La deuda de EE.UU. desborda los US$40 billones y enciende las alarmas
- Acta Diurna

- hace 1 día
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El relato de solidez y vigor económico que la Casa Blanca abandera de forma recurrente ha vuelto a chocar de frente contra la cruda contabilidad del Departamento del Tesoro. La deuda pública bruta de la primera economía del mundo ha superado oficialmente la barrera psicológica de los 40 billones de dólares, situándose en la cifra exacta de 40.047.425.768.420 dólares. Este umbral, sin precedentes en la historia de las finanzas internacionales, evidencia una trayectoria fiscal acelerada que preocupa tanto a los analistas de Wall Street como a los organismos encargados de velar por la sostenibilidad de las arcas públicas.
Far de ser un simple ajuste numérico en los libros contables, el monto alcanzado refleja una acumulación de déficits estructurales que Washington arrastra desde hace años y que, en la coyuntura actual, amenaza con estrangular la capacidad de maniobra de la política fiscal estadounidense. El endeudamiento bruto equivale ya al 124% del Producto Interior Bruto (PIB) de Estados Unidos, una proporción que no se registraba desde los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a diferencia de aquel periodo histórico, en el que la economía experimentó una rápida reconversión industrial y una posterior fase de consolidación, el escenario presente se desarrolla en un entorno caracterizado por elevadas presiones financieras, incertidumbre geopolítica y una rigidez creciente en el gasto federal.
Tensión en los mercados de renta fija y el bono a 30 años
Las consecuencias de esta espiral de endeudamiento no han tardado en trasladarse a los mercados financieros. El rendimiento de los bonos del Tesoro a 30 años se ha disparado hasta alcanzar el 5,3%, la cifra más alta registrada desde 2007, justo antes del estallido de la crisis financiera global. Esta escalada en los tipos exigidos por los inversores internacionales responde al temor a que la Administración no consiga controlar el gasto público ni embridar la inflación a medio plazo.
A las dudas sobre la disciplina fiscal del Gobierno se suma la irrupción de la inteligencia artificial como un actor con fuerte impacto macroeconómico. La urgencia de los gigantes tecnológicos por levantar infraestructuras masivas y centros de datos los ha llevado a acudir masivamente a los mercados crediticios para captar financiación, compitiendo de forma directa con las emisiones de deuda sovereign por el capital disponible.
Para contextualizar el volumen de la deuda bruta estadounidense, resulta útil desglosar su estructura. De los 40 billones de dólares acumulados, la deuda neta en manos de inversores privados y públicos externos asciende a 37,64 billones de dólares, lo que representa el 99% del PIB de la nación. El tramo restante, de unos 7,7 billones de dólares, corresponde a compromisos intragubernamentales entre distintos departamentos y estados de la federación. Si se compara la escala con otras economías avanzadas, la deuda pública española comparable alcanza los 1,5 billones de euros, equivalente al 89% de su PIB, lo que muestra el abismo de magnitud que separa las finanzas de la superpotencia norteamericana.
El agujero presupuestario: exenciones, aranceles y conflictos
El desequilibrio presupuestario en Washington ha empeorado sensiblemente en los últimos meses. Para el presente ejercicio, se estima que el déficit fiscal superará holgadamente los dos billones de dólares, situándose cerca del 6% del PIB. Este deterioro responde a tensiones simultáneas en las partidas de gastos e ingresos.
En el capítulo del gasto, la escalada bélica y las operaciones militares vinculadas al conflicto de Irán han generado desembolsos extraordinarios masivos. En el apartado de los ingresos, las arcas públicas han sufrido un recorte severo provocado por las rebajas fiscales y las exenciones aprobadas bajo la Ley Grande y Hermosa (OBBBA, por sus siglas en inglés), impulsada tras el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca. A esto se le añade la obligación impuesta al Estado de devolver importes sustanciales vinculados a aranceles cobrados previamente, lo que ha diezmado la recaudación fiscal.
A pesar del cruce de acusaciones políticas en el Capitolio, la acumulación de la deuda no es exclusiva de una sola gestión. Durante la presidencia del demócrata Joe Biden, la deuda experimentó un salto notable debido a los ambiciosos programas de estímulo económico y gasto social desplegados para paliar la crisis provocada por la pandemia de covid-19 y contener el posterior repunte inflacionario.
Maya MacGuineas, presidenta del Comité para un Presupuesto Federal Responsable, ha advertido de que la magnitud del problema trasciende con creces lo contable: "Cuarenta billones de dólares de deuda no existen únicamente en los libros del Gobierno; se sienten en toda la economía y acaban repercutiendo en los bolsillos de la gente. Cuanto más nos endeudamos, más exacerbamos la inflación, más dejamos de lado otras prioridades en el presupuesto y más vulnerables nos volvemos ante emergencias internas y turbulencias en el extranjero".

El encarecimiento de la deuda golpea la economía real
Uno de los aspectos que más preocupa a los expertos es el vertiginoso ritmo al que crecen los costes de servicio de la deuda. El pago anual de intereses alcanzará este año la cifra de 1,4 billones de dólares. De mantenerse la trayectoria actual, las proyecciones indican que en apenas dos años la partida destinada únicamente al abono de intereses superará al presupuesto de la Seguridad Social, convirtiéndose en el mayor gasto individual del Gobierno federal.
El incremento de la rentabilidad de la deuda pública acaba trasladándose directamente al crédito privado. El alza de las tasas soberanas sirve de base para que las entidades financieras incrementen las exigencias en los préstamos hipotecarios, los créditos automotrices y el financiamiento de estudios universitarios, mermando la capacidad de consumo de las familias estadounidenses y reduciendo la liquidez general del sistema.
Con el fin de frenar la escalada del coste del crédito, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció una medida de emergencia consistente en duplicar las operaciones de recompra de deuda pública en los mercados secundarios. El objetivo inmediato es aportar fluidez al mercado y rebajar las tensiones sobre los tipos de interés.
Presión sobre la Reserva Federal
La tensión en la renta fija ha reavivado las discrepancias entre el Ejecutivo y el banco central. El presidente Donald Trump ha vuelto a cuestionar públicamente la postura de la Reserva Federal y de su nuevo gobernador, Kevin Warsh, criticando que no se apliquen recortes inmediatos a los tipos de interés oficiales.
En declaraciones tras una reunión con empresarios en la Casa Blanca, el mandatario expresó su malestar sosteniendo que, ante los buenos indicadores de actividad que presenta el país, la institución no debería actuar con cautela por un temor excesivo a la inflación. Según la postura mantenida por el presidente, la solidez económica tendría que ir acompañada de una bajada de los tipos de interés, que tildó de "ridículos".
No obstante, los analistas coinciden en que un relajamiento monetario prematuro en medio de un déficit público desbocado entraña el riesgo de desatar una nueva ola inflacionaria, lo que provocaría que los inversores internacionales exigieran rentabilidades aún más altas para comprar deuda pública a largo plazo.
El horizonte dibujado por la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) confirma la gravedad de la situación. Su director, Phillip Swagel, ha remarcado que la trayectoria fiscal de Estados Unidos no es sostenible a medio ni a largo plazo. Las proyecciones de este organismo independiente apuntan a que la deuda en manos del público pasará del 101% del PIB previsto para finales de este año al 120% en 2036, rebasando con claridad el máximo histórico fijado tras la Segunda Guerra Mundial. Sin reformas estructurales en el horizonte y con compromisos de gasto al alza, las cuentas de la mayor potencia económica del planeta entran en una zona de alta vulnerabilidad.



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