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Plumas, políticos y el peligro de volar alto

Por: Nerio Luis Mejía



En medio de la obligada paz que imponen los paisajes del campo, me llamó poderosamente la atención la ingenuidad de un vecino de granja. Mientras caminábamos entre los cultivos, observando cómo las aves surcaban el cielo con maestría y algunas viajaban en bandadas, mi acompañante suspiró con devoción: "Qué maravilloso sería que pudiéramos volar como los pájaros; creo que resolveríamos gran parte de nuestros problemas".


Disentí en silencio. Es verdad que, dentro del reino animal, las aves son las que más le han robado la atención —y la envidia— al ser humano. Sin embargo, doy gracias a las leyes de la biología y de la física por no habernos permitido cumplir el sueño de desafiar las alturas usando únicamente nuestro cuerpo.



Ya la mitología nos lo advertía desde la antigüedad con la leyenda de Ícaro, aquel hombre que pretendió encontrar la libertad escapando de su prisión con alas de cera y plumas de gaviota, solo para terminar estrellándose contra el océano cuando el sol derritió su ilusión. Hoy, el hombre moderno, armado de ciencia y tecnología, ha conquistado el espacio con máquinas sofisticadas que desafían la gravedad, permitiéndole pisar la Luna y explorar el vacío profundo. Pero la verdadera turbulencia mental surge cuando esa tecnología aterriza de golpe en la realidad de Colombia.


¿Se imagina el lector a un Iván Mordisco, a un Chiquito Malo, a un Calarcá o a un Pablito con alas reales? Dios nos libre. ¿O qué tal a nuestros políticos? Esos que ya son unas auténticas águilas para saquear los recursos de la nación, pero que, por fortuna, por mucho que se esfuercen en su maldad, jamás podrán igualar la gracia de un ave. La física nos protege de que la corrupción nos llueva literalmente del cielo.


Por otra parte, los pájaros poseen una virtud envidiable: parecen desafiar la vejez y las enfermedades. Rara vez se ve un ave anciana o un cadáver plumoso en el bosque; la naturaleza, en su infinita sabiduría, suele retirar de escena a los débiles antes de que den lástima, una dignidad de la que carecemos los humanos.


Qué peligro seríamos nosotros con esas virtudes, luciendo plumajes de mil colores y dueños de un canto soberbio. Un talento natural, además, que no necesita aprenderse en relucientes escenarios ni bajo los regaños y la mirada de desprecio de Amparo Grisales en algún concurso de televisión.



Lamentablemente, en Colombia ya existen demasiados "pájaros" que no necesitan volar para ser más sagaces que los halcones peregrinos. Son aves de rapiña instaladas en concejos, alcaldías, gobernaciones, en el Congreso y hasta en la Presidencia, expertas en rapar lo ajeno. Por fortuna, o al menos eso se vendió en campaña, los colombianos eligieron a un "tigre" como presidente; un felino que prometió cazar a esos carroñeros que se alimentan de la corrupción y la violencia.


Solo nos queda rezar para que a nuestro felino presidente no le dé por aprender los mañas de los "pájaros" de los que se ha rodeado. Porque si el tigre empieza a volar, se nos habrán esfumado las ganas de contar con alguien que tenga los pies en la tierra, obligándonos a aterrizar de golpe en nuestra terca realidad y curándonos, por las malas, el viejo hábito de querer volar.

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