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No es necesario morir para dejar de contarse entre los vivos

Por: Nerio Luis Mejía



En esta vida nada dura para siempre; todo se extingue con el transcurso del tiempo, y los años funcionan como las agujas de un reloj implacable que sentencia nuestro final. Vivimos anclados al pasado, sujetos a recuerdos que engañan a la imaginación y nos mantienen adormecidos, haciéndonos creer que habitamos el presente o que avanzamos de manera firme hacia el futuro. Pero no es más que una ilusión pasajera: ni siquiera los recuerdos son inmortales; se irán junto a nosotros al lugar que nos fue asignado desde el instante en que nacimos.



Nos unimos en matrimonio, trabajamos sin descanso y mantenemos la mente en una producción incesante de pensamientos de día y de noche, desconectándonos únicamente en el lecho del descanso, hasta el día en que finalmente descendemos al frío y solitario sepulcro.


Cada quien pretende ser el arquitecto de lo que llama «sueños», pero estos no son más que vagas ilusiones. Al final, el destino será exactamente el mismo para todos: con o sin riquezas, en cualquier momento nos embarcaremos en un viaje sin retorno. Quienes queden, recordarán por unos breves instantes el lugar que ocupábamos, pero con el pasar de los días alguien más lo tomará, y no seremos más que una sombra. Aunque somos conscientes de nuestro desenlace, nos inventamos motivaciones para una vana competencia que nos premia con ataduras a este sueño hipnótico, del cual nadie desea despertar para evitar asumir la responsabilidad de las decisiones que nos conducen al final del camino.


Difiero de quienes afirman que la muerte es fría y tétrica; quizás sea, en realidad, la única certeza que conocemos los seres humanos. Sin embargo, he transitado por días en los que me enfrento a tal soledad y a un vacío tan profundo en el alma, que comprendo que no es necesario morir para dejar de contarse entre el mundo de los vivos.


A menudo asemejo la vida a un paladar que ha perdido la capacidad de percibir sabores, donde todo sabe a nada; o a la travesía de un ciego que camina sin dirección, guiado únicamente por la intuición de que hallará su ruta o terminará perdido en el laberinto de su propio mundo. Es como intentar orientarse en la penumbra, en medio de un vacío absoluto donde las manos no logran palpar nada y solo se extravían en la inmensidad del tiempo, intentando aferrarse a algo que no existe.


Vivo rodeado de mis seres queridos, pero cada uno de ellos carga con sus propias preocupaciones, impulsados por los afanes del destino. Se asemejan a pasajeros en una inmensa terminal, con boleto en mano, apresurados por abordar su propio tren. Mientras tanto, me encuentro sentado entre ellos, imperceptible a sus miradas, simplemente porque yo no soy su destino.


Es en ese instante cuando siento el frío más intenso de los años; cuando busco una razón en medio de todo lo vivido, aun a sabiendas de que, si la descubro, nada podré cambiar. La máquina ya ha encendido sus motores para emprender el viaje que tarde o temprano todos debemos aceptar. Los hijos crecieron y tomaron su rumbo; la pareja lucha por sobrevivir aferrada a los escasos recuerdos para mantener consigo lo que considera suyo: «los hijos». Mientras tanto, el silencio de la casa nos va familiarizando con la tumba que nos aguarda una vez que dejemos de respirar el aire pesado de una existencia transcurrida entre martirios y deleites.



La piel se arruga y se adhiere a los huesos, la imaginación se apaga pausadamente y aquello que alguna vez llamamos sueños por fin se logra: solo quietud, silencio y soledad.


Cuando esa realidad nos alcanza, ya hemos muerto para el mundo, aun si continuamos respirando en medio de los vivos.

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