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Los bombardeos del gobierno: más ruido político que bajas enemigas

hace 1 hora
3 min de lectura

Por: Nerio Luis Mejía



En otrora fue la estrategia que llevó al debilitamiento de la guerrilla más poderosa en la historia de Colombia: las FARC-EP. Se habían vuelto inmensas, tanto en número como en su capacidad de generar daño a la fuerza pública y a la infraestructura de la nación. Sus cabecillas no ocultaban su criminal intención —o el pretexto de tomarse el poder derrotando al Estado mediante el uso desproporcionado de la fuerza—, y a punta de cilindros bomba y ráfagas de fusil se habían tomado varias guarniciones militares, policiales y hasta la capital de un departamento.


En esa época no existía una herramienta efectiva ni una estrategia que contuviera el avance guerrillero, hasta que por fin aparecieron los bombardeos. Quizás el más recordado sea el ocurrido en suelo ecuatoriano donde cayó abatido alias Raúl Reyes, considerado el “canciller” de las FARC. Fue un golpe que el grupo ilegal reconoció como la mayor pérdida al interior de su desafiante estructura. Junto a Reyes cayeron una docena de insurgentes cuyos cuerpos fueron exhibidos en ropa interior, ya que la muerte les llegó desde los poderosos aviones de la fuerza aérea colombiana, sin importar que estuvieran acampamentados fuera de nuestras fronteras (lo que en su momento generó una grave crisis diplomática con la vecina nación, entonces dirigida por el presidente de izquierda Rafael Correa).



Tras ese contundente golpe vinieron otros: murieron Thomas Medina (el Negro Acacio) y luego cayó el Mono Jojoy, legendario cabecilla militar de las FARC cuyo solo nombre sembraba pánico en las fuerzas del Estado, pues fue el responsable de ordenar tomas y emboscadas que dejaron miles de víctimas. Jorge Suárez Briceño también sucumbió tras un intenso bombardeo.


De ahí en adelante, sin embargo, la mayoría de las operaciones de la Fuerza Aérea Colombiana han sido un completo fracaso; es decir, han sido más los golpes fallidos que los acertados. Hubo casos en los que se pagaron recompensas por la supuesta muerte de cabecillas en bombardeos, para luego verlos reaparecer sanos y salvos.


Estos fiascos aéreos han atravesado todos los gobiernos: Santos, Duque, Petro y el recién electo Abelardo de la Espriella. Aunque es muy temprano para juzgar la efectividad operativa de este último, ya se han presentado cuestionamientos en los pocos operativos ordenados, lo que demuestra sin lugar a dudas que los bombardeos generan más ruidos políticos y jurídicos que bajas en las filas enemigas.


La feria de la ropa interior y los jefes de película


El combate al crimen mediante el uso de la aviación militar ha generado discusiones de todo calibre: desde jueces que ordenan al Gobierno y a las fuerzas militares suspender provisionalmente los bombardeos, hasta mociones de censura contra ministros de defensa por la muerte de menores de edad atrapados en campamentos ilegales.


Al parecer, las bombas parecen hacer blanco en los menores antes que en los escurridizos cabecillas, quienes siempre logran evadir la muerte en estas operaciones de K-Fires y Super Tucanos. Quizás alias Iván Mordisco sea el bandido con más suerte a la hora de esquivar los explosivos: hasta se ríe y reaparece desfilando armamento novedoso y carros de alta gama. Mientras tanto, en los campamentos bombardeados se siguen encontrando menores de edad destrozados por la metralla, junto a los objetos personales de los jefes criminales: anteojos, computadoras, teléfonos... y hasta el último calzoncillo mojado después del baño matutino en el río, mientras los dueños escapan milagrosamente a último minuto gracias a la suerte o a filtraciones de información.


Es imposible hablar de guerra en Colombia sin mencionar al Catatumbo. El pasado 11 de octubre de 2026, aviones de la Fuerza Aérea Colombiana adelantaron operaciones contra las disidencias de las FARC, produciendo la muerte de cuatro combatientes, entre ellos una menor de 16 años que al parecer hacía parte del grupo criminal. De acuerdo con fuentes consultadas, la ofensiva iba dirigida contra Andrei Avendaño y Jhon Mechas, cabecillas del Frente 33, quienes —¡oh, sorpresa!— lograron salir ilesos antes de que cayeran las bombas. ¿Información filtrada o una suerte digna de lotería?



Lo que verdaderamente dejan estas fallidas operaciones aéreas es una extravagante colección de objetos personales: celulares, gafas, computadores y, por supuesto, los calzoncillos que algún día tendrán que exhibir en los museos de guerra de la nación. A la colección histórica de calzoncillos se suman los de Mordisco, los de Avendaño y los de Jhon Mechas, mientras en las bolsas para cadáveres se siguen guardando los cuerpos de los menores caídos.


Nadie pide que se elimine esta herramienta para combatir el crimen, pero urge ajustar los sistemas de inteligencia y los protocolos operativos. Así, al menos, se evitaría el ridículo y el eterno ruidom político y jurídico que causan los bombardeos en Colombia.

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