¿Venezuela libre? reflexiones tras la captura de Nicolás Maduro
- Acta Diurna

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Por: John Gelvis Vargas

La pregunta sobre si Venezuela quedó realmente libre tras la salida de Nicolás Maduro y su esposa continúa abierta. Si bien su captura marcó un hecho político y simbólico de enorme impacto, el régimen chavista no desapareció con ese acontecimiento. De hecho, la posesión de Deisy Rodríguez como presidenta interina, con el anuncio de elecciones en un plazo de tres meses, evidencia que las estructuras de poder del chavismo permanecen activas y operantes.
A nivel internacional, el operativo que condujo a la captura de Maduro provocó una fuerte reacción, especialmente entre sectores de la izquierda latinoamericana y europea. Se trató de una operación sin precedentes en la historia reciente de Estados Unidos: un despliegue militar de gran magnitud, con presencia naval en el Caribe desde septiembre de 2025 y la participación de más de 150 aviones y helicópteros. El carácter espectacular del procedimiento, propio de una superproducción cinematográfica, no dejó bajas estadounidenses, lo que reforzó su impacto mediático. No resulta exagerado pensar que, en pocos años, el episodio será llevado al cine, presentado por algunos como una captura legítima y por otros como un secuestro internacional.
Este escenario reavivó el debate sobre la coherencia de la izquierda mundial, que durante los años de Maduro en el poder guardó silencio o fue complaciente frente a denuncias de fraude electoral, persecución y asesinato de opositores, secuestros y el cierre de más de 400 medios de comunicación. Todo ello ocurrió a lo largo de los últimos 26 años de historia del chavismo, sin que se produjera una condena contundente y sostenida desde esos mismos sectores que hoy cuestionan la intervención extranjera.
La discusión sobre la “liberación” de Venezuela también se cruza con intereses geopolíticos y económicos. Declaraciones del entonces presidente Donald Trump dejaron claro que el objetivo estratégico de Estados Unidos era ejercer influencia directa en el país, particularmente sobre el sector petrolero. Esto abrió un intenso debate entre venezolanos y actores internacionales, especialmente de izquierda, que cuestionaron la presencia histórica de potencias como China y Rusia en Venezuela. Sin embargo, la relación de Estados Unidos con la industria petrolera venezolana se remonta a inicios del siglo XX, cuando se consolidó una cooperación que generó importantes regalías y fortaleció la economía nacional, hasta la creación de PDVSA en 1975 tras décadas de colaboración técnica y científica. En contraste, los vínculos con Rusia y China se han basado principalmente en préstamos, compra de bienes y pago de deudas mediante petróleo, una dinámica propia de la lógica geopolítica del comercio internacional.
Finalmente, la diáspora venezolana, dispersa por todo el mundo, observa los acontecimientos con una mezcla de esperanza y frustración. Muchos esperan que potencias extranjeras continúen interviniendo, que se capture a otros altos dirigentes del chavismo y que actores externos “recuperen” el país por ellos. Sin embargo, esa expectativa puede convertirse en una peligrosa ilusión. Delegar el destino nacional en fuerzas externas, limitar la acción política a redes sociales o manifestaciones simbólicas en el extranjero, y esperar un salvador externo, puede derivar en una crónica de una democracia que nunca se reconstruye. Sin organización, participación y responsabilidad interna, la posibilidad de que el socialismo del siglo XXI se prolongue indefinidamente sigue latente, y la verdadera liberación de Venezuela continuará siendo una promesa inconclusa.







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