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Deuda de EE.UU. llega a US$ 40 billones y el mercado le pierde el respeto



Las leyes de la gravedad financiera han vuelto a llamar a la puerta de Washington, y esta vez la respuesta de las autoridades parece carecer de las herramientas estructurales para contener el impacto. Mientras el relato oficial insiste en la resiliencia y el vigor de la economía norteamericana, las cifras del Departamento del Tesoro confirman una realidad implacable: la deuda pública bruta de los Estados Unidos ha rebasado por primera vez en la historia la barrera psicológica de los 40 billones de dólares, situándose en la marca exacta de US$40.047.425.768.420.


Este abrumador pasivo representa aproximadamente el 124% del Producto Interno Bruto estadounidense, una proporción que la superpotencia no experimentaba desde los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la brecha entre aquel periodo y el presente es abismal. A mediados del siglo XX, el endeudamiento financió la victoria militar y fue absorbido con rapidez por la posterior reconversión industrial y la expansión demográfica. Hoy, por el contrario, la montaña de deuda es el resultado inerte de un déficit fiscal estructural desbocado que supera los dos billones de dólares anuales —en torno al 6% del PIB— en un contexto de altas tasas de interés, envejecimiento poblacional y tensiones geopolíticas globales.



La reacción de los mercados de renta fija ha sido inmediata y despiadada. El rendimiento del bono del Tesoro a 30 años ha escalado hasta rozar el 5,30%, alcanzando máximos no vistos desde junio de 2007, en las vísperas del estallido de la crisis de las hipotecas subprime. Lejos de ser un detalle técnico restringido a los monitores de Wall Street, esta subida de tipos de interés soberanos se traslada en cadena al costo del crédito hipotecario, la financiación corporativa y los préstamos de consumo, amenazando con asfixiar la economía real.


Ingeniería financiera en el Tesoro: gestionar el Estado como un hedge fund


Ante la inminencia de un desajuste mayor en el mercado crediticio, la conducción económica de la administración encabezada por el Secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha desplegado una serie de maniobras de alto riesgo. Curtido en los pasillos de Wall Street y en la gestión de fondos de cobertura de alto rendimiento, Bessent ha impreso al Tesoro de los Estados Unidos una dinámica operativa propia de un fondo de inversión, recurriendo al efectismo táctico, la sorpresa comunicacional y las intervenciones cruzadas para capear la tormenta de liquidez.


Uno de los episodios más reveladores de esta estrategia ocurrió en el mercado cambiario internacional. A través de la Reserva Federal de Nueva York, Estados Unidos ejecutó una inédita intervención triangulada para contener el colapso del yen japonés, cuya debilidad frente al dólar amenazaba la estabilidad del sistema financiero asiático. Sin embargo, el motivo de fondo de esta aparente generosidad diplomática no fue otro que la autoprotección.


Japón es el mayor tenedor extranjero de deuda pública estadounidense. Para defender su propia moneda sin auxilio externo, el Banco de Japón se veía forzado a liquidar masivamente sus reservas en dólares, compuestas prioritariamente por bonos del Tesoro norteamericano. Si Tokio continuaba volcando de manera desordenada esos títulos al mercado secundario, el precio de la deuda de EE.UU. se habría desplomado, catapultando aún más los rendimientos del bono a 30 años e incrementando el costo de financiación para Washington.


Para neutralizar ese peligro sin recurrir a la venta directa de dólares —lo que habría proyectado una imagen de debilidad intencionada sobre la divisa estadounidense y presionado la inflación al alza—, el Tesoro vendió reservas en euros para adquirir yenes. La maniobra logró darle un respiro temporal a la divisa nipona y evitar la venta masiva de bonos estadounidenses por parte de Tokio. No obstante, el costo colateral recayó directamente sobre Europa: la inyección masiva de euros en el mercado debilitó a la moneda única en cerca de un 4% frente al yen, importando presiones inflacionarias para la Eurozona sin previa consulta a las autoridades del Banco Central Europeo.



El "efecto Bessent" se desvanece ante la escala del problema


Pocos días después del movimiento cambiario, y con los tipos de interés de los bonos a largo plazo nuevamente al alza, Bessent intentó un segundo golpe de efecto: anunció que el Tesoro duplicaría el volumen de sus operaciones de recompra de deuda pública de largo plazo, pasando de 2.000 a al menos 4.000 millones de dólares por operación en los tramos de 10 a 30 años, proyectando recompras acumuladas de hasta 83.000 millones de dólares para el trimestre.


El impacto inicial del anuncio generó una breve caída en los rendimientos durante la sesión del miércoles. Sin embargo, el espejismo duró apenas 24 horas. Para el jueves, el mercado había reabsorbido todo el movimiento y la rentabilidad del bono a 30 años volvió a situarse por encima del 5,24%. La lectura dominante entre los grandes bancos de inversión y las firmas de análisis de Wall Street, desde Bank of America hasta MUFG y Evercore ISI, fue unánime: la medida equivale a colocar una pequeña curita sobre una herida de bala.


Inyectar 4.000 millones de dólares en operaciones puntuales dentro de un mercado de deuda pública que supera los 40 billones de dólares negociables es una gota de agua en el océano. Los inversores han comenzado a percibir que el Tesoro intenta manipular técnicamente la curva de rendimientos sin abordar la raíz del problema. La acumulación desmedida de pasivos no responde a un fallo transitorio de liquidez en el mercado, sino a un deterioro fiscal crónico.



El agujero presupuestario se ha profundizado tras la aprobación de la Ley de Grandes Exenciones y Rebajas Fiscales (OBBBA), impulsada por el gobierno Trump, al tiempo que la Corte Suprema obligó al Estado a restituir más de 160.000 millones de dólares a corporaciones por aranceles cobrados y que la justicia tumbó. A esto se le suman los millonarios desembolsos vinculados a la escalada bélica en Oriente Medio y la voraz competencia por el crédito privado, impulsada por los gigantes tecnológicos que emiten deuda masiva para financiar centros de datos e infraestructura para inteligencia artificial.


La consecuencia directa de este escenario es el vertiginoso incremento en la factura del servicio de la deuda. La suma que el Estado norteamericano destina únicamente al abono de intereses ha alcanzado la cifra récord de 1,4 billones de dólares anuales que ya es mayor que el gasto militar (de lejos el más grande del mundo) y, de mantenerse el rumbo actual, en menos de dos años el pago de intereses absorberá más recursos del presupuesto federal que la propia Seguridad Social.



La presión sobre la Reserva Federal y el riesgo de una espiral inflacionaria


El distanciamiento entre las expectativas de las autoridades y la conducta de los inversores ha abierto un frente de alta tensión entre la Casa Blanca y la Reserva Federal. Donald Trump ha vuelto a lanzar duras críticas contra la institución monetaria y su gobernador, Kevin Warsh, exigiendo recortes inmediatos de los tipos de interés para abaratarle la factura de financiamiento al gobierno federal.


Sin embargo, los analistas concuerdan en que una rebaja prematura de las tasas de política monetaria mientras el déficit fiscal roza el 6% del PIB generaría un efecto profundamente contraproducente. Lejos de calmar las aguas, la monetización o el relajamiento artificial de las condiciones financieras avivarían los temores a un rebrote inflacionario a mediano plazo. En consecuencia, los tenedores de bonos a largo plazo exigirían primas de riesgo aún más elevadas para compensar la pérdida de poder adquisitivo del dólar, empujando los rendimientos a niveles todavía más insostenibles.


Analistas de Bank of America han advertido de forma tajante que, si los intentos de Bessent por estabilizar el mercado de deuda a fuerza de intervenciones técnicas no logran convencer a los inversores institucionales, la siguiente víctima lógica del proceso será el tipo de cambio del dólar, que podría sufrir un severo ajuste a la baja en los mercados globales.


La paradoja de 1.992: ¿puede el mercado hacerle a Bessent lo que él le hizo a la libra esterlina?


Existe un componente de profunda ironía histórica en el dilema que hoy enfrenta el Secretario del Tesoro. Hace poco más de tres décadas, en septiembre de 1992, un joven Scott Bessent formaba parte del equipo de análisis de Quantum Fund, el célebre fondo de cobertura dirigido por George Soros. Durante aquel episodio, inmortalizado como el "Miércoles Negro", el equipo de Soros identificó que la libra esterlina se encontraba artificialmente sobrevaluada dentro del Mecanismo de Tipos de Cambio europeo (ERM). El gobierno británico y el Banco de Inglaterra prometían sostener la paridad de su moneda cueste lo que cueste, elevando las tasas y gastando miles de millones en reservas cambiarias.



Soros, Bessent y su equipo detectaron la fragilidad de la promesa oficial: las variables fundamentales del Reino Unido —alta inflación y debilidad económica— hacían técnicamente imposible defender esa cotización de manera indefinida. El Quantum Fund acumuló una gigantesca posición en contra de la libra esterlina, forzando al Banco de Inglaterra a agotar sus divisas hasta rendirse, devaluar la moneda y abandonar el sistema europeo en una jornada que le reportó a los especuladores más de 1.000 millones de dólares de beneficio.


Treinta y cuatro años después, los roles se han invertido de forma espectacular. Scott Bessent ya no es el astuto analista del hedge fund que ataca las inconsistencias de los bancos centrales; hoy es la autoridad máxima que intenta sostener, mediante ingeniería financiera y maniobras comunicacionales, la valoración de un activo cuyos fundamentos financieros están rotos: la deuda del Tesoro de los Estados Unidos.


La pregunta que recorre hoy las mesas de negociación en Londres, Tokio y Nueva York es si los mercados financieros globales —encabezados por los llamados "vigilantes de los bonos" y los grandes fondos internacionales— terminarán aplicándole al Tesoro estadounidense la misma medicina que Bessent le administró a Gran Bretaña en 1992.


A primera vista, existen diferencias conceptuales de gran magnitud. Estados Unidos emite la moneda de reserva global y su deuda está nominada en su propia divisa, lo que impide una quiebra en términos nominales tradicionales. No obstante, el mecanismo de coerción del mercado en el siglo XXI no requiere una quiebra formal para doblegar a una potencia monetaria. El instrumento del mercado es la huelga de compradores o la venta masiva de títulos en las subastas del Tesoro.


Si los grandes inversores soberanos e institucionales concluyen que la trayectoria de 40 billones de dólares de deuda y $1,4 billones en intereses es matemáticamente insostenible sin una reforma fiscal que ningún partido político en Washington está dispuesto a asumir, el mercado continuará vendiendo bonos estadounidenses. Esto gatillará un bucle de retroalimentación destructivo: el alza de los rendimientos aumentará automáticamente el déficit, lo que obligará al Tesoro a emitir más deuda, empujando las tasas todavía más arriba.



Llegado a ese punto límite, el Tesoro solo tendría dos opciones: aceptar un ajuste fiscal severo con recortes masivos de gasto, o presionar a la Reserva Federal para que inicie un proceso de control de la curva de rendimientos mediante la emisión ilimitada de dólares para comprar su propia deuda. Si Washington opta por esta última vía para evitar el colapso del crédito, los mercados reaccionarán desprendiéndose del dólar estadounidense.


De consolidarse ese escenario, la historia habrá cerrado un ciclo perfecto: el mismo financiero que ayudó a demostrar en 1.992 que la voluntad política de un gobierno no puede doblegar la realidad económica del mercado se encontraría hoy, desde el sillón del Tesoro de los Estados Unidos, presenciando cómo los mercados globales fracturan la hegemonía del dólar y el mercado de bonos norteamericano.

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