El privilegio de ser campesino
- Nerio Luis Mejía

- hace 16 horas
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Por: Nerio Luis Mejía

A pesar de los años de abandono y de las promesas incumplidas, sumadas a la injusticia de comerciar nuestros productos sujetos a la voluntad de comerciantes e intermediarios que juegan con nuestras necesidades, seguimos aquí: sembrando y produciendo alimentos para el mundo. Y aun así, nos sentimos dichosos y orgullosos de habitar el mejor espacio que todavía se conserva en el planeta.
Cada amanecer nos recibe sin los afanes de la ciudad. Nuestro despertador natural es un concierto de pájaros cantores que nos invitan a ponernos de pie. Con la fuerza de nuestras manos hacemos vibrar la tierra, emocionados al ver florecer las plantas que se alimentan no solo del agua, sino también del sudor que destila nuestro cuerpo, sudor que se convierte en sal y esperanza. Mi mayor privilegio es ser campesino: desde aquí aprendí que vivo en plenitud con el cosmos y la naturaleza misma. No necesito la aprobación social para existir; existo como parte integral de un mundo que gira a gran velocidad, en silencio, en un viaje por el inmenso universo del cual apenas somos conscientes.
En el campo no hay preocupación por vestir a la moda. Lo que menos importa es alimentar la apariencia física, cuando lo esencial es nutrir el alma. Aquí no se engorda el ego con estereotipos de un mundo artificial creado para condenar a quienes no se ajustan a su medida. Este paraíso encantado, vestido de mil colores, está habitado por mujeres y hombres que portan ropa áspera, protectora frente al roce de plantas y animales invisibles a la vista, pero presentes en cada jornada. No hay maquillaje ni protector solar: la piel se expone al astro rey, que con sus rayos broncea de forma natural los rostros de quienes madrugan. Los perfumes están dispersos en el aire, contenidos en las flores, compartidos con mariposas, libélulas y todo ser que brota de la tierra en armonía.
Nuestro gimnasio es el cielo abierto: cada objeto que levantamos fortalece el cuerpo, cada paso nos moldea como piezas únicas de arte vivo. La felicidad de andar junto a nuestros animales —perros y gatos que nos acompañan a donde vayamos— es vivir la vida en esplendor. Sus cuerpos peludos recogen el agua del sereno, en un deleite indescriptible que solo puede vivirse, no narrarse.
Lejos del semáforo que regula el tiempo y del tráfico que acelera la vida citadina, aquí nada de eso existe. El tiempo se detiene a pesar de la velocidad del mundo. Las noches no son de pesadillas al compás de un reloj despertador: es el propio cuerpo la máquina que nos levanta sin cansancio, con alegría sin igual. La vida campesina siempre estará rodeada de naturaleza, la que ahuyenta la tristeza que habita en quienes prefieren el mundo de las apariencias. Qué privilegio tienen los que se levantan mirando al cielo y, con los pies en la tierra, alimentan al mundo desde este hermoso lugar llamado Campo.



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