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Un presidente que gobierne para 50 millones de colombianos

Por: Jorge Ramírez A.



Como miembro de la clase media que luchó a brazo partido por ascender económicamente —digamos que apenas lo justo cuando se trata de trabajo honesto— pues así me haya llenado de títulos y jugado la salud para buscar —ante un neoliberalismo inclemente— una situación mejor, finalmente no lo conseguí.


Y consciente de que la situación del mundo no es fácil y menos la de Colombia, pensé que podría decirle lo que espero de nuestro próximo mandatario, poniéndole de presente que si hay que hacer sacrificios no vaya a empezar conmigo, porque, como todos los de mi clase, ya hice y sigo haciendo demasiados.



Que paguen los que durante 35 años de capitalismo salvaje se han hecho ricos como evangelistas, estrategas y beneficiarios de este dogma inequitativo con los más débiles, precipitando a sus compatriotas al abismo de la pobreza y colocando al país en la situación de país inviable económica y socialmente.


Que la clase media-media para abajo no pague la deuda inmensa que cargamos porque nos desaparecería y con ella nuestra mediocre democracia.


Que el expediente del IVA para todos es una patraña más, pues no es lo mismo pagar, por un alimento ya demasiado caro, un impuesto igual para quien recibe entre 15 y 40 millones mensualmente, que, para quien —a duras penas— consigue reunir los dos o tres paquetes.


Que no nos achaquen los males económicos que por culpa de los economistas del libre mercado —paradójicamente llamados hoy pilos, no obstante su repetida incapacidad— venimos atravesando, y que hoy, en lugar del futuro de riqueza y bienestar que nos pronosticaron nos amenazan con la ruina.


Y que sean ellos con sus fabulosos ingresos y los ricos que (dormidos y con pandemia o arrancando de nuevo) siempre han ganado, quienes nos alivie del peso de no cumplirles a tiempo al FMI, al Banco Mundial y disminuyan el fabuloso déficit fiscal del que debieron aprovecharse en su momento, pero que amenaza con volverse económica y socialmente inviables a quienes, precisamente, no alcanzamos de aquella parada ningún provecho.


Que el Banco de la República y el Ministerio de Agricultura apoyen con preferencia la agricultura familiar para producir comida —porque el problema es de hambre— proporcionándole ingreso seguro al agricultor e integrándose a una demanda agregada campesina de largo aliento.


En lugar de mantener los subsidios y ayudas a la agricultura comercial, muchas veces enemiga de nuestro mercado interno y de la biodiversidad donde reposa de verdad nuestro futuro.


Que el flujo bancario cubra a la pequeña y mediana industria con crédito barato para fomentar el empleo ciudadano y con ello un consumo urbano sostenido que alimente el crecimiento de la industria y el comercio, y no se limite a favorecer al circuito agroindustrial de siempre.


Avalando así, el mito fracasado de que las boronas que cayeron de su abundante mesa remediaron el hambre de los veintitantos millones de colombianos que la sufren.



Que con aporte cooperativo apoye a la informal clase baja para que, en lugar de las cadenas de ahorro con que al final reúne de manera momentánea algunos pesos, que de inmediato se le esfuman, la redima del círculo infernal del gota a gota que la postra sin salida en la miseria y la indignidad, mientras enriquece, gracias a su complicado esfuerzo, grupos rentistas generalmente al margen de la ley.


Que se la juegue por la paz, sin esguinces pues aquella está totalmente justificada.


Que no la utilice solo para buscar ayudas en los países que han creído en nuestra buena voluntad.


Que si ya hubo paz con legalidad, término difuso que como acordeón servía para —según la inspiración presidencial del antecesor— zaherirla o, sin nombrarla, evocar con pretendida nostalgia principios democráticos, como si éstos le fueran extraños a su vigencia.


Que detenga como presidente de Colombia el desangre general que se volvió paisaje sin que los encargados de frenarlo les importe un comino, porque sus generales se han dedicado más a las declaraciones públicas que a planear en serio la manera de enfrentar sus múltiples manifestaciones.


Violencia desatada que se lleva por delante, en especial a quienes de buena fe firmaron la paz o a líderes sociales de distintas áreas, cuyas voces, generalmente humildes, clamaban por la vigencia de la parte amable de nuestra Constitución.


Que permanezca algún día en la Casa de Nariño o por lo menos en Colombia para que se entere directamente de lo que está pasando.


Que poco ayuda saber por los medios que volantea por todo el orbe en búsqueda de cuanto foro programen para desparramarse en prosa, generalmente no ante el auditorio del respectivo congreso sino a metros del mismo, sobre cómo ya su gobierno ha resuelto los problemas inexplicables que acucian a los líderes del mundo, y entregarles, sin que se avizoren contraprestaciones, las fórmulas para que las pongan en práctica.


Que no nos la monte con el cuento del socio estratégico de los Estados Unidos despellejando (desde que amanece el día hasta que se acuesta en algún lugar de la Tierra) a Nicolás Maduro, pues por lo ya visto —y no de ahora sino de toda nuestra triste historia— los gringos no tienen amigos sino intereses y son quienes como nosotros en plan de igualados-se creen sus incondicionales, los más expuestos a terminar defraudados.


Que nuestro costoso ejército se dedique a lo que dice la Constitución, que harto hace falta, en lugar de ponerlo a sembrar matas y cuidar bosques que terminan igual o peor de incendiados y deforestados que si no los cuida nadie.


Pues más tarda el surtido montaje para descrestar invitados sobre sus hazañas de largos años, que aparecer el versado para desmentirlas, agregándole, para mal de sus pesares, violaciones a derechos humanos sobre algunos de los detenidos.


Y que este esencial oficio lo adelanten agrónomos, ingenieros forestales, investigadores, científicos y jóvenes sin oportunidades en las ciudades, acompañados, eso sí, por una policía que los proteja en el papel de cuidadores de la naturaleza, en lugar de tener que perseguirlos en las ciudades.



Y que la transición razonada a una economía sostenible sea un hecho, debido a razones absolutas si las hay: porque lo advierten los científicos del clima y lo reclama el cuidado de nuestra casa, la Tierra, so pena de poner en peligro la existencia de la raza humana.


¡Ah, se me olvidaba! que no inaugure cada piedra que se encuentre en el camino ni cada metro de carretera en construcción o al menos que se espere unas horas a que no se derrumbe.

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