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Cómo exorcizar la barbarie en Colombia

Por: Nerio Luis Mejía



Un conflicto que se ha extendido por más de medio siglo ha dejado miles de muertos, millones de desplazados y profundos traumas psicológicos. Una guerra absurda y fratricida que amenaza a las futuras generaciones, pues nada indica que esta desgracia vaya a terminar pronto. Lo que comenzó como un justo reclamo por la tierra se transformó en luchas que, poco a poco, despertaron ante las injusticias históricas del país, hasta desembocar en los más brutales y salvajes enfrentamientos a lo largo de nuestra geografía nacional.



Es como si una posesión demoníaca hubiera tomado los cuerpos de quienes luchan sin sentido, provocando que se maten entre sí los combatientes de las diferentes estructuras criminales. Desde el Caribe colombiano, donde paramilitares se enfrentan entre ellos, hasta el Catatumbo, Arauca, el Caguán, el Cauca y el Guaviare, donde las autodenominadas guerrillas libran batallas, el panorama es sombrío. Ante este escenario, muchos pensamos que, en vez de nombrar a un alto comisionado que ha fracasado en sus intentos de lograr la paz total, sería mejor dirigir una carta a la Santa Sede del Vaticano para que envíen sacerdotes expertos en exorcismos capaces de conjurar la tragedia que vive Colombia.


No sé si todo obedezca a la casualidad, pero para muchos cristianos el número 666 es el de la bestia, mencionado en el libro del Apocalipsis, también conocido como las revelaciones del apóstol Juan, el discípulo amado de Jesús. Todo parece indicar que el conflicto interno colombiano está marcado por ese demonio invisible, sediento de sangre. El pasado 16 de enero de 2026, en las selvas del Guaviare, quedaron esparcidos 26 cuerpos de combatientes pertenecientes a las disidencias de alias Iván Mordisco. La coincidencia entre la fecha y el número de muertos refuerza la simbología del 666.


La noticia de los 26 cadáveres, todos encontrados con tiros de gracia, desvirtuó la hipótesis de un enfrentamiento entre dos grupos guerrilleros de las mismas ex-FARC. En principio se habló de un envenenamiento por parte de los hombres de alias Calarcá; luego, de una traición interna en las filas de Iván Mordisco, donde un desarme bajo engaño habría dejado a los combatientes indefensos. Más recientemente, nuevas versiones señalan que alias Calarcá habría pagado 500 millones de pesos a alias Korea para que durmiera a sus propios hombres y los entregara a los enemigos, quienes posteriormente los asesinaron a quemarropa.


Se trata de un acto atroz, ruin y canalla, que desborda los principios del derecho internacional y la ética entre combatientes. Asesinar a una persona en estado de indefensión es un crimen de guerra. Resulta vergonzoso y trágico que en el país más bello del mundo ocurran estas situaciones. No parece un acto cotidiano dentro de la guerra; aquí pareciera que Dios ha derramado la copa de la ira para que estos forajidos hayan escogido la forma más vulgar de exterminarse entre sí.



Insisto: en este vergonzoso conflicto que vivimos en Colombia se necesitan menos oficinas que, en nombre de la paz, alimenten la burocracia. Mientras tanto, en lo profundo de las selvas, los combatientes se matan entre sí con las formas más atroces desconocidas por la humanidad. Por ello, es urgente invocar a un experto religioso que nos ayude a exorcizar el conflicto interno en Colombia.

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