Calma en medio de la montaña
- Nerio Luis Mejía

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Por: Nerio Luis Mejía

Pasaban los años y con ellos se escurría la juventud, alimentando el desespero del escritor. Su imaginación era una galería inmensa de recuerdos y vivencias, un álbum cargado de historias que clamaban por salir al mundo. Sin embargo, su universo no parecía ir más allá de cuatro paredes y, de cuando en cuando, un escape al campo donde el alma lograba, al menos, tomar un suspiro.
La angustia crecía. Los meses corrían en una competencia feroz por ver cuál duraba menos, mientras la esperanza de hallar un empleo para el sustento familiar se desdibujaba hasta parecer un imposible.
Por las noches se sentaba en su hamaca. Tras balancearse largos minutos sobre la lona, con los pies descalzos rozando el suelo frío de aquel rancho de tablas, sentía que la madera no solo encerraba su cuerpo solitario, sino que albergaba a la mismísima angustia hecha persona. Se levantaba entonces con paso lento y dirigía su mirada adormilada al firmamento, que lo observaba en completo silencio. Arriba, las estrellas titilaban en su lucha constante contra el universo oscuro, reflejando la mente de aquel hombre: una sombra en medio de la nada, aferrada a los recuerdos como única tabla de salvación en un océano de desaciertos donde había naufragado. Tal vez su mirada al cielo no buscaba respuestas, sino un soplo de calma en medio de la tormenta que le sacudía el alma.
Buscaba desconectarse de un mundo donde lo material dicta las reglas y marca el destino de una muchedumbre de seres, víctimas y victimarios de un sistema aceptado como la única forma de existir.
Al amanecer, los primeros rayos de sol golpeaban las colinas vecinas a su vivienda rustica. Con la luz no solo llegaban los afanes de la mañana, también se esfumaba la paz de quien sufría la austeridad de sus propios principios. Haber decidido vivir respetando sus valores parecía ser, paradójicamente, la fosa de su propia desgracia en una sociedad que mide el éxito únicamente por el peso del dinero, un océano infestado de criaturas donde los seres humanos se devoran entre sí.
Se sentaba por horas a descifrar la causa de su infortunio. Revisaba cada memoria con minuciosidad, como quien despliega un viejo manuscrito sobre las piernas para corregir los errores de un pasado que no perdona y un presente que hiere con desesperación.
En silencio, preparó un pocillo de café. Esta vez observó con paciencia a su alrededor: los árboles que albergaban a las aves mansas se mecían ahora al ritmo de una brisa suave, tras haber resistido los vientos fuertes que anunciaban cambio de tiempo. Entendió entonces la lección de la tierra: aun en los azares de la vida, es preciso buscar la calma en medio del vendaval, pues nada en este mundo —ni siquiera el sufrimiento— dura para siempre.
Con esa certeza en el pecho, volvió a su viejo asiento y comenzó a teclear en el computador, como quien busca en cada letra la llave para abrir una puerta y salir, al fin, de aquel infierno en el paraíso.



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