres de abejas que se deleitaban con su dulce polen. En ese momento fui transportado a través del pensamiento en un viaje a lo más profundo de mi existencia, en el cual nos encontrábamos solo yo y el mundo: mi propio mundo en aquel rato de soledad.


Por unos minutos observé una pequeña porción de cielo que escapaba en medio de aquella galería de hojas de colores, mezcladas entre blancas nubes que se dirigían a toda prisa, surcando el paisaje de aquel magistral techo natural que había construido la naturaleza como una forma de resistencia ante las amenazas de las sequías.


En ese rincón natural se escuchaba un tranquilo silencio, solo perturbado por el canto de las aves y el flujo de la quebrada, interrumpido apenas por mis pasos y los de los perros, que dejaban que sus patas se empaparan en aquellas frescas aguas.


En ese instante de reflexión profunda, dimensioné lo que es vivir en la ciudad, donde pareciera existir la regla de no mirar al cielo para no perder el cuidado e impactar con la realidad y los obstáculos que hemos construido. En cambio, los campesinos miramos mucho más tiempo hacia lo alto, ya sea midiendo el tiempo por si vendrán las lluvias o si persisten las fuertes sequías. Nuestra vista permanece vigilante al infinito a cualquier hora del día —mañana, tarde y en las venerables noches oscuras o de luna—, al tiempo que buscamos allí donde creemos que reside el templo de Dios en busca de una respuesta a las cosas que ocurren aquí, debajo de nuestros pies.



Este trayecto no fue solo un viaje por el sendero; también lo asumí como una lección aprendida entre el silencio y la soledad. En esta vida no solo existo yo en un improbable mundo diseñado a mi medida; también existe una naturaleza que me arrulla en su esplendor y me reconforta cuando las tragedias nos visitan, especialmente en aquellos momentos en que estamos más alejados de la realidad que nos mantiene colgados en las nubes de un sueño profundo al que llamamos recuerdos.

Comentarios


bottom of page