Los centros de datos consumen más electricidad que la mayoría de los países
- Acta Diurna

- hace 12 horas
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Detrás de cada consulta instantánea en línea, de cada imagen generada artificialmente por un algoritmo de moda y de los billones de datos que sostienen nuestra cotidianidad conectada, se esconde una infraestructura física de dimensiones y apetito colosales. Un alarmante informe del Instituto de las Naciones Unidas para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud ha encendido las alertas globales al revelar que los centros de datos ya consumen más electricidad que casi todos los países del mundo, con la sola excepción de las diez mayores economías energéticas.
De acuerdo con las estimaciones presentadas por el organismo, el entramado global de almacenamiento y procesamiento informático devoró un total de 448 teravatios-hora (TWh) de electricidad en su último registro anual. De haber sido un país, la infraestructura digital se habría consolidado como el undécimo mayor consumidor eléctrico del planeta, superando de inmediato a potencias industriales y petroleras de la talla de Arabia Saudita y posicionándose pisándole los talones a Francia.
La paradoja de la eficiencia digital
La vertiginosa expansión de estos complejos arquitectónicos no muestra indicios de desaceleración; al contrario, experimenta un crecimiento exponencial impulsado de forma directa por la llamada Inteligencia Artificial (IA) generativa. Los modelos de lenguaje masivos y los sistemas de aprendizaje profundo demandan capacidades de cálculo colosales, muy por encima de las tradicionales búsquedas web o el alojamiento básico de páginas de internet.
El informe de la ONU anticipa que la demanda eléctrica global de estos centros se duplicará con creces para el año 2030, alcanzando la astronómica cifra de 945 TWh, lo que representaría cerca del 3% del consumo eléctrico mundial total en esa fecha.
Aquí aparece una paradoja conocida en el sector, pero invisible para el usuario común: cuanto más accesibles y eficientes se vuelven las herramientas, más se dispara su uso, empeorando el balance ecológico neto. "Mucha gente piensa que la huella ambiental de la IA se reduce a medida que la tecnología mejora y los procesos se vuelven más eficientes. Pero esa es solo una visión parcial del problema general", advirtió el profesor Kaveh Madani, coautor del documento y galardonado con el Premio del Agua de Estocolmo.
Alerta por el agua y el CO₂
Este incremento sitúa a las grandes corporaciones ante un severo dilema sostenible. Las proyecciones apuntan a que, para el final de la década, las tareas exclusivas de la inteligencia artificial absorberán el 40% de toda la energía consumida por las infraestructuras de datos globales.
Paralelamente, el impacto en la atmósfera es abrumador. Las emisiones derivadas de este consumo eléctrico se cuantificaron en 189 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente (CO₂e), un volumen equiparable a la contaminación de países industriales enteros como el Reino Unido. Si las tendencias actuales continúan de manera inalterada, la huella de carbono escalará hasta los 300 millones de toneladas hacia mediados de la próxima década.
El consumo hídrico representa la otra gran crisis silenciosa de la nube. Los sistemas de refrigeración indispensables para evitar el sobrecalentamiento de los procesadores de alto rendimiento —como las codiciadas GPU— devoran cantidades masivas de agua dulce. Las proyecciones del organismo internacional señalan que la industria avanzará hacia un gasto de 9,3 billones de litros de agua anuales para el 2030.
El desafío geográfico agrava la situación. La distribución de los centros de datos es asimétrica y tiende a hiperconcentrarse en regiones específicas dentro de unos pocos países, lo que genera una presión insostenible sobre las redes eléctricas locales y los acuíferos regionales. La encrucijada actual obliga a los gigantes tecnológicos a replantear con urgencia sus compromisos de emisiones netas cero, enfrentando la cruda realidad de que la revolución inmaterial de la IA está requiriendo recursos físicos a un ritmo que el planeta difícilmente puede sostener.



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