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En el Catatumbo: después del desastre, las heridas siguen abiertas

Por: Nerio Luis Mejía



Nadie quiere recordar aquel fatídico 16 de enero de 2025, cuando un ataque coordinado de guerrilleros del ELN asaltó varias posiciones de las disidencias de las FARC. Lo que vino después fue un completo desastre. El Catatumbo se convirtió en la radiografía más cruda del abandono estatal: estructuras criminales que han levantado una gobernanza paralela, financiada por economías ilícitas, con un músculo financiero capaz de controlar regiones enteras. Mientras tanto, las fuerzas del Estado parecen incapaces de restablecer el orden.


Lejos de terminar, la tragedia se profundiza con el paso del tiempo. Aquí, en esta parte de Colombia, se ve de todo menos la presencia efectiva del Estado. La criminalidad impone las reglas: asesinatos cotidianos, reclutamiento de menores, desplazamientos que se cuentan por cientos de miles, amenazas y confinamientos que mantienen a la región sometida en un desastre permanente.



Muchos de los problemas que preocupan a la nación aterrizan en este rincón olvidado. La crisis de frontera, agudizada tras la captura de Nicolás Maduro por autoridades estadounidenses —un hecho que muchos consideran una violación a la soberanía venezolana—, terminó por complicar aún más la inestabilidad del Catatumbo.


Recientemente, la Defensoría del Pueblo, acompañada por la Iglesia Católica y representantes de Naciones Unidas, recorrió el territorio golpeado y denunció las graves afectaciones sufridas por la población civil: las principales víctimas de los choques armados entre el ELN y las disidencias de las FARC. Con el paso del tiempo, la violencia se recrudece, como una herida que nunca cicatriza.


El Catatumbo ha sido escenario de experimentos tan espeluznantes como el uso de drones cargados con explosivos, lanzados sin el más mínimo respeto por el principio de distinción. Muchas veces, los artefactos hacen blanco en humildes viviendas civiles, originando tragedias que no solo llora el Catatumbo, sino todo el país. El secuestro se ha vuelto rutina, las desapariciones forzadas se multiplican y los cuerpos de jóvenes aparecen tirados al borde de las carreteras, con impactos de bala que evidencian la magnitud del horror.


Insisto: el Catatumbo es la radiografía más fiel de esa Colombia sumergida en el abandono estatal. Aquí, a nadie parece importarle la suerte de sus habitantes. La dirigencia política visita la zona en busca de votos, pero no cumple con el deber que le corresponde frente a la ciudadanía. El desamparo es profundo, tan profundo como el dolor de las víctimas que cargan con esta tragedia.


El ELN cometió un error de cálculo: pensó que el golpe inicial, que dejó cientos de muertos aquel 16 de enero, le daría ventaja militar. Pero sus planes se empantanaron en un enfrentamiento feroz contra un adversario que les ha presentado batalla. Hoy, el ruido ensordecedor de las bombas forma parte del paisaje. Municipios como Tibú y El Tarra se han convertido en teatros de guerra, donde el conflicto muestra su rostro más brutal: viviendas arruinadas, civiles heridos, miedo que se transforma en terror.



No parece haber luz al final del túnel. El tablero político nacional e internacional mantiene a muchos expectantes ante la reunión anunciada entre los presidentes de Colombia y Estados Unidos en febrero. Se habla de que allí se abordará la situación de Venezuela y el narcotráfico, principal financiador del conflicto en Colombia. Con certeza, esto agravará la situación de miles de familias catatumberas que dependen de la hoja de coca para sobrevivir.


Muy lejos de terminar, esta tragedia sigue dando de qué hablar. El Catatumbo es la vergüenza de un Estado que no ha podido controlar un territorio estratégico en la frontera. Tras un año de confrontaciones entre dos actores ilegales, la población civil continúa sufriendo las consecuencias de una herida abierta que está muy lejos de sanar.

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