La maquinaria del horror en los centros de detención de Israel
- Acta Diurna

- hace 1 día
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El silencio que envuelve a los centros de detención de Israel no logra contener el eco de los gritos que ocurren dentro. En Bodies of Evidence (Cuerpos de Evidencia), un revelador documental de Al Jazeera Originals, se muestran algunos de los testimonios de hombres y mujeres palestinos que sobrevivieron a un sistema de detención estructurado sobre la tortura física, la humillación absoluta y la violencia sexual sistemática. Lo que revelan sus voces, respaldadas por defensores de derechos humanos y abogados, no son excesos aislados, sino una política institucionalizada de deshumanización.
El ciudadano transformado en el número 42
Para Mohammed Zaki al-Bakri, la pesadilla comenzó en su hogar, en la ciudad residencial de Hamad, en Jan Yunis. Mohammed no era un combatiente; era un empleado civil del Ministerio de Educación y padre de familia. Cuando el ejército israelí sitió su vecindario con bombardeos aleatorios, una aeronave no tripulada (drone o quadcopter) dictó su destino desde el cielo, ordenándole detenerse junto a su esposa e hijos.
A partir de ese segundo, su identidad civil fue borrada por completo. Le colocaron esposas plásticas y una venda ajustada en los ojos.
"Me asignaron el número 42. Me dijeron: 'Este es tu nombre'. Cuando respondí que me llamaba Mohammed, un soldado me golpeó fuertemente en el pecho y me gritó: 'Tu nombre es 42 y tienes que memorizarlo'. Nos amenazaban constantemente con dispararnos si nos movíamos".
Mohammed pasó 15 meses incomunicado. Al salir, la libertad vino acompañada de una devastación indescriptible. Mientras regresaba en el autobús de los liberados, buscando desesperadamente entre la multitud el rostro de Alaa, su esposa y el amor de su vida tras 15 años de matrimonio, un compañero de la Defensa Civil le dio la noticia: Alaa había muerto en un bombardeo del ejército israelí en Deir al-Balah. Su hogar estaba destruido, su hijo menor sufría secuelas de una fractura de cráneo por los ataques y él mismo regresó con profundos traumas psicológicos, pérdida de memoria y una incapacidad desgarradora para reaccionar ante los abrazos de su propia madre, debido al condicionamiento al dolor que sufrió en prisión.
La violencia sexual como arma de guerra
Los relatos de violencia sexual cruzan de manera transversal las experiencias de hombres, mujeres y adolescentes en los centros de detención como Sde Teiman o la prisión de Damon. Una joven activista y estudiante universitaria relata cómo los exámenes anatómicos visuales y el nudismo forzado eran utilizados deliberadamente para vulnerar la privacidad corporal y quebrar la psiquis de las prisioneras.
El testimonio de un joven que en el momento de su detención tenía apenas 18 años y soñaba con estudiar veterinaria es estremecedor. Describe cómo, bajo un régimen de absoluta indefensión, las agresiones verbales escalaban rápidamente a actos físicos aberrantes. En una de las celdas, los guardias israelíes introdujeron un bate de béisbol para agredir sexualmente a un detenido entre risas colectivas.
Otro de los exprisioneros detalla un episodio ocurrido en abril de 2024 que roza el límite de lo indecible. Desnudados por completo en un pasillo, con las manos atadas a la espalda y los ojos vendados, un grupo de jóvenes fue encerrado en una jaula estrecha de tránsito. Allí, los oficiales desataron perros militares de gran tamaño equipados con bozales de metal cortante. El sobreviviente narra que fue violado mediante el uso de estos animales e instrumentos, mientras los soldados israelíes se burlaban, festejaban y registraban la escena con las cámaras de sus teléfonos móviles.
El amparo de la impunidad
El horror puertas adentro de los centros de detención israelíes para los palestinos se sostiene gracias a un cerco de absoluto aislamiento. Desde octubre de 2023, las autoridades de Israel prohibieron el ingreso del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) a los centros de detención. Los abogados defensores se convirtieron en el único y frágil puente de denuncia con el mundo exterior, pagando un precio altísimo por ejercer su labor.
Un abogado israelí de derechos humanos entrevistado en el documental relata el caso de un cliente a quien visitaba en prisión: cada vez que el abogado asistía al centro para documentar los abusos, los guardias violaban y torturaban al detenido inmediatamente después de la reunión como represalia. El ensañamiento llegó a tal punto que el propio prisionero le suplicó al abogado que no volviera más, prefiriendo el abandono absoluto antes que el castigo físico derivado de buscar justicia. El mismo abogado denunció haber sufrido el asesinato de su asistente personal, junto con su esposa y sus dos pequeñas hijas, en un ataque directo mientras dormían.
A nivel internacional, juristas y expertos detallan que estos actos no constituyen crímenes de guerra aislados. Al ser masivos, organizados y respaldados por una infraestructura estatal, entran directamente en la categoría de crímenes de lesa humanidad bajo la jurisdicción de la Corte Penal Internacional (CPI).
Sin embargo, el documental expone la profunda complicidad social e institucional: los soldados israelíes implicados en abusos sexuales filmados dentro de las prisiones suelen ser absueltos por los tribunales militares e incluso son invitados a canales de televisión nacionales, donde se les aclama públicamente como héroes. Los pocos funcionarios de alto rango que intentan procesar las filtraciones de vídeos de tortura terminan enfrentando cargos por "obstrucción de la justicia" o "abuso de confianza", protegiendo la estructura de impunidad.
La humillación en Cisjordania: el ataque de los colonos
La violencia sistémica no se limita a estos horrendos centros de reclusión ilegales. En las zonas rurales de Cisjordania, los palestinos sufren agresiones directas de colonos escoltados por fuerzas de seguridad israelíes. Un pastor y agricultor relata cómo un grupo numeroso de asaltantes rodeó su comunidad a la una de la madrugada, apartando a mujeres, niños y activistas internacionales de derechos humanos.
Los atacantes amarraron sus manos con bridas de plástico negras tan apretadas que dejaron cicatrices permanentes en sus muñecas. Posteriormente, lo desnudaron frente a su familia y las voluntarias extranjeras, y utilizaron cinchos de plástico para infligir tortura directa y mutilación en sus genitales, arrastrándolo por la tierra mientras le arrojaban agua y lodo. El ataque concluyó con el robo de 400 cabezas de ganado —el único sustento económico de la comunidad— bajo la amenaza de regresar a quemar sus viviendas y violar a las mujeres si no abandonaban sus tierras ancestrales.
La resiliencia como última línea de defensa
El documental concluye con una reflexión compartida por los sobrevivientes sobre el propósito fundamental de estas prácticas. Las prisiones y campos de internamiento militar operan bajo una premisa que los propios palestinos denominan como "el aplastamiento de los hombres" (Qahr al-Rijal). El uso de la violencia sexual y la degradación corporal sistemática busca extirpar cualquier noción de dignidad, sembrando un trauma colectivo para evitar que la población vuelva a levantar la cabeza.
A pesar de las profundas cicatrices físicas y psicológicas, las voces del documental insisten en la resistencia interna (Sumud). La joven activista concluye reafirmando la fuerza de las mujeres palestinas frente al uso de sus cuerpos como armas de guerra por parte del los invasores israelíes, mientras que los jóvenes sobrevivientes que regresaron a las aulas universitarias o a reconstruir sus vidas demuestran que, aun cuando la justicia internacional permanezca inmóvil y la impunidad continúe blindada, la dignidad de sus relatos sigue en pie.



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