La maldición del poder en Colombia
- Nerio Luis Mejía

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Por: Nerio Luis Mejía

En nuestro país, las glorias del poder son efímeras: se asemejan a esas flores que nacen al amanecer y se marchitan irremediablemente bajo la severidad del sol del mediodía. En el universo político colombiano, la función pública se ha convertido con frecuencia en un atajo para amasar riquezas, sin reparar en el daño infligido a una sociedad que padece las consecuencias de la codicia. Abundan aquellos líderes que vociferan transformar el mundo, pero cuya única metamorfosis real ocurre en sus propios patrimonios y estilos de vida.
Sin embargo, sus acciones no quedan exentas de la intranquilidad que devora su sosiego. Obligados a testaferrar sus bienes y poner sus fortunas a nombre de terceros para evadir las investigaciones penales y disciplinarias de los órganos de control, se descubren imposibilitados para disfrutar abiertamente de aquello que obtuvieron mediante la artimaña. El verdadero precio del abuso de poder no solo se paga en los estrados judiciales; se paga en la pérdida irreversible de la paz mental.
En los últimos decenios, Colombia fue testigo del surgimiento de dos fenómenos políticos sin precedentes que rompieron el viejo paradigma bipartidista dominado históricamente por liberales y conservadores. Frente al desencanto popular, emergieron líderes que decidieron sublevarse contra las estructuras tradicionales y construir fortalezas propias, desatando un profundo despertar en orillas ideológicas opuestas. Hoy resulta imposible analizar el panorama político colombiano sin mencionar a Álvaro Uribe Vélez y a Gustavo Petro Urrego; ignorarlos equivaldría a ignorar el último cuarto de siglo de nuestra historia contemporánea.
Ambas figuras han sido —y seguirán siendo— personajes hipermediáticos y polarizantes. Por un lado, Álvaro Uribe, formado en el liberalismo tradicional, supo interpretar el desgaste de las colectividades históricas y fundó una fuerza propia que dominó la hegemonía estatal durante dos décadas. Por otro lado, Gustavo Petro, exmilitante del extinto Movimiento 19 de Abril (M-19), recorrió el escalafón democrático como concejal de Zipaquirá, congresista y polemista estelar, hasta alcanzar la Presidencia de la República.
Hoy, tras haber ostentado el máximo favor popular y haber dirigido los destinos de la Nación, ambas figuras lucen profundamente desgastadas, atrapadas en el crepúsculo de sus trayectorias. Álvaro Uribe enfrenta complejas batallas judiciales por delitos de alta gravedad —mientras su colectividad busca reagruparse e influir en nuevas fuerzas políticas emergentes—. Por su parte, Gustavo Petro, al concluir su mandato constitucional, refleja la profunda soledad del gobernante saliente: despojado del poder institucional, envuelto en controversias personales y enfrentando el escrutinio severo de la opinión pública y de las autoridades.
Es aquí donde la paradoja del poder se vuelve evidente. Pareciera existir una maldición sobre los pasillos de la política que impide a sus protagonistas gozar del retiro digno y sosegado que merece cualquier anciano al atardecer de su vida. Mientras ellos luchan desesperadamente —uno por su libertad física y el otro por la defensa de su legado frente a los fantasmas del juzgamiento—, en la ruralidad colombiana observamos el espectáculo con distancia crítica. Nos queda la dignidad de la vida sencilla, el afecto de la familia, la calma del hogar, el canto de las gallinas y la lealtad de los animales de la finca, mientras encendemos la vieja radio para escuchar cómo el viento sigue agitando la política de nuestro país.



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