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Cuando el miedo ajeno se siente en carne propia

hace 1 hora
3 min de lectura

Por: Nerio Luis Mejía



En el año 2019, en medio del conflicto que por esa época azotaba a la región del Catatumbo tras los enfrentamientos entre el ELN y el EPL —o «pelusos», como popularmente se le conoce a esta estructura ilegal—, en mi condición de defensor de derechos humanos fui a documentar la violencia en una vereda del municipio de Hacarí, Norte de Santander. Junto a un gran amigo, decidimos llevar hojas de block y lapiceros para que los habitantes de la comunidad describieran lo que sentían tras quedar en medio del fuego cruzado.


Fue espeluznante leer lo que aquellas personas plasmaban: sentían temor por todo, desde el ladrido de los perros hasta el silencio mismo. Pero hubo algo aún más aterrador. El miedo a las minas antipersonas había penetrado hasta el interior de los hogares de los humildes campesinos. Me produjo un dolor profundo comprobar que hombres y mujeres, sin distinción de edad, coincidían en la misma angustia: les aterraba ir a reparar la manguera que les traía el agua o salir a buscar leña para encender sus fogones, con la constante zozobra de pisar un artefacto explosivo que les arrebatara la vida o les dejara secuelas imborrables en el cuerpo y en el alma.



Llevé conmigo esas preocupaciones durante mucho tiempo, hasta que, días atrás, mientras me dirigía a la bocatoma de la manguera que surte agua en mi granja, sentí aquel miedo ajeno en carne propia. Caminaba quebrada arriba junto a mis dos perros, temiendo que ellos sufrieran una tragedia si el destino obedecía a los violentos que osan enterrar en nuestro suelo esta clase de trampas mortales e inhumanas, inventadas por el hombre para destruirse a sí mismo. De inmediato, preferí mojar mis zapatos y caminar por el cauce de la quebrada ante la angustia que me invadió.


Fue entonces cuando realmente comprendí el calvario que soportan las comunidades campesinas ante un peligro que acecha de manera silenciosa bajo la tierra, esperando el momento de ser pisado por un inocente —humano o animal—, pues las criaturas silvestres y domésticas también se han convertido en víctimas de este monstruoso artificio que no distingue entre combatientes y no combatientes; solo requiere presión para desgraciar de por vida a familias enteras.


Este escrito busca sensibilizar a los bandos enfrentados que hacen uso de esta clase de dispositivos, prohibidos por convenciones internacionales como la de Ottawa, Canadá, para que cesen su empleo. Estas letras no provienen de un académico, ni de la retórica institucional, ni de un experto en conflictos armados; nacen de la voz de un líder social, defensor de derechos humanos, escritor y periodista campesino que ha visto a sus propios vecinos amputados por esta macabra invención.


No busco miles de lectores ni aplausos digitales. Mi pretensión es humilde y urgente: ¡No siembren estos dispositivos en nuestros campos! Buscar leña o encauzar el agua quebrada arriba es parte esencial de nuestra vida rural; si dejamos de hacer nuestras faenas diarias por miedo, muere también parte de nuestra cultura y de las tradiciones que sostienen a esta nación.



Las fuentes hídricas, las zonas de cultivo y nuestros caminos son parte integral de la existencia campesina. Enterrar minas antipersonas sin ningún señalamiento en las áreas afectadas es un crimen atroz en contra de nuestras comunidades. Si en medio del fragor de la guerra se ha perdido el temor y el respeto a la justicia de los hombres, al menos tengan piedad y fijen la mirada al cielo antes de sembrar estos artefactos de muerte.


Los campesinos exigimos que se nos excluya de este conflicto armado y que se nos otorguen garantías reales para existir y seguir haciendo lo que históricamente hemos sabido hacer: producir alimentos y garantizar la continuidad de la vida. No tenemos por qué seguir cargando con el miedo ajeno en carne propia, pues no somos responsables del origen ni de la permanencia de esta guerra ciega e inhumana que lacera a Colombia.

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