La mirada al cielo y los pies descalzos, los catatumberos huyen de la violencia
Por: Nerio Luis Mejía

A pocos meses de cumplirse dos años de aquel fatídico 16 de enero de 2025 —día en que estallaron con furia los enfrentamientos entre el ELN y las disidencias de las FARC—, los catatumberos siguen viviendo bajo la sombra del miedo y la zozobra. Las escenas trágicas surcan nuestros campos y el llanto inconsolable de las familias crea una atmósfera donde la tranquilidad es apenas un recuerdo lejano. Aquí, el destino parece haber escogido este hermoso y vasto territorio como el escenario donde se experimenta con el límite del sufrimiento humano. Desde los deshumanizados desplazamientos forzados y los confinamientos, hasta el reclutamiento de menores y las muertes constantes, la región permanece sumergida en el caos. Y aunque en algunas poblaciones la resiliencia de su gente logra mostrar esa cara alegre, noble y amable que los caracteriza, en el resto sigue reinando la tragedia.
En los últimos días, cientos de familias resultaron desplazadas desde la zona rural del municipio de San Calixto hacia el casco urbano de El Tarra. Salieron huyendo a toda prisa de los combates, acrecentando aún más este drama humanitario que parece no tener fin.
Los campesinos del Catatumbo viven hoy con la mirada clavada en el cielo y a pies descalzos, huyendo a la carrera de la violencia y esquivando los artefactos que dejan caer los drones; aparatos ciegos que no distinguen entre civiles y combatientes. El peligro nos acecha desde las alturas, mientras en la tierra las minas antipersona le siguen quitando la vida a labriegos inocentes que ya ni ven asomo de la paz.
Es el drama profundo de quienes han tenido que abandonar todo lo que consiguieron con años de sudor, esfuerzo y trabajo. Hoy les toca dejar la finca, los animales y el sembrado atrás solo para salvar la piel. Es inconcebible que, mientras algunos argumentan que empuñar las armas es un acto solemne en defensa de la igualdad y la justicia social, sean otros los que tengan que llorar a sus muertos y arrancar la vida desde cero, tras perderlo todo por un conflicto absurdo. Es una herida abierta que difícilmente va a cicatrizar con el paso de los años.
Se equivocan profundamente quienes insisten en que al ruido de los fusiles se conquistará la justicia. La mayor conquista de la humanidad será siempre la paz, y no un mundo que pretende sostenerse sobre un discurso utópico que solo ha sumergido al Catatumbo en un verdadero baño de sangre. La violencia desconfigura y traiciona cualquier ideal que pretenda justificarse con el derramamiento de sangre hermana.
El Catatumbo sigue apareciendo en las portadas de los grandes medios y en las redes sociales como ese lugar donde la guerra no da tregua, donde la violencia pareciera haber llegado para quedarse sin que se divise una salida. Mientras tanto, cientos de familias siguen huyendo con la mirada puesta en las alturas y los pies descalzos tropezando entre piedras y troncos, esquivándole el cuerpo a una muerte que se niega a abandonar la región, mientras los violentos continúan disputándose cada centímetro del territorio a sangre y fuego.




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