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Autismo en la adultez: la condición que muchos descubren muy tarde



Durante décadas, el imaginario colectivo ha reducido el autismo a una condición casi exclusiva de la infancia. Las imágenes que solían poblar los medios mostraban a niños pequeños con dificultades severas de comunicación, lo que dejó en la sombra a millones de adultos que hoy viven en todo el mundo sin saber que su cerebro procesa la realidad de una manera distinta. No obstante, la ciencia y la práctica clínica están sacando a la luz una realidad innegable: el autismo en la adultez no solo existe, sino que es una experiencia diversa que sigue profundamente infradiagnosticada debido a los sesgos del pasado.



El trastorno del espectro autista (TEA) es, en esencia, una condición del neurodesarrollo que influye en la comunicación social, la flexibilidad cognitiva y el procesamiento de los sentidos. La palabra "espectro" es clave en esta definición, ya que no existe una única forma de ser autista; los perfiles varían desde personas que requieren apoyos constantes hasta individuos plenamente autónomos que navegan la vida cotidiana con aparente normalidad. El vacío diagnóstico en adultos actuales se debe, en gran medida, a que crecieron en una época donde el autismo se reservaba para casos de discapacidad intelectual evidente, excluyendo sistemáticamente a las mujeres y a quienes lograban desarrollar estrategias de adaptación.


Esta falta de detección temprana ha obligado a muchos adultos a sobrevivir mediante el "masking" o camuflaje social. Este fenómeno consiste en un esfuerzo consciente y agotador por imitar comportamientos neurotípicos para encajar en círculos laborales o sociales. Aunque este mecanismo permite la integración, conlleva un coste psicológico devastador: la aparición de ansiedad crónica, depresión o el denominado "burnout autista". Es por esto que muchos adultos llegan al diagnóstico de TEA solo después de haber pasado años siendo tratados, sin éxito total, por problemas de salud mental que en realidad eran síntomas de una incomprensión de su propia naturaleza neurológica.


En el día a día, el autismo adulto se manifiesta a través de una sensibilidad sensorial particular y una forma distinta de interpretar la interacción humana. Situaciones cotidianas como el ruido de una oficina, las luces fluorescentes o las multitudes pueden resultar físicamente abrumadoras. A nivel social, esto se traduce a menudo en una sensación persistente de "no encajar", dificultades para leer entre líneas o un agotamiento extremo tras una jornada de socialización. No se trata de una falta de interés por el prójimo, sino de un sistema operativo mental que prioriza la honestidad, la lógica y la comunicación directa por encima de las normas sociales implícitas.


Recibir un diagnóstico en la madurez suele ser un proceso catártico. Mientras que para algunos representa un duelo por los años de incomprensión sufridos, para la mayoría es un alivio liberador que les permite, por primera vez, entender su historia vital. Internet y la divulgación científica han sido motores fundamentales en este cambio, permitiendo que las personas reconozcan sus propios rasgos al leer testimonios ajenos. Ya no se busca una cura, porque el autismo no es una enfermedad, sino una identidad neurológica que también aporta fortalezas notables, como una alta capacidad de concentración, un pensamiento analítico excepcional y una lealtad inquebrantable a sus intereses profundos.



El desafío actual reside en transformar nuestra sociedad para que deje de ser hostil hacia la diferencia. La invisibilidad del autismo adulto solo se combate con conocimiento y con la creación de entornos accesibles, donde la flexibilidad laboral y la comunicación clara sean la norma y no la excepción. Al final del día, el reto no es lograr que la persona autista se comporte como los demás, sino evolucionar como sistema para preguntar, con empatía real, qué apoyos necesita cada individuo para prosperar y vivir con dignidad.

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