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En el Catatumbo se vive entre la guerra y el olvido

Por: Nerio Luis Mejía



En Colombia parece que ya nos hemos acostumbrado a la tragedia. El conflicto armado, que por generaciones ha castigado a nuestra población, se ha convertido en parte del paisaje. Es casi imposible sostener una conversación cotidiana sin que aparezca alguna referencia a la guerra que se vive en distintas regiones del país. Sin embargo, hay territorios mucho más golpeados que otros, como el Catatumbo, donde sus habitantes sobreviven entre la guerra y el olvido.



La escalada de violencia que se desató el 16 de enero de 2025, tras los enfrentamientos entre el ELN y las disidencias de las FARC, parece no tener fin. Con el paso de los días, la violencia se recrudece: familias víctimas de desplazamiento forzado soportan condiciones deplorables, mientras quienes permanecen en confinamiento viven en un silencio que apenas deja entrever su tragedia. En el Catatumbo se han ensayado los más espeluznantes métodos de guerra: desde drones cargados con explosivos lanzados sin distinción, hasta el reclutamiento de jóvenes traídos de otras regiones, que mueren en las húmedas montañas y son sepultados en el olvido. Nadie se atreve a buscarlos para darles una cristiana sepultura. El silencio se convierte en estrategia de supervivencia en una tierra de nadie, donde los actores armados imponen sus propias normas alimentadas por el miedo.


La situación actual es incluso más grave que la incursión paramilitar de inicios del 2000, y supera con creces el conflicto de 2018 entre el ELN y el EPL. Hoy enfrentamos nuevas dinámicas: la llegada de grupos criminales como el Ejército Gaitanista de Colombia (Clan del Golfo) y las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra, que según alertas tempranas de la Defensoría del Pueblo amenazan con agravar aún más la confrontación.


A esta crisis se suma el contexto internacional: guerras en Europa, Medio Oriente y recientes ataques en Irán que concentran la atención mundial y reducen los recursos de cooperación internacional. Los recortes presupuestales han debilitado la presencia de organizaciones que históricamente acompañaban al Catatumbo. Las autoridades locales, regionales y nacionales parecen incapaces de atender la tragedia.


La dirigencia política del departamento muestra indiferencia. Su interés se limita a obtener permiso de los actores armados para ingresar en busca de votos, enriqueciendo sus carreras a costa del dolor ajeno. Los grandes medios de comunicación, convertidos en mercaderes del sufrimiento, apenas mencionan la crisis. Son las redes sociales las que, con limitados recursos, han visibilizado la realidad de los catatumberos.



Es hora de exigir al gobierno regional y nacional una solución que garantice a los habitantes de este territorio el derecho a vivir en paz. Se requieren medidas de fondo que enfrenten las raíces del problema. Mientras tanto, los alcaldes prefieren callar y proyectar sus carreras políticas fuera de sus municipios, dejando a su gente atrapada entre la guerra y el olvido.

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