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Con Abelardo, más macondiano imposible

Por: Nerio Luis Mejía



Un costeño de pura cepa ha escalado hasta la cúspide del Palacio de Nariño. Pero ojo, que no estamos hablando de un provinciano cualquiera criado a punta de yuca y suero en los fríos de la sabana cachaca; este es un caribeño de pura cepa, de esos que, a fuerza de chequera, influencias y pomposidad, ostenta con total desparpajo las nacionalidades estadounidense e italiana. Eso sí, faltaría más: ni los pasaportes extranjeros ni el linaje adoptivo le restan un ápice a su inconfundible y ampuloso acento monteriano.


El hombre de la eterna gomina ha llegado prometiendo mares y montes en medio de nuestras seculares necesidades. Y cómo no, si considera que su misión divina es poner a bailar a los más de cincuenta millones de colombianos al ritmo que le marque su batuta de refinado aristócrata tropical.



Porque hay que reconocerlo: Abelardo es un varón de gustos exóticos. Su devoción casi mística por la ópera lo distingue a leguas del común de los mortales del Caribe, mientras que su veneración por la cultura norteamericana lo ha elevado a unos niveles de sumisión al "imperialismo" que harían palidecer de envidia al mismísimo Gustavo Petro. En su aristocrática mesa jamás se asomará, ni por mala jugada del destino, un plato de bocachico frito ni mucho menos una popular changua bogotana. Ingerir semejantes viandas de la plebe podría desencadenar una catástrofe digestiva de proporciones épicas, como bien lo ha advertido el propio mandatario. Él prefiere la alta cocina, confirmando que aunque no corra sangre anglosajona por sus venas, sus caprichos respiran el más puro aire de Washington.


Definitivamente: con Abelardo, más macondiano imposible. Al cordobés no se le ocurrió mejor idea que trasladar a Barranquilla —nuestra queridísima Curramba, bautizada con ironía como "el mejor vividero del mundo"— nada menos que una Casa Blanca propia, desde donde piensa gobernar y dictar cátedra a las delegaciones internacionales que osen visitarnos.


Resulta sencillamente delirante que en la mismísima tierra donde el bocachico en cabrito es sagrado, coexista de pared de por medio una imitación de la sede imperial norteamericana. Un contraste alucinante que ningún diplomático gringo o italiano perfumado podrá ignorar cuando deba desfilar cerca del mercado de La Magola y tragar saliva para no sucumbir ante la humareda nauseabunda del caño de la Ahuyama; una fragancia autóctona que chocará de frente contra los efluvios de la refinada perfumería del presidente.


Cualquier despistado que lea estas líneas pensará que se trata de un chiste o de un cuento salido de la pluma de un novelista trasnochado, pero no, señores: esto es la patria boba en su versión más caribeña. A nuestro excéntrico gobernante se le dio por edificar en el Batallón Paraíso la sede alterna de la Presidencia. Y aquí es donde el realismo mágico alcanza su cúspide: la flamante sede imperial es una réplica barata de la estructura estadounidense, con majestuosas columnas e inconfundibles fachadas que imitan el Despacho Oval de Trump. ¿La única e insignificante diferencia? Mientras el edificio original de Washington exhibe finísimas losas de mármol, el palacete de De la Espriella está levantado sobre láminas de drywall.



Para aderezar este sazonado drama macondiano, la obra cuenta con una financiación público-privada que despierta aplausos y suspicacias por igual: los controvertidos hermanos Daes aportaron su generoso grano de arena junto a los dos mil millones de pesos desembolsados sin parpadear por la Gobernación del Atlántico.


Hoy, los costeños no solo nos henchimos de orgullo por tener a un paisano despachando desde las alturas del poder, sino que celebramos entre maracas y tambores que haya traído la Casa Blanca al mismísimo corazón del olvidado, alegre y folclórico Caribe. Pero lo que verdaderamente nos hincha el corazón de gozo es comprobar que Abelardo De la Espriella ha sido el único colombiano capaz de materializar en la vida real la fantasía delirante que antes solo habitaba en el mítico Macondo.

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