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"El Estado somos todos": 500 años de ingeniería social y dominación

Por: Juan C. Pérez



¿Cuántas veces hemos escuchado la frase "el Estado somos todos"? Se repite como un mantra indiscutible en discursos políticos, campañas tributarias y debates públicos. Suena moral, suena inclusivo, suena solidario. Sin embargo, ¿resiste un análisis lógico elemental?


Si el Estado realmente fuésemos todos, no tendría sentido que tuviésemos que financiarlo obligatoriamente para que nos asista. Sería el equivalente a pagarnos a nosotros mismos para que nosotros mismos respondamos en nuestro propio lugar. La cruda realidad lógica es otra: el Estado es el aparato de poder que tiene la capacidad de obligarte a pagar, y lo que los gobernantes quieren decir en el fondo no es que "el Estado somos todos", sino que todos pertenecemos al Estado.



El origen: La herencia de Maquiavelo (1513)


El concepto de "Estado" con su significado político actual no nació de la organización espontánea de la comunidad. Fue acuñado por primera vez por Nicolás Maquiavelo en 1513 en su célebre obra El Príncipe. Al abrir su primer capítulo, Maquiavelo escribe: "Todos los Estados, todos los dominios que han tenido y tienen soberanía sobre los hombres, han sido y son o repúblicas o principados".


Maquiavelo no inventó la palabra, sino que tomó el término italiano stati (que significaba "situación" o "condición") para describir algo muy concreto: un aparato de poder capaz de mantener en el tiempo un estado de control y dominio sobre un territorio y sus gentes.


Antes de Maquiavelo, el poder era inestable y dependía de redes de lealtad personales hacia un rey o señor feudal. Si el rey moría o perdía sus pactos de vasallaje, el poder se desvanecía. Con la conceptualización del Estado, aparece una estructura institucional abstracta que sobrevive al gobernante de turno. Quien ocupa el trono hereda de forma automática todo lo acumulado por la estructura: obediencia, miedo, leyes, impuestos y legitimidad. El objetivo ya no es solo conquistar, sino mantener la dominación de unos pocos sobre la mayoría.


La trampa jurídica de la soberanía: Bodin y el mito de la espada


Si la fuerza bruta es cara, inestable y genera resistencia, el Estado necesitaba un relato legitimador para que la población aceptara la obediencia como algo natural. Esa respuesta llegó en 1576 con Jean Bodin y su obra Los seis libros de la República, donde dio forma al concepto de Soberanía.


Bodin definió la soberanía como un poder supremo, absoluto, perpetuo e indivisible que no está sometido a las leyes porque es la fuente misma del derecho. Para justificar este poder absoluto, se construyó una narrativa pedagógica muy similar a los mitos artúricos de la espada en la piedra:


  • El depósito original: Se dice que el poder (la espada) reside originalmente en el pueblo.


  • La cesión irrevocable: Como el pueblo no puede usar ese poder directamente, debe transferirlo al soberano (el "elegido" que logra extraer la espada).


  • La pérdida de control: Una vez entregado el poder al soberano, el pueblo pierde todo derecho y control sobre él. Queda como el titular simbólico de la soberanía, pero no como su usuario real.



Westfalia (1648): El nacimiento de las "jaulas territoriales"


El 24 de octubre de 1648, con la firma del Tratado de Westfalia, los monarcas europeos crearon el sistema de Estados-nación soberanos que rige el mundo actual. Este hito histórico no solo puso fin a guerras religiosas, sino que consolidó el control absoluto sobre la población por nacimiento.


Antes de Westfalia, no existían las fronteras rígidas. Tras la peste negra del siglo XIV, la población escaseaba y muchos huían de los feudos para fundar "ciudades libres" comerciales y autónomas. Para frenar esta fuga de siervos e impuestos, los monarcas delimitaron el mapa con líneas infranqueables.


A partir de ese momento, la identidad de una persona pasó a depender exclusivamente de su lugar de nacimiento, quedando atada de por vida a las obligaciones y leyes de ese Estado. Se eliminó la competencia jurídica (los tribunales eclesiásticos, gremiales o feudales entre los que los ciudadanos podían elegir) y el Estado se reservó el monopolio de la violencia y de la ley.


Democracia frente a "Estado Democrático": El engaño perfecto


Para entender la trampa moderna, es vital distinguir entre la "democracia" como sustantivo y el adjetivo "democrático" aplicado al Estado:


La Democracia (sustantivo): Es una forma de sociedad basada en la asociación voluntaria de individuos libres e iguales. No existe una soberanía o poder extraordinario absoluto que unos pocos ejerzan sobre todos; las personas pueden crear tribunales, policías, escuelas o cooperativas de forma voluntaria, y revocar a sus representantes en cualquier momento si dejan de estar de acuerdo.


El Estado Democrático (adjetivo): Es, ante todo, un Estado —es decir, una estructura que ostenta el monopolio de la violencia y de la coacción sistemática dentro de un territorio—. El adjetivo "democrático" simplemente significa que la población puede elegir, mediante las reglas que el propio Estado dicta, qué grupo de personas o partido político se pondrá temporalmente a la cabeza de ese aparato de dominación.



El paso del Estado absolutista al Estado democrático representa el perfeccionamiento de la ingeniería social de dominación. En el absolutismo, el rey decía: "Obedéceme porque Dios habla a través de mí". Si el rey te oprimía, el tirano era visible y podías señalarlo.


Con el Estado democrático moderno, el relato cambia a: "Obedéceme porque tú hablas a través de mí". Al diluir la figura del opresor en el concepto de "voluntad general", se genera el cierre perfecto de la trampa. Si el Estado te quita la mitad de lo que produces, te vigila, te endeuda o te sanciona, te dicen que te lo estás haciendo tú mismo. La genialidad de esta estructura es haber transformado la obediencia en tu propia identidad. El Estado ya no te dice "obedéceme"; ahora te dice algo mucho más inquietante: "Soy tú".

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