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El costo oculto de la inteligencia artificial, una pesadilla ecológica



Para 2030, la infraestructura que sostiene a la IA devorará tanta agua como 1.300 millones de personas y triplicará el consumo eléctrico de naciones enteras. Un informe de la Universidad de la ONU destapa la insostenible huella material de la revolución tecnológica.


Detrás de cada sofisticada línea de código, de cada imagen sintética hiperrealista y de cada respuesta instantánea de un chatbot, opera un engranaje físico de dimensiones colosales que está empujando al planeta hacia sus límites hídricos y energéticos. Un exhaustivo informe publicado por el Instituto de la Universidad de la ONU para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud (UNU-INWEH) ha lanzado una seria advertencia: si la expansión de la inteligencia artificial (IA) continúa su curso actual sin una regulación sostenible, para el año 2030 se habrá convertido en una auténtica catástrofe medioambiental, cuyos costes recaerán de manera desproporcionada sobre las naciones más vulnerables del planeta.



El estudio, titulado "Coste ambiental del uso energético de la IA: huellas de carbono, agua y suelo", rompe con la narrativa tradicional de la industria tecnológica. Hasta la fecha, los debates sobre la sostenibilidad digital se habían centrado casi de forma exclusiva en la huella de carbono y las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, los investigadores de la ONU demuestran que este enfoque es críticamente insuficiente e ignora el impacto tridimensional de la computación avanzada sobre los recursos más básicos de la Tierra.


La ilusión del "Bajo en Carbono"


El profesor Kaveh Madani, director del UNU-INWEH y líder de la investigación, subraya que las huellas de carbono, agua y suelo no avanzan de manera paralela. Las soluciones mágicas de la industria a menudo solo trasladan el problema de un recurso a otro. Por ejemplo, la transición del carbón a la bioenergía permite reducir la huella de carbono en un notable 70%, pero el coste oculto es astronómico: multiplica la huella hídrica por treinta y la ocupación del suelo por cien. «"Bajo en carbono" no es sinónimo de "bajo en agua" ni de "bajo en territorio"», aclara el experto.


Para calibrar la escala del problema, los centros de datos globales ya consumieron en 2025 unos 448 teravatios-hora de electricidad. Si esta red de infraestructura digital fuese una nación soberana, ocuparía el undécimo lugar entre los mayores consumidores eléctricos del mundo, superando a potencias energéticas como Arabia Saudí y pisándole los talones a Francia. Las proyecciones hacia el final de la década son aún más alarmantes.


La radiografía del consumo para 2030


Las proyecciones del informe dibujan un panorama insostenible a mediano plazo, evidenciando que el ritmo de crecimiento de la IA excede cualquier ganancia de eficiencia técnica:


  • Consumo Eléctrico: Alcanzará los 945 TWh, lo que equivale a triplicar el gasto anual conjunto de Pakistán, Bangladés y Nigeria (países que suman más de 650 millones de personas).


  • Huella Hídrica: Su volumen equiparará por completo a las necesidades básicas de agua de toda la población de África subsahariana (1.300 millones de personas).


  • Ocupación de Suelo: Superará los 14.500 kilómetros cuadrados, una extensión que dobla la superficie del área metropolitana de Yakarta.


  • Residuos Electrónicos: Se proyectan hasta 2,5 millones de toneladas métricas de chatarra tecnológica al año, procesadas mayoritariamente en economías de bajos ingresos con escasas salvaguardas ambientales.



El motor del gasto: las consultas cotidianas


A diferencia de la percepción pública de que el mayor gasto ocurre durante el entrenamiento de los grandes modelos de lenguaje (como los modelos GPT), la ONU revela que este proceso está obsoleto como métrica de alarma. Una vez que la tecnología se despliega y se pone a disposición del público, la fase de "inferencia" —es decir, el procesamiento diario de las consultas de los usuarios— representa entre el 80% y el 90% del consumo energético total.


Tomando como ejemplo a ChatGPT, la plataforma procesa aproximadamente 2.500 millones de consultas al día. Esto se traduce en un consumo de 383 gigavatios-hora al año. Compensar la huella de carbono generada únicamente por esta plataforma requeriría plantar y mantener 2,6 millones de plántulas de árboles durante una década, ocupando una superficie equivalente a la isla de Manhattan. Su consumo de agua equipara el gasto vital anual de medio millón de habitantes de África subsahariana.


El informe detalla que el tipo de interacción modifica drásticamente el impacto. Una conversación casual con un chatbot consume 200 veces más energía que una búsqueda tradicional con clasificación de texto. Si el usuario solicita generar una imagen, el consumo se multiplica por 1.450. En el caso de los vídeos cortos sintéticos, la demanda energética para crear una sola pieza equivale a procesar 200.000 correos de spam.


Por qué la eficiencia no nos salvará


Una de las conclusiones más lúcidas del UNU-INWEH apunta al fracaso de las soluciones puramente tecnológicas basadas en la optimización. Los tecnólogos suelen argumentar que los nuevos procesadores y algoritmos son cada vez más eficientes. Sin embargo, el informe invoca la paradoja de Jevons o "efecto rebote": a medida que un recurso se vuelve más eficiente y barato de producir, su demanda y su uso se disparan exponencialmente, anulando cualquier tipo de ahorro.


"La gente piensa que la huella ambiental de la IA se reduce a medida que mejora la tecnología. Pero una IA más eficiente y asequible significa más consumo de IA, lo que hace que la huella total sea mucho mayor de lo que ahorramos con las ganancias de eficiencia" — Profesor Kaveh Madani.



Beneficios concentrados, daños externalizados


La investigación hace especial énfasis en que nos encontramos ante una severa crisis de justicia ambiental y desigualdad geopolítica. La capacidad de procesamiento no está distribuida de forma democrática: solo 32 países albergan centros de datos especializados en inteligencia artificial, y el 90% de toda la capacidad global se concentra en apenas dos naciones. En contraste, más de 150 países carecen por completo de soberanía computacional sobre esta tecnología.


Sin embargo, los costes locales ya se están sintiendo con fuerza. En Irlanda, la voracidad de los centros de datos representó el 21% de toda la electricidad medida del país en 2023, superando el consumo total de todos los hogares urbanos combinados, lo que obligó al operador de la red a congelar nuevas licencias en Dublín hasta 2028. Mientras tanto, en Querétaro (México), la proliferación de estas infraestructuras agrava una situación de sequía prolongada, drenando suministros de agua esenciales para la población local. Un escenario similar se vivió en Uruguay, donde se planificó un centro de datos de alta demanda hídrica justo cuando la capital, Montevideo, se quedaba sin reservas de agua dulce.


Gobernar el futuro tecnológico


El rector de la Universidad de la ONU, el profesor Tshilidzi Marwala, ha dejado claro que la solución ya no se encuentra en manos de los ingenieros, sino de los estadistas: «Que la IA avance la prosperidad y el bienestar humanos de manera equitativa es ahora una cuestión de gobernanza, no técnica. El sistema global que está construyendo la inteligencia artificial también debe gobernarla de manera sostenible y justa».


Para evitar un colapso de recursos, el informe propone un decálogo de acción urgente basado en seis principios esenciales: transparencia, eficiencia por diseño, equidad, responsabilidad del ciclo de vida, cooperación global y sostenibilidad. Entre las medidas recomendadas destacan de forma prioritaria:


  • Planificación integral de los Gobiernos: Integrar por ley la infraestructura digital dentro de la planificación nacional de recursos hídricos, energéticos y de ordenamiento territorial.


  • Responsabilidad en el diseño de la industria: Las corporaciones deben tratar la selección de los modelos de IA y la naturaleza de sus respuestas (texto en lugar de imagen o vídeo) como decisiones de alto impacto ambiental.


  • Consciencia en los usuarios: Adoptar de manera cotidiana el modelo más ligero y el formato de menor consumo de energía que sea capaz de cumplir con la tarea solicitada.



  • Inversión responsable: Los fondos globales de inversión deben empezar a computar las huellas hídricas y de suelo de la IA como riesgos financieros y materiales en sus carteras de inversión.


La ventana de oportunidad para encauzar la revolución tecnológica más acelerada de la historia humana dentro de los límites físicos y ecológicos del planeta se está cerrando. La inteligencia artificial promete solucionar muchos de los grandes desafíos de la humanidad, pero si la gobernanza global no actúa con urgencia, el remedio digital podría ser sustancialmente más destructivo que la enfermedad.

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