Norte de Santander: la tierra donde se silencia la verdad
- Nerio Luis Mejía

- hace 23 horas
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Por: Nerio Luis Mejía

El departamento de Norte de Santander se ha convertido en una tierra de nadie, donde la corrupción y el crimen han sellado un matrimonio oscuro, celoso y violento. Un territorio castigado que vuelve a estar en el reflector nacional tras el abominable asesinato del periodista Cristian Herrera, una voz que se atrevió a denunciar y que hoy ha sido silenciada.
No es un hecho aislado. En el año 2020 fue asesinado Jorge Solano Vega, líder defensor de derechos humanos y voz crítica en Ocaña. A pesar de las reiteradas denuncias que había presentado, nunca se establecieron los responsables intelectuales de su crimen. Luego, el 14 de abril de 2024, cayó el periodista y veedor ciudadano Jaime Vásquez, otro referente incómodo para los corruptos. Tanto Solano Vega como Vásquez compartieron un patrón común: la justicia nunca logró identificar a quienes ordenaron sus muertes.
Tres asesinatos, tres vacíos irreparables, tres estelas de dolor que se extienden entre familiares, amigos y comunidades. Tres crímenes que revelan una constante: la incompetencia de una justicia ciega y muda, que parece entrar en pánico cuando se trata de investigar a los verdaderos cerebros detrás de estas muertes.
Hoy, Cristian Herrera se suma a esa lista de mártires de la palabra. Su asesinato es la confirmación de que en Norte de Santander las manos criminales se mueven con impunidad, imponiendo el miedo como destino. La sociedad se enfrenta a una disyuntiva: aceptar el crimen como designio o exigir justicia para que quienes ordenan las muertes de periodistas y defensores de derechos humanos respondan por sus actos.
No es con el exilio como se enfrenta a quienes amenazan la libertad de expresión. Es con garantías reales que se le exige al Estado colombiano, para que este derecho sea la ventana por donde se asome la verdad que tanto temen los poderosos. Silenciar micrófonos es la pretensión de corruptos y violentos que se abrazan en una danza homicida. Pero matar periodistas es el peor error: ellos representan la palabra, y su voz es resistencia misma.
Los micrófonos apagados se convierten en alarma que despierta a una sociedad cansada de una justicia arrodillada. Una sociedad que exige que los responsables sean llevados tras las rejas.
Norte de Santander llora a Cristian Herrera. Su ausencia deja un vacío inmenso, pero su memoria se convierte en símbolo de valentía y en invitación a la denuncia. Sus palabras quedarán esculpidas en el muro de la verdad. Silenciaron su voz en la tierra, pero desde el cielo seguirá recordándonos que su lucha por la justicia no fue en vano.
En esta tierra, donde reclamar es un riesgo, la justicia no solo sucumbe ante la violencia: parece revolcarse en la podredumbre de la corrupción. Y mientras no se rompa ese pacto de impunidad, cada nuevo crimen será un espejo que nos devuelve la imagen de un país que aún no aprende a proteger a quienes defienden la verdad.



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