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El náufrago de los recuerdos

hace 43 minutos
2 min de lectura

Por: Nerio Luis Mejía



Cuánto añoro aquellos tiempos en que de la vida solo recibía alegría y gratitud. Tampoco lamento mi actual soledad, a la que considero la parte más amarga de los triunfos y las derrotas cosechadas a lo largo de la existencia. Me he convertido en un náufrago de mis propios pensamientos, navegando a la deriva entre los recuerdos de amores conquistados y otros negados, pero que al fin y al cabo viví en plenitud.



Hoy vago como hoja seca sacudida por el viento hacia un destino incierto, haciendo de mi vida un océano de preocupaciones. Tan profunda es la pena que me lastima el alma al no encontrar la calma en esta tétrica soledad. Camino tan despacio que a veces confundo la marcha con un sueño: no sé si duermo o si aún sigo despierto, sostenido apenas por viejas memorias que abren una gran herida en mi existir.


La hierba mojada me impregna los pies; quizás sea lo único tangible que siento en este plano físico del que a veces deseo salir para encontrarme con la razón absoluta, esa que aseguran que existe lejos del mundo de los mortales.


Me imagino un viaje entre nubes, gozando de la libertad de volar sin nada que me oponga resistencia, libre de este mundo de los vivos que hemos diseñado a fuerza de reglas, las cuales desaparecen tan pronto dejamos de existir. Me imagino un sol con más brillo que el conocido, pero ausente del calor acostumbrado y mucho menos del frío que padezco en mi actual soledad. Al fondo, un paisaje de valles conformado por verdes praderas, surcado por aguas cristalinas que viajan sin prisa, sin destino ni final. Mariposas, libélulas y pájaros de mil colores se sostienen en el aire liviano de aquel lugar, sin el miedo que causamos los hombres en lo que llamamos el mundo real.


Pero despierto de golpe ante el ladrido de los perros. Anuncian la llegada de un visitante que saluda cortésmente, a quien me tomo un tiempo en responder porque mi inconsciente se resiste a dejar de remar en este mar de viejas memorias donde navego sin la esperanza de encontrar un puerto.



Por fin fijo la mirada en el rostro de quien me visita, haciendo un enorme esfuerzo para que todo parezca normal. ¿Pero normal de qué? Si aquí, en nuestro mundo, no somos más que fantasmas que vagan en el mar de sus propios pensamientos; pretendemos entender la vida con un libreto material que nadie logra descifrar, el cual amenizamos con música, compromisos y metas que nunca terminamos de alcanzar. Perseguimos ilusiones cosechadas por la mente de quien cree que los triunfos materiales son para siempre, mientras la verdad absoluta se ríe de nuestra ingenuidad y nos despierta el día en que partimos hacia lo desconocido. Un plano del que solo hemos escuchado relatos y sobre el cual nos creamos ideas fantasiosas, parecidas a las de aquel que navega sin remos, en una barca a la deriva, por este mar de recuerdos que habita en la mente y en el agite del día a día.


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