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Mi granja Colombia (Segunda parte)

hace 1 hora
3 min de lectura

Por: Nerio Luis Mejía



Transcurrió el mes de agosto con bastantes novedades en el predio. Entre ellas, la estampa pensativa de mi gallo Vitafer, que permanece en una sola pata, abrumado por la merma en su gallinero a causa de los zorros que vienen haciendo de las suyas. Todo esto sumado al temblor del 10 de agosto, que dejó daños materiales y bastantes zozobras, pues en esta granja nunca hemos sido ajenos a los remezones del terreno.



Por estos lados también hemos sentido los primeros reajustes de Abelardo, el perro a quien le tocó asumir el mando de esta paradisíaca y al mismo tiempo infernal propiedad. Con más fe que certeza decimos «vamos para adelante», pues el perro por fin se posesionó, muy a pesar de la resistencia que le puso el antiguo inquilino del fundo. Eso sí, los zorros, las ratas y los tradicionales lagartos han apretado el paso a tal punto que da pavor salir a cualquier rincón; la ferocidad animal está a la orden del día para medirle el aceite a Abelardo. Nuestro pobre perro no descansa: se la pasa de un lado a otro soltando ladridos destemplados para meter miedo. Lo que sí nos va a salir bien caro es el combustible, porque a Abelardo le dio por usar esos grandes aparatos para hacer sus patrullajes... ¡hasta para ir a beber agua a la quebradita que tenemos a escasos diez metros de la cocina!


Cuando la granja apenas comenzaba a superar el agite de la elección del nuevo administrador, le apareció competencia. Se dejó ver un nuevo huésped en la propiedad llamado Iván: bastante más alto que Abelardo, de poco ladrar, y cuando suelta algún gruñido lo hace con una parsimonia cargada de mucha filosofía; nada que ver con la agresividad de Abelardo que tanto descresta a algunos. El pobre Iván, azuzado por el viejo capataz que no quiere soltar el mando, intentó plantársele a Abelardo, pero terminó montando rancho aparte: se acomodó bajo la sombra de la hornilla de barro en esta vieja rancha de palma, rodeado de otros animalitos de notable humildad.


En mi casa la preocupación es colectiva. Con las estrecheces económicas que llevamos, nos desvela cómo vamos a garantizarle el concentrado a semejante nómina: al gato Totto, a Silvestre, a la perra Lisy, a Abelardo, al gallo Vitafer con su mermado harén, y ahora a Iván. Los vecinos nos repiten que «no hay cama pa' tanta gente» —ni concentrado pa' tanto animal—, pero así es nuestra granja Colombia: unos sectores abarrotados mientras otros aguantan hambre.


Por aquí, como vivimos cerca al río Magdalena, la dieta de la casa y de la mayoría de los animales se reduce a huevo, changua y bocachico. Iván y el resto de la fauna se lo tragan sin chistar, sin maullar y sin cacarear. En cambio, a nuestro perro Abelardo le da náuseas la changua y detesta el bocachico; así que día a día nos endeudamos más trayéndole comida importada, supuestamente para que trabaje sin descanso. Mientras el resto apretamos el cinturón en plena austeridad, el perro se acomoda mejor y, aunque montó su propio lugar de mando, sigue despachando desde la casona principal que aquí llamamos «El Palacio».


Por ahora, Abelardo e Iván no se han trenzado a mordiscos. A veces se pelan los dientes de lejos, pero sin mayores consecuencias: Iván lucha simplemente por mantener su rincón en la granja, mientras Abelardo recorre todo el predio soltando la jauría. Ah, y casi se me olvida algo bastante curioso de Abelardo: nadie sabe de dónde saca tantos balones ni por qué le dio por repartirlos; no hemos logrado descifrarle esa repentina vocación futbolera.



La mitad de la familia celebra entusiasmada las piruetas del perro, mientras la otra mitad mira con seria preocupación. Yo, por mi parte, ando más angustiado por la escasez de lluvias, los temblores del suelo y la plaga de zorros, ratas y lagartos que atacan para desestabilizar la propiedad.


Por si fuera poco, Abelardo no solo trajo dispositivos de vigilancia importados desde esa poderosa hacienda llamada El Imperio, sino que le dio por despachar hacia allá a varias mascotas peligrosas que el antiguo inquilino mantenía en el predio: entre ellas una peligrosa Araña, un Mocho y una muñeca bastante juguetona. El perro prefirió mandarlos a ese fundo extranjero, famoso por encerrar a los animales de por vida.


Ojalá que un día de estos Abelardo e Iván se sienten en la misma mesa junto a Lisy, Totto, Silvestre y Vitafer, sumen esfuerzos y nos ayuden a sacar adelante este trozo de tierra llamado Mi Granja Colombia.

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