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Las lluvias de agosto y la partida

Por: Nerio Luis Mejía



Aquel lugar estaba envuelto en un silencio denso, protegido por una neblina tan baja que terminaba confundiéndose con el humo de leña que emanaba de la vieja choza. Buscando refugio de las gotas que amenazaban con empaparme, me adentré en la penumbra del rancho de palma. Al acercarme al fogón de barro, vislumbré una figura encorvada, ataviada con harapos manchados por el tizne y la savia amarga de la maleza.


—Buenos días —expresé, rompiendo la quietud.

—Muy buenos días —respondió aquella alma abismada al pie de las brasas.



Pedí permiso para escudarme de la llovizna. Don Rodrigo asintió con un leve movimiento de cabeza, autorizándome a ingresar a su morada; un santuario de soledad donde parecía no haber espacio ni para la pena.


—Me llamo Rodrigo —dijo. Su voz era un hilo tenue, sofocado por los años y el olvido. Lucía un cabello semejante a mechas de fique, teñido por unas canas que no parecían fruto del tiempo, sino del sufrimiento continuo—. Hacía mucho no veía un rostro diferente al mío. Es el mismo que contemplo en aquel espejo roto que cuelga del horcón. A decir verdad, este rancho es nuevo si se le compara conmigo.


Las lluvias de agosto arreciaron. Tuve que dar un paso hacia él para no perder sus palabras, amortiguadas por el retumbar de las gruesas gotas sobre la canal de zinc donde recogía el agua. Aquel hombre no figuraba en ninguna estadística oficial, pero ocupaba un lugar sagrado en un mundo movido por el ruido y los placeres tan volátiles como el viento.


—Cuando llega el invierno —prosiguió—, también aparece la maleza con la que tengo que lidiar.


Armado con un azadón desgastado por décadas de faena, se levantó con la levedad de una pluma arrastrada por la brisa. Tomó una totuma que colgaba de la enramada —armada de palma e vino y varas de guásimo— y extrajo un puñado de maíz. De inmediato, un cacareo amortiguado anunció la llegada de las gallinas. Don Rodrigo contempló a sus animales y dejó escapar un suspiro hondo, que olía a tierra mojada.


—Volvieron las lluvias de agosto y, con ellas, la memoria de una relación tormentosa que se bebió mi juventud. Esa mujer que me acompañó por décadas decidió irse un día como hoy. Quizá era ella la causante de las sequías que castigaron las flores más hermosas de mi vida; un jardín que cada mañana regaba con la ilusión de ver germinar nuevos pétalos, pero que su indiferencia marchitó para siempre. Se fue, y se llevó tanto mi fuerza física como las ganas de continuar este camino. Quedé solo con mis animales y con estas lluvias que, dentro de poco, también se marcharán, dejándome a la deriva en la soledad que a todos nos aguarda.



Se dejó caer de nuevo sobre el trozo de tronco que hacía las veces de banco. Extendió su mano derecha hacia un pocillo de peltre mellao para tomar un sorbo de café, tan frío como la mañana misma. Sus ojos reflejaban un vacío de profundidad oceánica, una mirada que me empujó a preguntarme si mi propio destino terminaría parecido al suyo.


Cuando la llovizna cesó, le extendí la mano para despedirme. Al estrecharla, sentí la aspereza de la tierra trabajada y una frialdad tan absoluta que parecía pertenecer a alguien que ya no habitaba el mundo de los vivos. Sin embargo, al alejarme por el sendero, quise pensar que aún quedaba una pequeña brasa bajo su ceniza; que tal vez la esperanza de un nuevo afecto pudiera revivir su ilusión, haciendo florecer de nuevo su campo, justo como el monte reverdece cuando lo besan las aguas de agosto.

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