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Entre diplomas y saberes

Por: Nerio Luis Mejía



En Colombia las diferencias sociales se hacen visibles en el contraste entre quienes logran colgar un diploma universitario y quienes, sin haber pasado por la academia, se formaron como verdaderos maestros mediante la experiencia y la experimentación. Me refiero a los pueblos ancestrales y a las comunidades campesinas, que a través de un método empírico —probado entre fracasos y logros— han construido saberes que aún prevalecen y sostienen la vida en la actualidad.



Ese contraste ha escalado hasta el escenario político. Durante casi dos siglos hemos sido gobernados bajo la idea de que “los más capaces” son quienes tienen títulos profesionales. Sin embargo, seguimos arrastrando las mismas necesidades y problemas. Se nos ha vendido la ilusión de que ellos poseen la razón absoluta, incluso cuando se equivocan una y otra vez, porque se consideran los únicos dueños de la nación. En cambio, cuando alguien sin títulos ocupa un cargo de decisión, cualquier error se convierte en motivo de burla: “¿Qué esperabas de este analfabeta?”.


Soy testigo de líderes y lideresas que, sin saber leer ni escribir, entregan su vida por el desarrollo de sus comunidades, sin interés personal ni monetario. Contrario a ello, muchos profesionales distinguidos saquean los recursos del Estado, construyen fortunas y perpetúan el dolor de millones de pobres. ¿Acaso no han sido gobiernos dirigidos por profesionales los que han permitido la muerte de niños por hambre y la falta de atención en salud? No es incapacidad, es codicia.


Hoy nos critican y ofenden cuando exigimos que nuestros conocimientos —transformados en saberes— sean reconocidos como aporte para superar los problemas del país. Por eso afirmo que no existe expresión más pura y sincera que la que nace en el campo: sonidos, colores, gestos y sabores que no necesitan títulos ni diplomas, porque son el sentimiento desnudo que se ofrece en un mundo marcado por apariencias.


Aquí, en el campo, todo está en sintonía con la intimidad del espíritu. La naturaleza domina el ambiente y nos recuerda que somos parte de ella: pájaros de mil colores, aguas cristalinas que reflejan el alma, la paciencia que se cocina en el fuego lento de los sentimientos. Los saberes campesinos no solo se leen ni se escriben: se viven en cada mirada, en cada gesto, en cada canción que acompaña la jornada.


Escribo desde el murmullo de la quebrada, frente a un lienzo verde que limita mi vista con el espesor de los árboles. Aquí las letras se esculpen con recuerdos, con el vuelo de colibríes, con la brisa de mariposas y el perfume de flores silvestres. El conocimiento campesino no solo enseña: también cura las heridas de la vida, es bálsamo de libertad y refugio del alma.



Cuando quieras escapar de las penas, busca el consejo de la mujer campesina o del viejo que detiene su azadón para regalarte lo mejor de sí: su tiempo y su sabiduría. Porque aquí la vida no pasa: permanece suspendida como una gran biblioteca donde se guardan los remedios para los males del espíritu.


Entre diplomas y saberes se abre un abismo que no mide títulos, sino verdades. Los diplomas cuelgan en paredes frías, los saberes germinan en la tierra caliente. Los primeros se desgastan con el tiempo, los segundos florecen en cada cosecha. Allí donde la academia presume de fórmulas, el campo responde con paciencia y canto. Y es en esa diferencia donde Colombia encuentra su raíz: en la voz humilde que no necesita papel para ser eterna.

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