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El poeta de la montaña

hace 11 minutos
3 min de lectura

Por: Nerio Luís Mejía



Nació un día de fiesta en medio del calor y el folclor que caracteriza al Caribe colombiano. De su padre heredó la rebeldía de quien trabaja y lucha por su pueblo; de su madre, el trabajo duro que representa a las mujeres de esa tierra de flores y pájaros de mil colores, las que tejen a mano y son dueñas de las recetas gastronómicas más deliciosas del planeta: dulces y platos exquisitos que, poco a poco, se han convertido en la tradición de un país que baila al ritmo de acordeones, guacharacas y cajas. Aunque su vida estuvo marcada por el baile, prefirió las letras. No para ocultar la pena que le lastimaba el alma, sino para que el mundo leyera los escritos que producía el bullicoso silencio de la montaña: allí donde los ríos hablaban a través de las cascadas, donde los árboles se mecían al son del viento y donde las aves dibujaban en el lienzo del firmamento una pintura viva que se movía al ritmo de la brisa.



Aquel hombre convirtió sus noches en días, ya que su imaginación se iluminaba con el brillo de sus pensamientos, los que se convertían en versos que enamoraban a cual doncella, leyendo el alma desnuda de quien plasma los sentimientos esculpidos en lo más profundo de su existencia. Ese caribeño ser de piel morena, bronceada con los rayos del sol, de ojos miel y mirada inquieta como quien busca en su entorno una sola razón para convertirla en verso; el de manos curtidas por el azadón y el machete, pero de un sentimiento tan delicado como el capullo de una flor recién nacida. Quizás el alma más pura de quien ve en las letras la única razón de su existencia.


El verde de las plantas aportaba la pintura que se convertía en el óleo del tiempo; el que transformaba su imaginación en poema, el que bañaba sus pies descalzos en la fría quebrada, sintiendo que la naturaleza hacía entrar en razón cada tilde que cruzaba por la mente del poeta. Aún no sé quién era más feliz: si la montaña, que tenía a sus pies a un eterno guardián que la describía como el paraíso bajado del mismo cielo; o el escritor, que veía en su fauna y flora el mayor bálsamo ante los sentimientos que yacían atrapados en una honda herida que no dejaba de sangrar ni con el paso de los años.


Los inmensos árboles que cubrían el suelo virginal, esos que impedían el paso de los rayos del sol y se elevaban al infinito, siempre hacían que su mirada fuera más allá, a la altura de la imaginación. Sus ojos veían en aquel lugar la magia traída del cielo a esta tierra, como un premio para quien está dispuesto a observar la vida en mil colores, a contemplar la danza de las mariposas, el increíble vuelo de las libélulas y los cardúmenes de pájaros migratorios que surcan el cielo en un espectáculo de luz, en medio de la oscuridad que insistía en apagar la felicidad de quien hallaba en la montaña la inspiración de su soledad.



Si me alejo, la montaña está más cerca de mí, ya que la traigo presente en mis recuerdos; y si estoy cerca de ella, siento su caricia, su olor y sus sonidos, los que lo convirtieron en aquel poeta solitario que habita al pie de esa hermosa montaña, en donde las nubes se detienen y la rocían con cada gota, en donde el sol sale más temprano para acariciarla con sus primeros rayos, y en donde el mismo viento besa sus cimas como quien acaricia una amada piel que brota la magia de la fragancia natural, aquella que cautivó para siempre los sentimientos del poeta.

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