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La decadencia de Barranquilla y su carnaval

Por: Oscar Oyaga de Luque



“El que no salte, el que no brinque, el que no beba, el que no vacile, que se quede en casa”: Esta frase retumba en los parlantes de toda Barranquilla y suena como candidata a ser la canción del carnaval del ciudad. Esto recae en la incomodidad y la molestia cuando haciendo un acto de introspección nos damos cuenta de que la canción en cuestión es una oda a la estupidez y la banalidad, y no representa nada de la cultura y la idiosincrasia de las carnestolendas fiestas. De todo este análisis se puede llegar a la conclusión que todo lo que se hace en Barranquilla son simples muestras genéricas empacadas que al final no representan a nadie. Así como se habla de la música del carnaval, se puede hablar del mismo carnaval y de cada esquina de la ciudad. Al final, nada se salva.



En términos netamente culturales, el Carnaval de Barranquilla nace del cruce multicultural de las tradiciones españolas, africanas, indígenas y criollas. Este le dio a la ciudad una riqueza cultural que se hizo tangible en disfraces, comparsas de baile, carrozas y una infinidad de muestras culturales que permitían a una ciudad, un municipio y hasta una región entera sentirse identificado con cualquiera de sus manifestaciones. En otras épocas era normal ver niñas soñando con ser reina del carnaval, niños jugar al garabato o anhelar disfrazarse de cumbiamberos, marimondas o monocuco. Todos en Barranquilla tienen un personaje favorito del carnaval. Sin embargo, lo que aparentemente nadie se ha dado cuenta es que el carnaval cada vez es menos de los bailarines y hacedores del carnaval y más de las empresas privadas que disfrazan a un montón de subordinados con sus marcas haciéndolos pasar como una comparsa, mientras ebrios brincan y pasan el ridículo, mostrando el concepto “importaculista” de la sociedad donde se cree que el carnaval es una anarquía.


Es aquí donde entra el término social del carnaval: las fiestas tuvieron su consolidación entre 1900 y 1920, luego de la guerra de mil días. Todo en el marco de una ciudad en consolidación, una sociedad pujante y altiva, y unos ciudadanos que luchaban día a día y se merecían ser felices. Eran tiempos prominentes y una idiosincrasia con criterio. No obstante, con el pasar del tiempo, la ciudad se fue descomponiendo. La corrupción fue permeando todo lo que pudo corromper, hasta que la gente llegó a su punto más bajo y se conformó cada vez con menos. Así como de esa Barranquilla pujante cada vez queda poco, de ese carnaval solo quedan esquirlas. En su nombre, la gente que no le interesa lo mal que está su entorno solo busca excusas para emborracharse cada vez que puede (aunque no sea carnaval) y pretender mostrar que carnaval es montar a una mujer en alto estado de ingesta de alcohol sobre una camioneta mientras una turba le exige que muestre sus partes íntimas.


En lo que concierne a la música, es casi una historia que converge con el término cultural. El carnaval nace con una riquezas de sonidos como su majestad la cumbia, ama y reina de las fiestas de antaño, pero fue haciendo osmosis con otros ritmos de los pueblos que fueron poniendo su granito de arena para hacer lo que fue la fiesta popular más importante de Colombia. También fueron importantes ritmos ancestrales como el bullerengue, el mapalé, el son de negro e, incluso, hasta cierta medida el fandango. Luego con la llegada de los años 60 y 70 fueron llegando sonidos que eran un poco más externos como la salsa, el merengue o el vallenato que fueron desplazando en cierta medida a la costumbre establecida, pero de igual manera fueron respetuosos con la tradición e hicieron un aporte positivo.


El problema fue cuando a finales de los 90 e inicios del 2000 llegaron ritmos que no tenían nada que ver y que tampoco aportaban nada. Hoy por hoy, pareciese por su preparación que a las reinas del carnaval se les preparase más para bailar champeta que los ritmos tradicionales que fueron pilares en la consolidación del imaginario cultural, en los bailes populares y los conciertos de carnaval priman los artistas de reguetón y dembow que los Gaiteros de San Jacinto o las canciones de Totó la Momposina, que podrías preguntarle a cualquier niño y no tendrá la más remota idea de quienes son.


¿En manos de quien está el carnaval de Barranquilla y sus artes? En manos de los hacedores del carnaval, bailarines y de los artistas que están en los barrios, que sin ninguna obligación sienten el compromiso moral de seguir con la tradición que recibieron de sus padres y estos al mismo tiempo de sus abuelos y sienten tanto por eso que lo último que se les pasa por su cabeza es dejarla morir, invaluables personajes que es poco o nulo el apoyo recibido por la Alcaldía, Gobernación y demás estamentos público, mientras estas despilfarran como banquetes el presupuesto para dárselo a la empresa pública y recibir migajas de un carnaval empaquetado que solo llena sus bolsillos, es el triste panorama de una fiesta en decadencia que poco le queda de tradición y que solo se tomará conciencia de esto hasta que se vea en veremos la condición de patrimonio cultural e inmaterial de la humanidad entregado por la Unesco.



Y así como se habla de la decadencia del Carnaval de Barranquilla, se podrían gastar cientos de palabras más para expresar cómo la ciudad se la lleva el diablo: de cómo se cae el patrimonio arquitectónico del barrio El Prado, de cómo habitantes de algunos barrios viven en calles con obras en reparación durante más de 5 años, de la burbuja inmobiliaria camuflada en una ciudad “potencia mundial en vivienda”, de la precarización del transporte público, de la vulgarización descarada de la radio en Barranquilla, que son tantos temas, quizás más importantes que la misma fiesta tradicional, pero acá se vive con la premisa de “que se toque todo menos el carnaval”, entonces ojalá sirva hacerles abrir los ojos con la prioridad para ver si son conscientes de las demás barbaries con las que les toca vivir en el día a día.

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