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El viejo que en su pensamiento desafiaba al tiempo

Por: Nerio Luis Mejía



Este relato refleja la histórica lucha de los campesinos del Caribe colombiano frente a los periodos de sequía, agravados por la negligencia del Estado, que no adopta medidas para superar la crisis derivada del cambio climático.


Terminaba diciembre, sacudido por la acostumbrada brisa, cuando una gruesa nube surcó el cielo y llegó lo inesperado: la lluvia. Entonces miró al firmamento aquel hombre de piel curtida por el sol, quien con herramientas rudimentarias había sacado adelante a su familia tras golpear la tierra durante toda su vida.


—No es buen presagio —expresó a los presentes—. Estas lluvias no son habituales aquí. Me lleva a pensar que se avecina una fuerte sequía, pues en el inventario de Dios, las gotas que hoy cayeron desperdigadas por el campo, mañana las añoraremos.



Se puso su sombrero de paja y salió a recorrer sus plantaciones. Las vio vestir un hermoso follaje, pero en su interior sintió que la inocencia de la naturaleza celebraba un fugaz fenómeno que, desde entonces, lo desvelaría. Recorrió sus cultivos de plátano, acarició una flor de maracuyá y se detuvo junto a un pequeño árbol de cacao. Su mirada fija, pero perdida en aquel minúsculo árbol, reflejaba a un hombre que, a través del pensamiento, pretendía desafiar el tiempo.


De vuelta a su rancho de paredes de barro y techo de palma amarga —árbol que se erige con imponencia en el Caribe colombiano—, el viejo decidió reposar recostado en un asiento de cuero. Su esposa le sirvió un pocillo de café en aquel recipiente de peltre donde acostumbraba saborear la bebida. Seguía mirando lejos, como quien quisiera arreglarlo todo y encarrilar el ferrocarril del tiempo hacia aquellas épocas en que se cosechaba siguiendo los ciclos de la luna.


Avanzó el atardecer y con él la llegada de la noche, la cual no quiso compartir junto a su esposa en aquella cama cálida, alumbrada por el mechón de querosén. Prefirió tender su cuerpo cansado sobre una hamaca que colgaba en dos estantes del amplio corredor abierto al horizonte. Las nubes empañaban la luna, que se negaba a ocultarse, pero el cambio del clima venció su pretensión de imponerse ante la oscuridad.


Al día siguiente, la llovizna golpeaba suavemente el techo. Se levantó lentamente de aquel chinchorro de huequitos que marcaban su piel como arrugas en la espalda, la misma que por años cargó pesados costales de maíz, frijol y todo lo que su tierra incomparable producía. Sin probar el primer tinto de la mañana, no dudó en dirigirse nuevamente a su cultivo. Con la ternura de un niño acarició cada hoja, cada tallo, y mirando otra vez al cielo imaginó que el tiempo volviera a ser como antes.


Pasaron los días y llegó enero. Las habituales cabañuelas no visitaron ese mes, lo que llevó al viejo a replicar. Esta vez se dirigió a su esposa:


—Te lo dije, mija. La lluvia que cayó en diciembre es la que hoy nos hace falta.



Cada día el sol era más abrasador, y las plantas se secaban ante la mirada impávida del viejo, que gastaba su vida en medio del sudor que exprimía su propia alma. Quienes lo veían compartían su desespero por lo incontrolable, pero guardaban silencio y seguían su camino.


En las noches, el viejo, en medio del cansancio, no hacía otra cosa que sufrir por cada planta que moría. La alegría que antes se reflejaba en las hojas de sus cultivos se reemplazaba por la imagen de plantas marchitas, apagadas bajo el inclemente sol del Caribe colombiano en tiempos de verano. Aun peor, los pronósticos de ese año vaticinaban la llegada del fenómeno de El Niño, que traería efectos devastadores como nunca antes se había visto.


Pero jamás la situación doblegó los pensamientos de aquel hombre que soñaba con construir embalses en su imaginación, elevar tanques a la altura de sus sueños y regar con la fuerza de su espíritu. Acariciaba el deseo de cambiar el tiempo con el pensamiento, a través de los sueños de quien nunca renuncia ante la imposibilidad humana de dominar los ciclos de la naturaleza.

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