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El cuento chino de ´Los nunca´

Por: Dany Oviedo Marino



La narrativa que llevó a Abelardo De la Espriella a la Casa de Nariño se erigió sobre la contraposición entre "los de siempre" —la casta política que ha administrado el Estado colombiano— y "los nunca", definidos en campaña como aquellos ciudadanos y sectores productivos que jamás habían vivido del erario público ni participado en el reparto del poder. Sin embargo, tras su investidura y la estructuración inicial de su equipo de gobierno, el análisis del nuevo ejecutivo revela que no estamos presenciando el ascenso al poder de las capas marginadas de la sociedad, sino una mutación estratégica en la cima del bloque dominante.



El concepto de outsider que el presidente explotó con astucia comunicacional se basó en una premisa formal: no haber ocupado previamente cargos de elección popular ni haber ostentado credenciales en la burocracia estatal. No obstante, el haber sido ajeno a cargos institucionales no equivale a una distancia sociológica frente al poder. Como abogado penalista de alto perfil, empresario y figura mediática, De la Espriella ha gravitado en el núcleo de las élites económicas, jurídicas y de opinión de Colombia. La promesa de abrir las puertas del Estado a "los nunca" no se tradujo en la democratización del acceso al poder para los sectores subalternos, sino en el traslado directo de la toma de decisiones desde los directorios de los partidos políticos hacia las juntas directivas del sector privado y las firmas de abogados.


La arquitectura del gabinete ministerial expone con claridad este fenómeno. Lejos de ser un equipo de ruptura popular, la nómina gubernamental combina tres fuerzas tradicionales del establecimiento: la élite corporativa, la perfiles de derecha y el estamento de seguridad. La designación de José Manuel Restrepo en la Vicepresidencia encarna el puente directo con la continuidad en la gestión del modelo macroeconómico tradicional. Asimismo, la presencia de directivos gremiales y empresarios en las carteras económicas y productivas evidencia que la llamada llegada de "los nunca" es, en rigor, la toma directa de las riendas del Estado por parte de élites políticas y gremios económicos que antes influían a través de intermediarios.


Por otra parte, la dura realidad de la gobernabilidad parlamentaria destruye la ilusión de un gobierno desvinculado de la política tradicional. Aunque el movimiento Defensores de la Patria logró capitalizar el descontento y conquistar la presidencia, carece de mayorías propias en el Congreso. Para aprobar su ambiciosa agenda legislativa —centrada en reformas tributarias de desgravación al capital, desregulación de mercados y endurecimiento del orden público— el gobierno depende del apoyo de colectividades como el Centro Democrático, Cambio Radical, el Partido Conservador y sectores de la U y el Partido Liberal. Esta interacción, que evidentemente será transaccional, reintroduce de manera inevitable la distribución de cuotas burocráticas y el reparto del presupuesto en el segundo y tercer nivel de la administración pública, trayendo de vuelta la maquinaria de la política tradicional.



En conclusión, el gobierno de Abelardo De la Espriella no representa una ruptura con las élites, sino un reordenamiento hegemónico en Colombia. La retórica de "los nunca" funcionó como un potente lema movilizador de campaña que canalizó el cansancio ciudadano contra la burocracia tradicional. En la práctica, el poder político directo no ha cambiado de manos hacia el ciudadano de a pie, sino que se ha desplazado de los políticos de oficio hacia una alianza de élites corporativas, tecnócratas ortodoxos y sectores de seguridad. Colombia no asiste al nacimiento de una democracia popular sin élites, sino al afianzamiento de un modelo neoconservador donde el sector privado gobierna ahora sin intermediarios políticos.

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