La trampa de la novedad: el sutil arte de la obsolescencia programada
- Acta Diurna

- hace 20 horas
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Es una escena que se repite en millones de hogares: un teléfono celular que comienza a ralentizarse tras una actualización aparentemente inofensiva, una impresora que se bloquea sin razón aparente o una batería que se agota y cuya sustitución cuesta casi lo mismo que un dispositivo nuevo. Lo que a menudo interpretamos como mala suerte es, en realidad, el resultado de una estrategia deliberada que ha definido la industria desde hace un siglo: la obsolescencia tecnológica programada. Este fenómeno no es un accidente de la ingeniería, sino un dilema donde el progreso técnico colisiona frontalmente con la sostenibilidad y los derechos de quienes consumen.
En esencia, la obsolescencia programada es el diseño intencionado de un producto para que tenga una vida útil limitada. En el ecosistema digital, esto se vuelve especialmente sofisticado. Ya no se trata solo de que una pieza se rompa; a menudo, el dispositivo sigue físicamente intacto, pero se vuelve inútil porque el software ya no es compatible o porque los nuevos estándares lo han dejado aislado. Es una combinación de decisiones de ingeniería y estrategias de mercado que fuerzan una rotación constante, transformando herramientas que deberían durar décadas en objetos desechables.
Esta práctica se manifiesta de diversas formas, a veces tan sutiles que pasan desapercibidas. Existe una obsolescencia funcional, donde el hardware simplemente deja de admitir actualizaciones de seguridad esenciales, y una de rendimiento, donde el sistema operativo se vuelve demasiado pesado para el procesador original. Pero quizás las más frustrantes sean la obsolescencia por diseño —aquella que sella las carcasas con pegamentos y tornillos extraños para impedir reparaciones caseras— y la psicológica. Esta última es obra del marketing: nos convence de que nuestro dispositivo está "anticuado" simplemente porque el modelo nuevo tiene un color diferente o una esquina más redondeada.
Aunque hoy lo asociamos a microchips y pantallas OLED, este modelo de negocio nació en la década de 1920 con el cártel Phoebus, cuando los principales fabricantes de bombillas del mundo acordaron limitar la duración de los filamentos para asegurar ventas recurrentes. La diferencia radica en que hoy, tras capas de código y software complejo, la intencionalidad es mucho más difícil de demostrar legalmente. No obstante, el impacto es dolorosamente visible en el medio ambiente. La ONU ya advierte que los residuos electrónicos o e-waste son el flujo de desechos que más rápido crece en el planeta, dejando un rastro de metales pesados y sustancias tóxicas que son extremadamente difíciles de reciclar.
Afortunadamente, el panorama legal está empezando a cambiar. En varios países el "derecho a la reparación" ha pasado de ser una consigna activista a una exigencia regulatoria, obligando a las empresas a ofrecer repuestos y a diseñar productos más accesibles. Francia, incluso, fue pionera al tipificar esta práctica como un delito. Sin embargo, el verdadero cambio reside en un giro hacia la innovación responsable. Cada vez más ingenieros defienden el diseño modular, donde se pueda cambiar una cámara o una batería sin tirar el resto del teléfono, y apuestan por una economía circular que respete el potencial real de los materiales.
Al final del día, el consumidor no es un espectador pasivo. Aunque el problema es estructural, la presión social y la elección consciente de marcas que prioricen la durabilidad son herramientas poderosas. Reparar en lugar de reemplazar no es solo un acto de ahorro económico; es una declaración de principios en un mundo que nos empuja a desecharlo todo antes de tiempo. La tecnología del futuro no debería medirse por lo rápido que llega el próximo modelo, sino por cuánto tiempo es capaz de servirnos sin dañar el planeta.







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