Las sabanas del Sinú y del San Jorge: ¿tierras de nadie?

Por: Remberto Quintero A.



En el siglo XVIII el Nuevo Reino de Granada tuvo un crecimiento demográfico acelerado impulsado por el mestizaje, que junto al intenso cimarronaje, contribuían a la desorganización poblacional y al desorden civil y eclesiástico. Esta situación preocupaba a los virreyes y gobernadores, cuyas inquietudes fueron incorporadas en el proyecto reformista borbónico con las políticas de poblamiento.


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El proyecto reformador borbónico, en este sentido, alcanzó su mayor intensidad en la segunda mitad de ese siglo, cuando la integridad territorial del imperio español se vio amenazada por los indígenas belicosos y las ambiciones imperialistas de los ingleses en esta parte del continente, iniciándose a emprender campañas urbanizadoras en áreas marginales en donde la presencia del Estado español era precaria bajo el principio de "defender poblando", que tenían como objetivo no solamente reducir a los indígenas y frenar las ambiciones de potencias extranjeras, sino también controlar a pobladores dispersos que vivían al margen de la "república de españoles", asentándose en centros de producción agrícolas para abastecer a las ciudades e integrarlos dentro de la vida comunitaria de individuos libres agricultores-artesanos.


Estos objetivos fueron los que se trazó la empresa pobladora realizada por don Antonio De la Torre y Miranda entre 1774 y 1778 en la provincia de Cartagena, comisionado por don Juan de Torrezar Díaz Pimienta para "reducir en poblaciones formales las infinitas almas que vivían dispersas en la provincia internada en los montes faltos de religión, policía y nacionalidad, siendo perjudiciales para el Estado".


En ese entonces, en la provincia de Cartagena, a través del mestizaje, se originó una expansión territorial reflejada en la aparición de un campesinado de pequeña producción familiar de subsistencia o pancoger que coloniza los espacios vacíos.


Don Antonio De la Torre y Miranda recibe la orden del gobernador de la provincia de trasladarse a las sabanas del Sinú y Corozal con el fin de reordenar las poblaciones localizadas es ese espacio, que luego de los saqueos del oro de las sepulturas del zenú y algunas fundaciones inestables del siglo XVI, habían permanecido fuera del control político y social hispánico.


Según un funcionario español, este espacio había sido poblado "por las más diversas gentes y hombres perversos y desvergonzados faltos de respeto a la justicia, rufianes y fugitivos, y otras de malas costumbres".


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En esta misión, don Antonio De la Torre, entre fundaciones y demás, congregó 44 poblaciones, que vivían arrocheladas, "sin ley ni Dios", en un espacio de grandes llanos llamadas sabanas, donde se criaba ganado vacuno, pero que todavía, dos siglos y medio después, como la expedición de Fidalgo en 1804, sigue siendo "tierra de nadie", tal como se evidencia con el paro armado decretado por las Autodefensas Gaitanistas en estas regiones, en que la falta de temor a Dios y la ausencia y precariedad de un Estado indolente e insensible siguen su rumbo sin que se vislumbre en el horizonte la respuesta de la frase que hizo famosa Roberto Gómez Bolaños a través del antihéroe de antenitas de vinil.