Lo que me ha enseñado la soledad
Por: Nerio Luis Mejía

En la juventud se vive con la abundancia de los deseos; es muy parecido a cuando llegas a una tienda de ropa y accesorios con dinero de sobra y te das el lujo de escoger y comprar lo que quieras, como si no hubiera un mañana, porque cuentas con el músculo financiero, el vigor y la fuerza de los años. En cambio, cuando llegamos a la mediana edad nos volvemos metódicos en todo lo que hacemos, pues comprendemos que la austeridad es la regla. No podemos malgastar el tiempo que nos resta y la soledad nos enseña que iniciamos un nuevo viaje hacia un destino cierto, pero desconocido.
Nuestros cuerpos son los envases que guardan el alma y, sí, tienen fecha de caducidad. Se elaboraron con el fin de que no se pudieran reparar. Tal vez nos tiñamos el cabello, escondamos las arrugas a base de maquillaje y el milagroso bisturí intente ocultar lo imposible, pero la fragilidad con que fuimos creados no permite reparaciones. La restauración deseada es semejante a quien intenta remendar un viejo jarrón lleno de agua, deteriorado por el paso del tiempo: por mucho que intentemos cubrir las grietas que van apareciendo, se vuelve a romper por otro lado.
Por eso aprendí que debo aceptarme como soy, vivir para agradarme a mí mismo y no esconder mi autenticidad. Atiendo y escucho a las personas por lo que son, como portadoras de un alma que es la máxima expresión de la creación divina. A mi humilde granja entran quienes deseen sentirse escuchados; los títulos, el dinero y los reconocimientos se quedan afuera. Lo importante es que quien llegue reciba, de mi parte, un minuto de escucha atenta y sincera.
Con los años no es que se alcance la cúspide de la sabiduría o el conocimiento absoluto, pero la vida se siente diferente sin el afán de los tiempos. En mi soledad aprendí que el amor no reside en la belleza física, ya que esta es semejante a la flor que se corta en la mañana, pero que con el paso de las horas y el calor del sol se marchita. Lo verdaderamente importante es ser correspondido por alguien en quien despiertes el interés por saber cómo te sientes; alguien que te escuche y te acompañe a armar proyectos.
Sueño con acostarme temprano al lado de alguien, escuchar la radio y comentar sobre las noticias; que ambos nos quedemos dormidos al calor de nuestros cuerpos, compartiendo la energía de la vida, para luego despertar por la mañana acariciando su piel antes de levantarme. Sueño con que resuciten esos momentos, que se alarguen las noches con tal de hacer casi eterna esa grata compañía... Pero despierto de golpe ante el silencio absoluto en medio de mi soledad, con el cuerpo frío y sin la posibilidad de sentir el olor y el calor de quien no puedo amar porque no existe.
Sin embargo, inicio el nuevo día aquí, en mi hermosa granja, rodeado del verde bosque, el cacareo de las gallinas y las garras de mi gato Silvestre, quien me reclama su alimento. Olvido todo lo pensado y soñado, ya que la soledad me enseñó que debo continuar en la búsqueda de mi camino en medio de este gran laberinto en el que se encuentra mi vida.




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